Conversaciones con Lía

Con Lía era muy fácil hablar porque no hablaba. Pero lo entendía todo, entendía a las personas, sobre todo a mí, mejor de lo que me conozco yo mismo.

Y esto no es una percepción mía sino algo confirmado por la ciencia, aunque los que hemos tenido la suerte, no de ser amos, sino de estar acompañados por perros, ya sabíamos. El cerebro de los perros interpreta el habla humana, y sobre todo la forma en la que lo decimos, sobre todo cuando los felicitamos, les transmitimos nuestro cariño o los regañamos.

Lía era una perra y no era capaz de hablar, pero tenía en su cerebro muy claro el significado de las palabras, por eso mucha gente dicen de sus perros: solo le falta hablar.

Y Lía, a pesar de ser una perra grande, una hermosa Braco Alemán de Pelo Corto, raza muy parecida al Pointer, también era capaz de discriminar cuando estábamos felices o disgustados, porque además su capacidad de interpretar las palabras y el tono en que se emiten, también tenía sus capacidades visuales, olfativas y auditivas, propia de su raza, extremadamente agudizadas. Por estas razones, ella sabía cuando uno estaba molesto o disgustado con ella, algo poco frecuente porque más cariñosa y dócil no podía ser.

Se crió junto a pequeñas perritas multirraciales, conocidas en Cuba como “satas”, una de ellas bien brava, como era Malú y su hija, un angelito llamado Mupy, y jamás, a pesar de la voracidad de Lía, hubo problemas entre ellas. Celos sí como todos los perros cuando ven acariciar a otro y quieren que no se olviden de que ella también necesita atención y caricias.

No voy a hablar de tantas anécdotas durante sus quince años de vida porque no podré continuar escribiendo esto que hace más de dos meses estoy tratando de terminar, pero aunque no las describa a cada rato van a llegar a mi memoria con esa mezcla de alegría y tristeza que representa.

Si algo hizo mal la naturaleza, fue darle una vida tan corta a los perros. Es muy triste un niño que crece junto a un perro verlo irse cuando ya se ha convertido en una imprescindible compañía. Si eso es así cuando se está empezando a vivir y está presente el ansia de conocer cosas nuevas, que no será cuando llega la vejez y uno envejece junto a su mejor compañero.

Lía cuando era un cachorro cargada por Alexander

Y eso era Lía, la que llamamos “la perra siguiente” porque era como mi sombra, me seguía a dondequiera que me moviera y cuando salía a la calle esperaba pacientemente junto a la puerta el tiempo que fuera hasta mi regreso y al acercarme se paraba en la ventana pues había sentido mi olor y mi presencia. No creo que haya ser humano capaz de tanta adoración.

Y si a eso le sumamos que cuando entró en nuestras vidas lo hizo sin haber sido destetadas en tiempo y fue criada como un bebé con un biberón y enseñada a dormir entre nosotros, eso se hizo imposible de acabar aunque ya pesaba setenta libras y ocupaba la cama como una persona más. Lía no concebía otra cosa, y cuando demorábamos en ir al lecho, nos avisaba con sus patas de que ya era hora de acostarse.

No saben cuánto extraño a Lía, sobre todo por las noches, escuchar su corazón, ese que latía por mí, llenarme la ropa de pelos y sentir su cabeza acariciándome, ella no sabía de odio, de rencores y llenaba un vacío que no sabíamos que teníamos.

No quiero recordar cuando ya se quedó ciega por las cataratas y comenzó a padecer de mareos e inestabilidad, volviéndose incapaz de subir o bajar las escaleras, presagiando el final. Lo que no perdió nunca fue su apetito y su deseo de estar a mi lado, de seguir siendo la “perra siguiente” aunque ya no pudiera seguirme.

Hace dos años que Lía se nos fue, pero ella está presente en mis sueños, en la añoranza que me muerde a cada rato, en la pantalla de mi computadora, pero sobre todo en mi corazón. Y cuando tengo un mal día, pienso en ella y me repongo.

Habrá gente a las que esto le parecerá ridículo, pero cuando uno ha recibido tanto amor no puede olvidar, por eso es que no importa lo que piensen.

No es fácil superar el duelo por la muerte de Lía, hemos perdido un amor incondicional y constante, una compañía persistente y hasta una parte de nosotros, que no volveremos a sentir, algo que no veían los demás pero que le daba un sentido adicional a nuestra vida. Lía era parte de la familia y no concebimos irnos de Cuba sin ella, al igual que con Mupy.

Ahora se fue, porque todos nos vamos y eso nos lacera.

Por eso vuelvo a Neruda, casi siempre vuelvo a Neruda, ahora con el poema “Mi perro ha muerto”.

Mi hijo Carlitos con Lía cuando era un cachorro

“Mi perro ha muerto.
Lo enterré en el jardín
junto a una vieja máquina oxidada.

Allí, no más abajo,
ni más arriba,
se juntará conmigo alguna vez.

Ahora él ya se fue con su pelaje,
su mala educación, su nariz fría.
Y yo, materialista que no cree
en el celeste cielo prometido
para ningún humano,
para este perro o para todo perro
creo en el cielo, sí, creo en un cielo
donde yo no entraré, pero él me espera
ondulando su cola de abanico
para que yo al llegar tenga amistades.

Ay no diré la tristeza en la tierra
de no tenerlo más por compañero
que para mí jamás fue un servidor.

Tuvo hacia mí la amistad de un erizo
que conservaba su soberanía,
la amistad de una estrella independiente
sin más intimidad que la precisa,
sin exageraciones:
no se trepaba sobre mi vestuario
llenándome de pelos o de sarna,
no se frotaba contra mi rodilla
como otros perros obsesos sexuales.

No, mi perro me miraba dándome la atención necesaria
la atención necesaria
para hacer comprender a un vanidoso
que siendo perro él,
con esos ojos, más puros que los míos,
perdía el tiempo, pero me miraba
con la mirada que me reservó
toda su dulce, su peluda vida,
su silenciosa vida,
cerca de mí, sin molestarme nunca,
y sin pedirme nada.

Ay cuántas veces quise tener cola
andando junto a él por las orillas del mar,
en el Invierno de Isla Negra,
en la gran soledad: arriba el aire
traspasando de pájaros glaciales
y mi perro brincando, hirsuto,
lleno de voltaje marino en movimiento:
mi perro vagabundo y olfatorio
enarbolando su cola dorada
frente a frente al Océano y su espuma.
alegre, alegre, alegre
como los perros saben ser felices,
sin nada más,
con el absolutismo de la naturaleza descarada.

No hay adiós a mi perro que se ha muerto.
Y no hay ni hubo mentira entre nosotros.

Ya se fue y lo enterré, y eso era todo.”

        https://siyofuerapoeta.blog.com

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