Lo que nos dejaron los franceses, que no es poco.

Lo que nos dejaron los franceses, que no es poco.

“Nuestra ignorancia de la historia nos lleva a calumniar a nuestros propios tiempos”

Gustave Flaubert

Cada vez que recuerdo que durante medio siglo los cubanos hemos estado tomando café ligado con chícharos u otros granos molidos y tostados, la memoria me lleva al origen del por qué los cubanos somos grandes tomadores de café fuerte y como llegamos a ser una potencia cafetalera mundial.

El que el cubano todo lo resolviera tomando un café con leche y tomara café innumerables veces al día, con una oferta en cada esquina al que podemos considerar ridículo precio de tres centavos, agua fría con hielo como acompañante, un negocio que a pesar de estar en todas partes, era un éxito seguro. Se dice que el café con leche lo inventó John Niewhof en Brasil, y mientras los españoles y los franceses se encargaron de hacerlo algo más que una bebida nacional, casi un símbolo, los cubanos nos encargamos de darle nuestro toque con una pizca de sal.

Pero la génesis de nuestro gusto por el café se lo debemos a los franceses, una más entre otras delicias gastronómicas que nos dejaron.

Probablemente muchos no sabemos que cuando decimos una frase como:

“Estuve en un banquete donde estuvieron presentes las croquetas, las botellas de coñac, un potaje, congrí, filete, fricasé, fresas con crema, confituras, bombones, galletas, jamón, ecléar, tartaletas y otras delicias”,

todas estas palabras provienen del francés. Y nos estamos refiriendo solamente a términos gastronómicos.

Se dice que Francia se apropió de productos llegados de América como si fueran exclusivos para ellos, en los casos de la papa y el tomate, este último en confrontación con Italia y también el tema que nos ocupa, el café, que llegó por primera vez a Marsella procedente de Egipto. De allí se fue extendiendo por la Provenza y al resto de Francia. La embajada turca lo ofreció al rey Luis XIV, el que en cierta forma contribuyó a aumentar su fama.

Al principio se tomaba vertiendo agua hirviente sobre el café molido, y se tomaba sin azucar en tazas pequeñas, del tamaño de las que acostumbramos nosotros. La evolución sobre el consumo del café fue, como muchas otras, una práctica de las tantas resultantes de la revolución francesa y que influyeron en el cambio de la alimentación en el mundo.

Respecto a nosotros, lo verdaderamente sorprendente es que Vietnam, que hace cuatro décadas no tenía idea que era producir café, fueron asesorados por especialistas cubanos y hoy en dia es el segundo productor mundial después de Brasil y sobrepasó a Colombia, un líder histórico indiscutible en este producto.

Mientras que Cuba producía unas 30 mil toneladas métricas anuales, llegando a 45 mil en 1958, en 2012 la producción fue solamente de menos de 5 mil. Un gobierno ineficiente, restrictivo con la iniciativa privada y con mala memoria de lo que nos enseñaron los franceses, no podía obtener otro resultado.

Y todo comenzó con los franceses que emigraron a Cuba por la revolución en Haití.

Los cafetales franceses.

Como vimos la introducción del cultivo del café en Cuba fue en el poblado de Wajay por el catalán José Gelabert con el objetivo de emplearlo en la industria de licores, pero este solamente fue un tímido acercamiento a lo que sería una de las joyas de la agricultura cubana. En los inicios del siglo XIX Cuba era sinónimo de café y era el primer exportador mundial de ese grano.

Se puede decir que el famoso dicho de “Cuba es La Habana y lo demás es paisaje” también se podía aplicar a esa era, por lo que es indudable que la emigración francesa resultante de la revolución haitiana cambió por completo la decoración, fue la génesis de la eclosión de Santiago de Cuba, en donde se transformaron las montañas y sus tupidos bosques en lugares paradisíacos, surgiendo una vida económica y social que hizo posible que los cafetales creados por los refugiados franceses se volvieran los centros productivos más importantes de la Isla, solamente en segundo lugar tras los ingenios azucareros.

La prosperidad llegó a esas regiones con la llegada de los franceses, sus costumbres, modas e ideas, a pesar de que algunos vinieron con lo que tenían puesto y no fueron recibidos con igual acogida en todas partes, pero el desfase cultural se vio opacado por los beneficios que en corto tiempo trajeron.

Santiago de Cuba desde la Gran Piedra

Al gran número de hacendados conocedores del cultivo del café y la caña de azúcar, se sumaron un alto porcentaje de artesanos de diversos oficios, técnicos en plantaciones y en diferentes disciplinas relacionadas con esas industrias.

Seiscientos cafetales en la zona oriental y más de ciento quince en la zona occidental en los alrededores de la Habana y más de veinte en la zona central del país, tuvieron un impacto de primer orden.

Prudencio Casamayor, un francés asentado en Santiago de Cuba antes de la ola migratoria, adquirió de la Real Hacienda, realengos en los alrededores de Santiago y en otros sitios cercanos, los que negoció con los emigrados. También otro francés, Louis de Bellegarde, compró en 1803 el hato Santa Catalina e igualmente repartió los terrenos, dando lugar a la fundación de la ciudad de Guantánamo. Otros franceses se asociaron con cubanos para fundar cafetales o se casaron con cubanas y las tierras patrimoniales fueron dedicadas a ese cultivo.

En resumen, con pequeñas fincas o latifundios, los franceses incrementaron la producción cafetalera a niveles nunca antes vistos y rápidamente gracias a la tecnología que conocían y la explotación del trabajo esclavo. Y dentro de esas plantaciones hay que destacar algunas.

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Cafetal la Isabelica

Es probablemente uno de los más impresionantes. Muy cerca de la cumbre de La Gran Piedra, en Santiago de Cuba, muy bien conservadas, están las ruinas de este antiguo cafetal, uno de los testigos más fidedignos de la presencia francesa en la región oriental.

Y en esa zona hay decenas de antiguas plantaciones, tal es así que un día decidí visitar la Gran Piedra y bajar la carretera hasta la intersección que va hacia Siboney, para poder admirar a lo largo del trayecto algunas de esas ruinas, que son historia viva y que trajeron un florecimiento económico notable.

Lo elevado de la zona, hasta mil doscientos metros de altura, propició que estos fueron los terrenos escogidos por los caficultores y ellos se constituyeron en el centro de la introducción de técnicas agrícolas en terrenos desiguales y difíciles y en un cultivo no conocido en Cuba.

Los caficultores franceses escogieron terrenos elevados para ubicar las viviendas y así dominar toda la propiedad. Por lo general eran construcciones de piedra, muy sólidas, de dos plantas, con techos de doble pendiente para soportar las copiosas lluvias en las montañas.

Los restos de aquellas plantaciones de café, no solo nos muestran cómo los franceses hicieron uso de técnicas agrícolas precursoras en terrenos complicados, sino que también son .por las características antisísmicas, ya empleadas en su incursión en Haití.

El mejor ejemplo de lo antes dicho es la Isabelica, una de las mayores haciendas en Cuba.

El francés Víctor Constantin Couzo, creó un ícono de lo que fue explotar la selva virgen de forma eficiente y responsable con un emporio que afortunadamente se ha podido conservar.

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Extensión de los cafetales hacia otras provincias.

En sus inicios el café se concentra en las zonas montañosas de las provincias orientales, las centrales y las alturas de La Habana y Pinar del Río.

En las zonas más altas de la zona occidental, sobre todo en las cercanías de la capital, fue donde los emigrantes franceses fundaron numerosos cafetales, sobre todo en la Sierra del Rosario, donde se concentran las mayores ruinas de las instalaciones galas y donde se obtenían los mejores resultados por las características del lugar, denominado ahora Reserva de la Biosfera.

Arcos de Canasí, San Antonio de los Baños, Alquízar, Guanajay y Artemisa, fueron lugares escogidos por los cafetaleros, donde igualmente fundaron cultivos, centros de procesamiento y sus residencias

A mediados del siglo XIX, la depresión en los precios internacionales del café hizo que se abandonaran muchos cafetales de bajos rendimientos, cuyas tierras fueron sustituidas por vegas tabacaleras o de siembra de caña de azúcar, productoras de mayores ganancias.

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El Cafetal Angerona

El que quiera saber el por qué del éxito de los cafetales en el occidente cubano, solo tiene que visitar los restos, muy bien conservados del cafetal Angerona, en Artemisa. Aun puede verse lo que queda de la casa principal, majestuosa como un templo griego al final de una guardarraya de palmas reales.

Su dueño, Cornelio Sauchay, conocido por la pronunciación de su apellido, Susé, era un emigrante franco-alemán de cuna y de porte, llegado a Cuba a principios del siglo XIX y que tuvo una relación amorosa con una esclava liberta haitiana, conocedora del cultivo de café y que había huido de la revolución. Entre los dos convirtieron a Angerona (la Diosa del Silencio en la mitología romana) en la segunda hacienda cafetalera más importante del país y no solo eso, introdujo en sus más de veinticinco instalaciones, un sistema hidráulico de suministro de agua por gravedad e implantó métodos de vida más humanos para los esclavos.

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La película “Roble de Olor” de 2003 narra la historia, de uno de los pocos lugares donde nunca se levantó la fusta para pegar a un esclavo, del lugar donde Sauchay quiso dejar su huella, no conformándose con explotar la tierra, por lo que construyó una bella casona la que adorno con un hermoso jardín con estatuas romanas y flores y que fuera detallada por Cirilo Villaverde en más de una de sus obras y también por Alejo Carpentier.

Bajo la sombra de la tea incendiaria de Toussaint L’Ouverture surgieron muchos cafetales, pero pocos como Angerona.

Y se dice que también en esa zona, están también los restos conservados del cafetal Buenavista, la que fue la primera hacienda en todo el país fundada en 1801 por refugiados franceses procedentes de Haití.

La Dionisia, en Matanzas

Un francés apellidado Rouvier, se asentó en los alrededores de la ciudad de Matanzas y creó el cafetal La Dionisia. Es impresionante el buen estado en que se encuentra la casa de vivienda original, la noria para extraer agua del pozo, los secaderos, barracones y almacenes.

No voy a detenerme en este tema porque ya lo he tratado en otro artículo, que vale la pena leer para seguir comprendiendo la maravilla que nos dejaron los franceses en esa zona y que tuve oportunidad de visitar.

Pero el café solo es una parte del legado francés, y ya que estamos en Matanzas veamos qué fue lo que hicieron los franceses en esa ciudad y provincia, una presencia notable de la que vale la pena repasar sus obras.

La arquitectura matancera está muy influenciada por la emigración francesa y los mejores ejemplos son la barriada de Versalles y el hotel Louvre, pero aparte de los cafetales y otras plantaciones estaban varios hoteles propiedad de franceses, como eran El Gran Hotel París, probablemente el más lujoso y donde se hospedaron grandes artistas y hasta presidentes, que acostumbraban a ir a ese hotel cuando visitaban la ciudad y con una excelente cocina que hizo que fuera conocido popularmente como “Hotel de los Presidentes”, del cual se conservan unas piezas de bronce, a ambos lados de la entrada principal y que hacían inconfundible el lugar. La historia del Hotel París es una de las más importantes dentro del centro histórico de Matanzas, pero hay otros notables, como el León de Oro, construido a semejanza del Madame Adelka de Santiago de Cuba y uno que conocemos bien porque es el gran superviviente, el Gran Hotel Louvre, frente al parque Libertad y que fuera de los primeros en contar con electricidad, teléfonos, salas de fumar y un restaurante tan exquisito y famoso que hasta los años ochenta nos hacía dar viajes a Matanzas solamente para almorzar allí.

El francés Julio Sagebien es considerado el padre de la arquitectura matancera. Vivió en Cuba cuatro décadas, de ellas casi tres en Matanzas, donde fue el arquitecto principal encargado de obras complejas como el Hospital de Versalles, el edificio de la Aduana, la Plaza de la Vigía, el actual centro escolar Mártires del Goicuría.

Otra obra francesa importante fue la Alameda de Versalles, que con un paseo central de sesenta metros y más de un kilómetro de largo, corre entre el Castillo de San Severino y el cuartel de Cristina, iba paralelo a la costa. El Barrio de Versalles fue fundado en 1827 y nombrado Yumurí en referencia al río que cruza el área pero renombrado con la referencia parisina por la gran colonia de franceses que lo poblaban.

Un personaje francés de importancia fue Miguel Dubrocq, hijo de francés y matancera y que había nacido en Trinidad pero que fue muy joven a vivir allí. Dubrocq fue un genial pintor y su apellido nombra a uno de los asentamientos poblacionales del barrio de Versalles. Y fue otro emigrado francés el contratado para empedrar todas las calles de la ciudad.

Y a Matanzas le dicen La Atenas de Cuba y la Ciudad de los Puentes no por gusto, porque la ciudad, atravesada por los ríos Yumurí, San Juan y Canímar, hace que haya muchos puentes, cinco de ellos centenarios y otros veinticinco más pequeños. En 1878 se construyó La Concordia, en la desembocadura del Yumuri, siendo el primer puente de hierro de Cuba.

La Atenas de Cuba, fue el apelativo dado a la ciudad de Matanzas en el Siglo XIX. El sobrenombre fue sin embargo, el orgullo de la ciudad y fascinó a varias generaciones. Las tertulias en el hogar de Domingo Del Monte y la creación de instituciones como el Teatro Principal, el Liceo Artístico y Literario, la Sociedad Filarmónica y el Teatro Esteban (hoy Sauto) y la figura de destacados intelectuales como Miguel Teurbe Tolón, José Victoriano Betancourt, Gabriel de la Concepción Valdés (Plácido), José Jacinto Milanés, tuvieron un sustento importante en la bonanza económica resultante del incremento de la producción cafetalera y azucarera gracias a las necesidades europeas no cubiertas por la revolución haitiana. Fueron esas familias rectoras de la economía las que propiciaron el desarrollo cultural que alcanzó Matanzas, lo que también se mostró en obras arquitectónicas emblemáticas de la ciudad.

En Matanzas eran muy gustados y demandados vinos franceses, perfumes y modas parisinas, instrumentos musicales y partituras y literatura francesas y eran muy afamados institutrices, modistas, peluqueros, artesanos, maestros y técnicos agrícolas e industriales franceses.

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La Botica Francesa

Desde época tan lejana como en el año 1569, cuando en el Callejón del Chorro en la Plaza de la Catedral habanera, el licenciado Gamar que iba camino de México fue obligado por el Cabildo a quedarse en San Cristobal de La Habana y establecer una botica, lo que le dio el monopolio de la farmacia y la medicina entonces, la farmacopea en Cuba desde entonces tuvo mucha importancia. Pasando por las compañías americanas que no pudieron con el catalan Sarrá, el que logró un impresionante dominio de esta rama en todo el país, hay que destacar la Farmacia Francesa que se fundara en Matanzas en el siglo XIX.

La Botica Francesa de Ernesto Triolet, como se conoce desde su fundación en 1882, fue la obra de los doctores Ernesto Triolet, francés, y el cubano Juan Fermín Figueroa, los que crearon una botica que hizo historia, la única de su tipo que se conserva en el mundo y que es la única Botica Francesa del siglo XIX, original y completa, fuera de Francia.

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Es la única en Cuba que mantiene como un tesoro todos sus libros de receta. Actualmente conserva 55 volúmenes donde se guardan más de 325 mil recetas de medicamentos, acumuladas en más de 80 años de trabajo y elaboradas a base de plantas. A su vez se conservan colecciones de etiquetas, vasijas de porcelana francesa para los medicamentos, muebles y otros elementos decorativos de la botica original. Una famosa fábrica de porcelana de Sevres, fue la encargada de producir su artístico botamen o pomería, que aparte de la conservación de las drogas, extractos y pociones y cumplir una función estética, se ha convertido en parte de la historia farmacéutica de Cuba.

Triolet mereció un premio en la Exposición Universal de París, en 1900, por once productos farmacéuticos patentados por él y su hijo continuó la tradición familiar y María Dolores Figueroa fue la primera mujer cubana graduada de Farmacia en una universidad de Estados Unidos. A Fermin lo conocen como el Rey de las Boticas, pero lo cierto es que para ganar este título, sin la asociación con el francés, jamás lo hubiera obtenido.

Y todos conocen al ahora museo, en la calle Milanés frente al parque en la capital matancera, como la Botica Francesa.

Pero algo a destacar son las poblaciones en las que de una forma y otra la mano de los franceses estuvo presente.

Poblaciones fundadas por franceses.

Algunos franceses, no pocos, llegaron a Cuba con lo que tenían puesto y el desfase cultural no ayudó a la relación con los cubanos, hasta el punto que algunos se quejaron para que se elevara una queja al rey sobre el lastimoso estado de la ciudad por la entrada de miles de franceses y haitianos, algunos de los cuales llevaban una vida licenciosa y deshonesta.

Pero en poco tiempo los franceses superaron todas las barreras y no solo se volvieron exitosos económicamente sino que desarrollaron todo lo que los rodeara. Así fue que nos dejaron su impronta en varios lugares, fundando poblados, algunos de los cuales se constituirán en ciudades de primera importancia.

En 1803 fundaron Madruga, al este de La Habana, en 1828 San Juan de Dios de Cárdenas en Matanzas, no obstante el carácter sumamente precario en que se fundaban los pueblos en esos siglo, las que estaban sujetas a problemas climáticos, geográficos, sociales y políticos, con construcciones frágiles y muy poca infraestructura, como ocurrió con Sancti Spíritus, que cambió de ubicación siete años después de ser fundada en 1514 por una plaga de hormigas carnívoras de las que nunca se han encontrado rastros y La Habana, trasladada de su ubicación en la costa al sur de su actual sitio y que obedecían a intereses económicos fundamentalmente. Pero el caso que vamos a analizar formó parte de un proceso acelerado de incrementar la población blanca, la que se quintuplicó en medio siglo, lo que indicaba la prosperidad de la Isla a principios del siglo XIX.

Por eso la más importante aportación francesa fue Fernandina de Jagua, hoy conocida como Cienfuegos, es una de las ciudades más hermosas de la Isla.

Cienfuegos es la ciudad que más me gusta a mí

Entre 1733 y 1745 en la Bahía de Jagua fue construido el Castillo de Nuestra Señora de los Ángeles de Jagua con una guarnición para eliminar el contrabando y el secuestro de vecinos ricos de las zona, porque aunque no existía la ciudad, sí había mucho comercio de ganado, tabaco, café y azúcar, era una zona muy próspera con mucha gente pudiente.

Pero en 1817, ya atenuados estos problemas y con un incremento de la población negra esclava notable y teniendo en cuenta lo que había pasado en Haití, se entendió urgente fomentar el incremento de los pobladores blancos. Es así que aprovechando esta oportunidad, Louis de Clouet, un hijo de franceses nacido en Nueva Orleans y coronel del ejército español, entusiasma a varios franceses, alrededor de cuarenta, a asentarse en la Bahía de Jagua.

Fue así que a inicios de 1819 llegaron franceses de todas las ocupaciones y oficios, fundando la colonia de Fernandina de Jagua a unos siete kilómetros de la entrada de la bahía. Por primera vez se producía un asentamiento francés en territorio español del Caribe donde de forma absoluta implantaron su idioma y sus costumbres.

Y como había ocurrido con la emigración procedente de Haití, no solo se limitó a la fundación de asentamientos, sino también con ellos vinieron sus muebles, adornos, y en resumen toda su forma de vida, gustos y costumbres, su refinamiento y hasta sus ideas. Para ello importaron cuanto necesitaban desde puertos franceses o desde Nueva Orleans en Estados Unidos.

Así llegaron a Cuba maravillas no conocidas, música de contradanza, modales y urbanidad, las obras de los grandes literatos franceses, gracias a estos cultos franceses, los que los cubanos comenzaron a asimilar. Recordemos que el Estado Mayor de Antonio Maceo, según narrara el General Miró Argenter en sus memorias de la Guerra, estaba integrado por muchos jóvenes que se consideraban afrancesados, tanto por su cultura como por sus modales e ideas.

Fueron pocas las posesiones francesas en América, aparte de Haití, están la Guayana Francesa- Antillas: Saint-Domingue, Santa Lucía y la Dominica, así como Guadalupe y Martinica y su enorme influencia en gran parte del actual Estados Unidos y Canadá, la llamada Nueva Francia en sus «provincias» de Acadia, Canadá (Nueva Francia), el Pays d’en Haut (Grandes Lagos) y de Luisiana, Montreal y Bâton-Rouge, Detroit, Mobile, La Nouvelle-Orléans à Saint-Louis,

En este proyecto hubo dos influencias significativas: el Obispo de La Habana, Juan José Díaz de Espada, muy respetado, quien trabajó con el Superintendente de Hacienda Alejandro Ramírez y la Sociedad Económicia de Amigos del País en la abolición de la trata de esclavos y en el fomentar poblaciones predominantemente con personas de la raza blanca, uno de cuyos pasos más importantes fue Cienfuegos. La Perla del Sur tuvo un crecimiento meteórico, superando en menos de ocho décadas un poder económico y el doble de la población de Santa Clara, con una antigüedad de dos siglos, lo que cambió al trazarse la Carretera Central al no atravesar por la ciudad.

Esa colonización francesa todavía podemos verla en su diseño urbano, la arquitectura de estilos art nouveau y neoclásico y también un siglo después de fundada con el art decó, los nombres de algunas calles, las tumbas en sus exquisitos cementerios Acea y de la Reina, y en los apellidos de sus descendientes, aunque no tan abundantes como en la zona más oriental del país.

Uno de los descendientes de los fundadores franceses de Cienfuegos fue Pablo Ladislao Rousseau, destacado periodista e investigador, hizo conciencia de conservar la huella de la cultura gala en Cuba y en particular en la llamada “Perla del Sur”.

Un inmueble que conserva la huella francesa es el antiguo Palacio Leblanc, erigido en un terreno del fundador de la colonia, Luis D’ Clouet, y que fuera construido por un norteamericano pero que pasó a manos de Julio Leblanc Bressol, natural de la zona gala de Burdeos, de quien toma su nombre el palacio y quien fuera procurador de ese lugar. Tras su muerte el inmueble cumplió diversas funciones, la perfumería y venta de objetos de arte La Alhambra, una óptica, una sucursal del National City Bank of New York, la agencia de Seguros Liverpool, y una ferretería.

Se recuperó como atractivo cultural y en ella se desarrollan las Tardes Francesas, donde también se reúnen los franceses residentes en el lugar y sus descendientes.

Y Cienfuegos se llama así porque aunque le dieron el nombre del capitán general de la Isla, como una forma de atenuar la gran influencia francesa, eso no redujo en nada el que Cienfuegos siga siendo la más francesas de las ciudades cubanas, y por eso, igual que a Beny Moré, Cienfuegos es la ciudad que más me gusta a mí.

Hubo otro intento francés, también de familias procedentes de Nueva Orleans, para fundar en la bahía de Nuevitas el poblado de Bagá, donde se asentaron en 1818, construyeron infraestructura portuaria y exportaron madera, miel de abejas, cera, azúcar y cuero principalmente, pero un huracán destruyó las casas e instalaciones, mudándose el pueblo tierra adentro. Cuatro años después ya no quedaba allí ningún francés.

A La Habana le llamaban los cronistas de la época, el “París de América” y el  Montmartre fue el más francés de nuestros cabarets.

Las artes

París, y no Nueva York, será la meca de la aristocracia y la burguesía cubana, el segundo representaba el poder económico, pero el refinamiento y el gusto era, y sigue siendo, sin duda de París.

Muchos personajes cubanos pudientes vivieron en París, como fueron María de las Mercedes Santa Cruz y Montalvo, condesa de Merlin, que fue amante del príncipe Jerónimo Bonaparte, y que alternaba con Víctor Hugo, Lamartine y Musset. Tenían también casa en París Catalina Lasa y su esposo Juan Pedro Baró, La mansión de Rosalía Abreu se convierte, por decisión de su propietaria, en La Casa Cuba, albergue de estudiantes cubanos que cursan estudios en La Sorbona, mientras que Napoleón III se declara perdido de amor, a los pies de la cubana Serafina Montalvo, III condesa de Fernandina,.

El matancero hijo de franceses Esteban Sebastian Chartrand Dubois, hijo de Luisa Carlota Dubois, una mujer de fina educación pianista y pintora aficionada, hizo que Esteban visitara francia para estudiar pintura, donde se hizo alumno del paisajista Théodore Rousseau, tras lo cual se convirtió en uno de los más destacados pintores cubanos.

Fue en París donde tuvieron éxito grandes artistas cubanos como: Claudio José Brindis de Salas (el Paganini negro); José White, autor de “La bella cubana); los pintores Víctor Manuel, Carlos Enríquez y Wilfredo Lam; los poetas Félix Pita Rodríguez, José Lezama Lima y Julián del Casal, entre otros.

Francia, fue un punto de referencia y lugar de peregrinación inevitable, la Meca cultural de los intelectuales cubanos y hasta latinoamericanos. Allí destacaron Maria de la Merced Santa Cruz y Montalvo, Condesa de Merlin, que narró en lengua francesa sus recuerdos de Cuba y la poesía alcanza su mayor relieve con José María de Heredia. El siglo XIX, de agitación incesante por alcanzar la independencia de la Isla, hizo que muchos cubanos prefirieron escribir en francés y otros emigrados a Estados Unidos, como el Padre Félix Varela, alcanzó renombre como polemista en inglés.

No hay mejor ejemplo de esa transculturación que el de Heredia, cuyo primer poema dedicado “A la fuente de la India”, termina:

“Cuba, o mon pays, sous tes palmiers si beaux
Qu’il est doux d’écouter la voix de tes ruisseaux,
Les murmures d’amour de tes nuits lumineuses!”

“Oh, mi país, oh Cuba! Cuán dulce en los palmares
oír de tus arroyos la voz, con el murmullo
de paz y amor que exhalan tus noches luminosas!”

Y como muchos cubanos nuestras primeras lecturas adolescentes fueron inevitablemente hasta no hace mucho tiempo, toda la obra de Julio Verne, Víctor Hugo con Los Miserables, Ponson du Terrail con su Rocambole, el Lagardère de Paul Feval con El Jorobado o Enrique de Lagardère, Alejandro Dumas con El Conde de Montecristo y Los tres mosqueteros, Maurice Leblanc con sus aventuras de Arsenio Lupin, y más tarde Honoré de Balzac, Guy de Maupassant, Molière, Stendhal, Emile Zola, Arthur Rimbaud, Anatole France, Jean-Paul Sartre, Albert Camus, André Breton, Robert Desnos, representantes de diferentes corrientes como el surrealismo, el existencialismo, el naturalismo, el realismo, el romanticismo. A ello le sumamos pensadores como Voltaire, Diderot, D’Alembert, Montesquieu y Rousseau y con ello el panorama nos parece imbatible y la peregrinación inevitable.

Y por si fuera poco está Charles perrault con sus cuentos infantiles que se han hecho universales: La Bella Durmiente, El Gato con Botas, Cenicienta, La Caperucita Roja y muchos otros, que conocimos por las narraciones de la abuela y por las películas de Walt Disney, así como también Jean de La Fontaine, el maestro de las fábulas y las moralejas, autor de La Cigarra y la Hormiga, La Zorra y el Cuervo, El Gato y los Ratones, El Lobo y el Perro, El Ratón de Campo y el Ratón de la Ciudad, La Liebre y la Tortuga, El Lobo y el Cordero, El León y el Ratón y muchísimas otras que hicieron delicias nuestra niñez. Más tarde disfrutamos de El Principito de Antoine de Saint Exupéry, pero todavía recordamos esos cantos infantiles de “A Mamb rocható” y “Mambrú se fue a la guerra”, que no son más que canciones infantiles francesas traducidas fonéticamente al español.

“Mambrú se fue a la guerra,
¡qué dolor, qué dolor, qué pena!
Mambrú se fue a la guerra,
no sé cuándo vendrá,
do-re-mi, do-re-fa,
no sé cuándo vendrá.”

Los varones escuchábamos a las niñas cantando esta melodía sin saber que ésta se había popularizado en tiempos de Luis XVI, la que fue del gusto de los reyes y difundida por todo Versalles, luego por toda Francia y llegó a España gracias a la influencia de los Borbones, y donde el Duque de Marlborough, el derrotado general inglés y antepasado de Winston Churchill, cambió su nombre por Mambrú, mucho más fácil de decir para los hispanoparlantes.

La música

Los emigrados franceses que huyeron de la revolución haitiana y sus esclavos o libertos que los acompañaron, también hicieron un importante aporte a la evolución de la cultura en las provincias orientales, principalmente con sus raíces musicales.

Era costumbre francesa celebrar veladas familiares donde se hablaba de literatura y de música, de ahí que el primer teatro de Santiago de Cuba fue creado por ellos. Y entre los bailes que celebraban estaba presente la contradanza, la que fue modificada al ser ejecutada por músicos populares cubanos, creando una diferencia entre la contradanza francesa y la cubana. Como siempre ocurre con lo nuevo, como decimos ahora del reguetón, o nuestros padres del rock and roll, en aquellos tiempos se decía que la contradanza era una manifestación diabólica de los franceses, contraria al cristianismo, indecente y lasciva.

Pero lo válido es que gracias al vals y la contradanza traídos por los franceses, a inicios del siglo XIX surge la contradanza criolla, donde están las células que dieron origen al danzón, la guajira, la habanera y otras modalidades de la música cubana. Y no olvidar que la estructura tradicional del conjunto ejecutor de la música bailable cubana es llamada Charanga Francesa, la que alcanzó su máxima gloria durante el siglo XX con orquestas como Arcaño y sus Maravillas, Barroso y la Sensación, América, Antonio María Romeu, Fajardo y sus Estrellas, Neno Gonzêlez, hasta llegar a la Aragón, el ejemplo vivo de la charanga.

Y otra manifestación es la Tumba Francesa, introducida por los esclavos acompañantes de sus amos franceses, los que les permiten practicar sus bailes, basados en el tambor (tumba es un tipo de tambor), y donde se mezclan las raíces africanas y francesas. Con la abolición de la esclavitud, surgen las sociedades de Tumbra Francesa en distintas manifestaciones y que mantienen la tradición en las provincias orientales.

 Marta Strada – http://www.annaillustration.com

Quizás de ahí viene que los cubanos disfrutemos mucho la canción francesa, lo mismo el ruiseñor Edith Piaf, las bellas obras de Charles Trenet, Ives Montand, Françoise Hardy, Mireille Mathieu que Charles Aznavour e identificamos la cancionística francesa en la obra de una preferida como Marta Strada.

Construcción del túnel de la bahía de La Habana

Ciencia y técnica

El profesor Joaquin Albarrán, fue merecedor de un gran reconocimiento y rango en las ciencias médicas francesas, pero sin duda alguna el impacto mayor ha sido que una de las maravillas de la ingeniería civil cubana, el Acueducto de La Habana, así como el Túnel de Quinta Avenida bajo el río Almendares y el complejísimo Túnel de la Bahía de La Habana, fueron ejecutadas por empresas francesas.

Y no olvidemos que el Sistema Métrico Decimal, que usan como unidad de medidas la mayoría de los países del mundo, surgió en Francia.

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La Gastronomía: uno de los platos fuertes

A simple vista uno dice: ¿la influencia francesa en la gastronomía en Cuba?, pues el Monseñor y el Club La Torre, y los más viejos el Restaurante Lafayette o el París y aparte, por supuesto y por el nombre, los cabarés Montmartre y Sans Soucí.

Pero la realidad va mucho más allá.

Es cierto que el restaurante Lafayette, en la Habana Vieja y sobre todo uno de mis favoritos, el Monseigneur en el Vedado, nos dieron lecciones de buena gastronomía y buenas maneras.

Pero es que existían muchísimos restaurantes al estilo francés como Le Vendome, Normandie, Mes Amis, el Club La Torre y, sobre todo, El Palacio de Cristal y el París hicieron que ya en el siglo XX, conociéramos las glorias de la cocina francesa y no pocos platos franceses se cubanizaron en La Habana al incorporarles nuestra sazón. Así, la langosta termidor cubanizada se sazona con ajo, ají guaguao, tomillo y mostaza, que le dan sabor y olor diferentes.

El Cordon Bleu, una receta clásica de la cocina francesa, la hemos adaptado como nuestra y le introdujimos la variante con carne de puerco, y son muy populares junto con las tostadas francesas y la sopa de cebolla. El cerdo a la santiaguera es una de las recetas preparadas en la región y en casi todo el país y que responde a la influencia de la cocina francesa, con su estilo de carne rellena con jamón y queso.

En Cuba existe la tradición de preparar alimentos con vinos, siguiendo la enseñanza técnica profesional culinaria de la cocina Francesa. Siguiendo las indicaciones de Auguste Escoffier el “Rey de los Cocineros y Cocinero de los Reyes”, parafraseando a Bacardí: “el rey de los rones y el ron de los reyes”, impuso el empleo extenso de especias, salsas, la excelencia de la preparación de los alimentos y sobre todo su presentación.

Hasta el cubanisimo “congrí no es otra cosa que un plato preparado por los esclavos de los emigrantes franceses a base de un frijol que llamaban congo y de ritz o arroz.

Las salsas y los restaurantes franceses

¿Y qué decir de las salsas en la gastronomía cubana? Eso también nos viene de Francia.

A partir de la llegada de los franceses y lo contaminante de su refinada cultura, comenzando por las familias acaudaladas, todos querían tener dominio de la comida francesa. Es por eso que los franceses pusieron de moda el uso de las salsas para elaborar o acompañar cualquier plato, ya sea ropa vieja, carne con papas o fricasé, a ninguno le puede faltar su toque de salsa. En las casas de los poderosos no podía faltar el cocinero francés, que se hizo sinónimo de Chef (jefe en francés). Así ya en 1844 se podía disfrutar de los platos franceses en el Restaurante Francés de François Garçon, situado en la Calle Cuba # 72 entre Obispo y Obrapía que se convirtió en uno de los más exitosos de La Habana sobre todo por su vino clarete francés.

Poco después en 1870 Eduardo Chaix fundó el Restaurante París en O’ Reilly 166 entre Mercaderes y San Ignacio, frente a la antigua Universidad de La Habana, del cual fue propietario Alfredo Petit desde 1903 hasta 1932. En ese periodo, exceptuando los restaurantes de los hoteles, el “París” era uno de los sitios más importantes de la ciudad. El nombre de Alfredo Petit, era uno de los más conocidos de La Habana y no había nadie de gustos refinados que no acudiesen al París, y con el tiempo aumentó su buen nombre. En el restaurante, se hablaba español, inglés, francés y alemán y siempre estaba a lleno completo.

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El Lafayette

Tuve la oportunidad de a conocerlo a finales de los años cincuenta y verdaderamente no solo el ambiente, sino el gusto de la comida invitaba a visitarlo. No en balde allí tuvieron lugar, en los años veinte, los almuerzos sabáticos del grupo Minorista, integrado por Fernando Ortiz, Jorge Mañach, Juan Marinello, Alejo Carpentier y Luis Gómez Wangüemert, entre otros y se asegura que allí nació el popular cóctel Cubanito, la versión cubana del Bloody Mary, hecho con ron carta blanca, jugo de tomate, limón, picante y salsa Worcester, con una pizca de sal y hielo, sin duda delicioso.

Del Lafayette queda aún en su fachada el anuncio lumínico que que se prende parcialmente y milagrosamente ilumina aunque no anuncia nada, salvo su pasado glorioso.

Y ya que hablamos de Lafayette, ese general francés que peleó por la independencia americana, en la ciudad de Louisiana que lleva su nombre, existe el Café Habana City, que es uno de los veinte mejores restaurantes de comida cubana en Estados Unidos según la prensa especializada y otros dicen que éste estaría entre los diez mejores de cualquier ciudad. Este es el caso del Café Habana en Lafayette, pero el caso de Lafayette en La Habana es otra historia.

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Club La Torre

El antes Club La Torre, ubicado en el último piso, el 33 del edificio FOCSA, es algo incomparable, No existe restaurante en La Habana que ofrezca algo parecido a la vista de la ciudad que desde allí se observa . Su diseño arquitectónico es muy especial, pero con el paso del tiempo y de diferentes administraciones, había ido perdiendo el Glamour de los años 50 y su ambiente de onda retro

La Torre fue un club exclusivo con gimnasio, sala de masajes e instalaciones para baños de vapor, e incluía además un restaurante. Se inauguró el 1ro. de octubre de 1957 y los socios abonaban una cuota mensual de quince pesos y entre ellos figuraban exponentes de algunas de las grandes fortunas de Cuba,no establecía distinciones en su membresía, entre capitales tradicionales y nuevos ricos y admitía tanto a cubanos como a extranjeros.

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Ahora bien, vale la pena analizar las condiciones financieras de esa época, cuando quince pesos era mi salario de casi una semana de trabajo. Si los socios pagaban mensualmente quince pesos, equivalentes entonces a quince dólares, equivalentes al valor de $225 de hoy en día, implica que con solamente mil asociados recaudaban un cuarto de millón de dólares mensuales, solamente por el pago de asociación.

La Torre siempre tuvo una culinaria francesa y aun sigue esa tradición, y a pesar de las dificultades mantiene la oferta de langosta en dos salsas, la cazuela de champiñones, los hors d’oeuvre, mariscos y carne de res en diferentes especialidades y el Baked Alaska, como el postre más solicitado.

A pesar de ser uno de los restaurantes más caros junto con su pariente el Emperador en los bajos del mismo edificio, hasta los años ochenta se podía gastar allí solamente treinta pesos y la pasabas muy bien.

Monseñor

No me voy a detener mucho en el Monseigneur o Monseñor, el icónico restaurante que siempre voy a recordar por tres cosas: en primer lugar la sonrisa de Bola de Nieve, su piano y su forma de susurrar las canciones, en segundo por los filetes Mignon y en tercero por el Baked Alaska y su llama a las que todos estábamos atentos mientras se apagaban las luces. Tras este espectáculo completo de refinamiento francés y mi visita al mejor restaurante de La Habana, era usual que nos fuéramos a hospedar al Hotel Nacional, por el ridículo precio de diez pesos cubanos.

Monseigneur era París en La Habana, la vida misma a pesar del comunismo, que entonces comenzaba a calentar sus motores y negaría todo lo exquisito.

Pero el Monseñor solo fue el resumen de todo un proceso que comenzó con la llegada de los franceses emigrados y fue creciendo hasta que todos veíamos como deseable y de categoría un menú con comida francesa. Ello fue el primer impulso en el siglo XX, con el incremento de los viajes de la burguesía cubana a París el que empezaran en La Habana a verse de forma masiva los chefs franceses en casas particulares y en restaurantes, así como se incrementó el gusto por la pastelería francesa.

Y dos casos curiosos fueron los de Potin y Sylvain.

Una de las cadenas estatales de panadería y dulcería contemporáneas se llama Sylvain y muchos no conocemos de dónde viene el nombre.

El gerente de The Trust Company of Cuba, una de las entidades bancarias más poderosas del mundo, trajo de Francia a Sylvain Brouté, que había trabajado para millonarios como los Rothschild, el Conde de Vianney y el perfumista Jacques Guerlain. Pasado un tiempo, Brouté rescindió su contrato con el matrimonio Batista-Falla Bonet y abrió su propio negocio, Sylvain Patisserie, una repostería y buffet de comida fina francesa, en la esquina de Línea y 8, en el Vedado, local que por cierto todavía existe.

Sylvain Brouté sentó cátedra con sus productos, los exquisitos dulces de su producción todos los querían comer y pronto aparecieron burdos imitadores de los bufés y la pastelería fina en la que era todo un maestro. Menos mal que Sylvain está muerto porque si ve lo que hacen en su nombre, se vuelve a morir.

Y conocí a Jacques Brouté, un diseñador gráfico francés residente en Cuba y con el que conversé mucho pero nunca se me ocurrió preguntarle si tenía parentesco con Sylvain, porque realmente de esa famosa dulcería solo conocía el nombre de su creador y no su apellido.

La Casa Potin

La Casa Potin, tenía un sinónimo: exclusividad. Los productos de Casa Potín no los tenía nadie, ni siquiera El Carmelo su más enconado contrincante en excelencia gastronómica.

Louis Brunshwing, un emigrante francés que se dedicaba a la comercialización de víveres finos y de productos farmacéuticos fue el de la idea inicial en el siglo XIX y en 1920 pasó a manos de uno de sus trabajadores, Francisco Martín Echevarri, un español emigrante, natural de Navarra, quien se ocupó de mantener los principios sobre los que se sustentó el negocio.

La empresa tuvo tanto éxito que su local en la calle O’Reilly en la Habana Vieja, fue ampliado abriendo otra instalación en el Vedado, en Paseo esquina a Línea. Este Potín del Vedado abría día y noche y daba servicios gastronómicos y tenía usuarios a cualquier hora igual que El Carmelo

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El local inicial en la calle O´Reilly, fue un delicatessen, una tienda para encontrar productos selectos de distintos lugares del mundo, como bombones, licores y frutas, de lo cual no hay nada similar en Cuba actualmente. Allí se ofertaban dulces finos, bombones, licores, champagnes, vinos importados y frutas selectas nacionales y extranjeras. Era un espacio gastronómico gourmet en toda regla.

Su fama fue grande entre los habaneros por sus productos, en especial su pastelería francesa y confituras importadas, como los famosos Peter’s suizos, razón por la cual los cubanos todavía nombramos así a las tabletas de chocolate con leche. Había cárnicos y embutidos selectos, panadería, confituras, pastelería, lácteos, y su oferta la hacía el sitio idóneo para escoger ingredientes para cenas elegantes, comidas navideñas y otras fiestas o eventos, sobre todo con algo que solamente tenía Potin.

De lo que es ahora Potin, más vale la pena ni hablar.

El Cabaré

Y por supuesto, si París es la ciudad luz y también es conocida como la ciudad del arte, de la gastronomía y de la cultura, también tenía que ser, como dijo Hemingway, de la fiesta y el glamour. Por eso la historia del cabaré está vinculada a Francia y especialmente a París, donde surgió el primero a finales del siglo XIX como parte de la llamada Belle Époque, y de ahí, uno de los más famosos, el Moulin Rouge y por extensión el French Can Can.

Y los cubanos adquirimos ese gusto hacia el cabaré gracias a los franceses.

Tropicana.

Igualmente ha sido tratado el tema con anterioridad, pero para mostrar la influencia francesa diremos que el origen de este emblemático centro viene a través del cónsul de Rusia en Cuba, el afrancesado Regino Truffin, y su viuda Mina Pérez Chaumont renta a un conocido promotor de espectáculos Víctor de Correa su quinta, donde se construye lo que se llamó, como se acostumbra nombrar en Francia, Boite De Nuit, que fue su nombre inicial y tenía una capacidad de trescientas personas y una sala de juego,una plataforma con acceso por los laterales y una pista circular de baile. En 1954, el diseñador francés Pierre Balmain presentó en él la colección Verano.

Nada, que cuando Las Vegas no era más que una parada en el desierto, el “Tropicana” era ya un “paraíso bajo las estrellas”. Pero no van lejos los de alante si los de atrás corren bien.

Sans Souci

Sans Souci es un edificio histórico en Postdam, cerca de Berlín, un palacio de verano construido por Federico el Grande, Rey de Prusia, construido como un rival del palacio de Versalles. La expresión viene del francés, quiere decir “sin problemas” y eso es lo que quisieron mostrar sus fundadores, un lugar para el disfrute sin límites ni preocupaciones. El gallego Arsenio Mariño quiso mostrar un espectáculo de máximo lujo al estilo francés, y después fue traspasado a grandes conocedores del giro como Norman Rothman y Lefty Clark, quienes potenciaron su estilo rococó, aquel impuesto durante el reinado de Luis XV, llevando a los primeros planos al grandioso cabaré, por el que pasaron Tony Martín, Frank Sinatra, Kirk Douglas o Nat King Cole y personajes como Mario Moreno (Cantinflas), Rocky Marciano o Libertad Lamarque y fue el lugar del debut en centros nocturnos de Rosita Fornés.

El cabaret-casino Sans Souci, estaba en Arroyo Arenas, en el Km.15 de la carretera Central hacia Pinar del Río. Fue fundado en los días siguientes a la I Guerra Mundial y llegó a ser uno de los lugares más populares del mundo y nunca, desde su inauguración hasta 1959, fue totalmente cerrado, aunque la gran depresión redujo su funcionamiento cuando el comercio turístico disminuyó. Hasta que llegó el comandante y mandó a parar y Sans Souci fue una víctima más del comunismo.

La prestigiosa marca de relojes “Cuervo y Sobrino” diseñó unos relojes exclusivos para el Sans Souci fabricados en Suiza por lo que esta compañía, fundada en Cuba en 1882 y llegó a convertirse en la década de 1940 en un fuerte rival de prestigiosos relojeros de New York, Francia e Italia.

Y otra curiosidad: Marlon Brando, en su primera noche habanera fue al cabaret Sans Souci para encontrarse con su amiga la actriz y cantante Dorothy Dandridge que actuaba en el cabaret Sans Souci.Sans Souci, había sido enfática en los jazzistas y de algún modo iba a la cabeza de la contienda, contratando a Johnny Mathis, Tony Bennet, Dorothy Dandridge, Johnny Ray, Tommy Dorsey, June Christy. Sarah Vaughan!

Rodney, acometió las coreografías de los show de ambas instalaciones, hasta que Alberto Alonso empezó a ocuparse de las del Sans Souci en forma que para nada demeritan las de su antecesor. Fue un cabaré de primera.

Montmartre

Con ese nombre no podía dejar de ser el más francés de los cabarés cubanos, era no solo el mayor a puerta cerrada y estaba en la cotizada zona de la Rampa en el Vedado. Era el más caro, pero el favorito de los cubanos y turistas por su ambiente, sus lujosos shows y producciones musicales.

Tan exclusivo fue que en idénticas fechas actuaron allí Edith Piaf y la norteamericana Lena Horne.

Si alguien quiere saber con certeza lo que era el esplendor de las noches habaneros de los años cincuenta, el mejor ejemplo era el Montmartre. La revolución lo relegó al olvido y años después se inauguró el bullicioso pero delicioso restaurante Moscú, el más grande de Cuba, y probablemente el único sitio donde se podía comer caviar. El Moscú también fue víctima de la maldición del local pues un incendio acabó con él y sus ruinas persisten hoy en día.

El Cabaré Parisien del Hotel Nacional

En este ícono hotelero cubano, se inauguró en el Cabaré Parisién, el que contó con artistas del calibre de Eartha Kitt y entre las voces que lo han amenizado están las de Vic Damone, Nat King Cole, René Cabel, Esther Borjas el cuarteto Los modernistas, Flor D’ Loto La Rúa,Yma Sumac y otros.

Sin duda alguna está presente en la nostalgia de muchos cubanos.

Museo Napoleónico de La Habana

“En vida perdió el mundo, pero muerto lo posee”

Esta cita del gran escritor francés Chateaubriand se refiere por supuesto a un universal y controvertido personaje francés, que no era francés sino corso, Napoleon Bonaparte.

Napoleón sin duda ejerce una fascinación sobre muchos cubanos y en el mundo entero, pero en Cuba hay dos cosas que lo relacionan con él, una en La Habana y otra en Santiago de Cuba.

La de Santiago es muy curiosa, se trata de Francisco Antonmarchi, la persona que vio morir a Napoleon en la isla de Santa Elena y que eligió a Cuba como destino de vida. Tras la muerte del emperador se fue a Nueva Orleans, desde donde partió para Santiago de de Cuba donde su primo, Antonio Benjamin era propietario de un cafetal en El Cobre, donde murió a la temprana edad de 49 años.

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De su aventura en Santa Elena tras ser seleccionado por ser un gran cirujano y anatomista, como médico de Napoleon, vino con la mascarilla mortuoria, su mortaja, cabellos y hasta sus memorias. Y sobre todo muchas anécdotas de la vida del corso, el que le compartió vivencias sobre su infancia y su isla natal y también las conspiraciones sobre las que Napoleon decía a menudo de que moría asesinado por la oligarquía inglesa y sus sicarios.

Napoleon III encargó construir un mausoleo para Antonmarchi en el viejo cementerio de Santa Ana en Santiago de Cuba y ahora sus restos están a la entrada del cementerio de Santa Ifigenia siendo recordado como un defensor del personaje extraño y complicado que al final fue excepcional.

El otro asunto se trata del Museo Napoleónico de La Habana, que atesora alrededor de 7500 piezas pertenecientes o relacionadas con el emperador, entre ellas las de Antonmarchi, con fondos valiosos que incluyen pinturas, esculturas, muebles, trajes, armamento, objetos de época, libros y otros objetos.

El local, una hermosa mansión a un costado de la Universidad de La Habana, fue un palacete construido por el Coronel del Ejército Libertador y controvertido político e intelectual Orestes Ferrara, sobre el cual hemos abundado en otros artículos y la mayoría de sus valiosos fondos provienen de uno de sus grandes admiradores, el rico hacendado azucarero Julio Lobo.

El herrero francés de Trinidad y las tejas marsellesas

Conocí lo que es una teja francesa porque en la casa donde nací en Bejucal y donde viví mi juventud en el Cerro, tenían el tejado de ese tipo de tejas, llamadas también marsellesas, mecánica o de encaje, una teja plana que encaja una con otra y aligera el peso en la cubierta, mientras que la más empleada es la teja curva o teja criolla, también conocida como árabe.

Una vez hubo goteras y hubo que desmontar todo el techo, poner nuevamente el papel conocido como papel de techo, una especie de tela con asfalto, que se clavaba al armazón de madera del techo y encima del cual se ubicaban las tejas. Allí fue cuando pude leer los letreros grabados en la teja que decía el fabricante y su origen. Algunos eran de Marsella en Francia, pero la mayoría eran de un productor de Trinidad, identificado como Tejar Matilde, que no he olvidado porque una vecina se llamaba así y era un juego de los niños el decir: ¡Matilde, la de las tejas!.

Trinidad resulta el único lugar de Cuba donde se produce la llamada teja francesa, se dice que con máquina del siglo XIX que trabaja a partir de moldes de yeso, aunque el proceso es totalmente manual. De ahí que en Trinidad sean abundantes los techos con teja francesa.

¿Fue un francés el que llevó esa tecnología a Trinidad?. ¿Por qué Trinidad es el único lugar de Cuba donde se producen tejas francesas?. Son preguntas que a pesar de las investigaciones no he podido responder.

A su vez se habla de que un tesoro de Trinidad lo constituyen las campanas, obra de José Isabel Giroud, maestro herrero y fundidor nacido en Ferney, Francia en 1781.

En el afamado Valle de los Ingenios existe una campana descomunal, con una inscripción en el bronce que atribuye la obra a Giroud. Está en lo que fuera la hacienda del ingenio Manaca Iznaga y la inscripción dice: “Ingenio de Buena Vista de Don. Justo Germán Cantero. Fundida en Trinidad en 1846 por José Giroud”.

En el actual Parque Céspedes de la localidad, antes Plaza Carrillo, existe una pérgola de hierro también construida por el francés, en forma de cúpula y que parece que fue forjada ayer por su buen estado.

En la antigua Iglesia de Nuestra Señora de la Consolación de Utrera, más tarde Convento San Francisco de Asís, están las campanas de dicho monasterio hechas en el siglo XIX por Giroud.

Yarini y el asesinato de Rachel K.

Pasando de lo divino a lo terrenal, todos conocemos la historia del famoso chulo cubano Alberto Yarini Ponce de León, asesinado a balazos por sus rivales franceses que controlaban el negocio de la prostitución y la trata de rameras francesas. Pero vamos a detenernos en otro hecho relacionado con el tema.

Uno de los crímenes más sonados en Cuba durante en la década de 1930 fue el asesinato de Rachel Dekeirsgeiter, una bella joven que ejercía la prostitución en La Habana y que estaba muy ligada a la vida de la farándula y del espectáculo, por lo que era conocida como “La Rosa de Francia”.

El dueño del cabaré Tokio, en el barrio de Colón, Oscar Villaverde, la hizo su amante, pero se comenta que el cantante Alberto Jimenez Rebollar también lo era.

Lo cierto es que una noche de diciembre de 1931, Rachel desapareció, hasta que el día 14 encontraron su cuerpo desnudo en un departamento con la puerta cerrada por dentro y en tercer piso. Jimenez Rebollar fue procesado, pero la defensa de Carlos M. Palma, muy vinculado a la bohemia y después director de la revista Show, logró probar su inocencia. Tampoco se probó la culpabilidad de Villaverde, por lo que Rachel fue asesinada y nadie pagó por ello, un crimen perfecto que quedó impune y donde no apareció arma ni móvil comprobado.

Al igual que con Lola, la Mesalina cubana, a este asesinato le pusieron música y letra, en este caso La Francesita Rachel», de Armando Valdespí, que formó parte de la banda sonora de la película cubana El extraño caso de Rachel K. de 1973.

Jean Claude Forestier: el francés que ayudó a transformar La Habana

Y para el final un plato fuerte: un francés fue el responsable del rediseño de la capital cubana.

Cuando el gobierno colonial decidió que ya La Habana había superado las causas que provocaron su confinamiento tras la muralla que la rodeaba y que el crecimiento como metrópolis era no solo indetenible sino necesario, la ciudad comenzó una expansión irregular y descontrolada.

Pasaron muchos años de esa evolución desbocada, llegó la independencia y sus numerosos altibajos políticos, económicos y sociales, hasta que un gobierno que fue de triste recordación por su política, pero que tuvo uno de los más notables logros en materia de obras públicas de toda la era republicana cubana, acometió lo que se consideraba necesario: un diseño urbano acorde con el desarrollo que iba alcanzado el país y la belleza de la capital.

Carlos Miguel de Céspedes, entonces ministro de Obras Públicas del presidente Gerardo Machado fue consciente de que el audaz programa de obras públicas que acometer el gobierno del dictador Gerardo Machado, que incluyó el Capitolio Nacional y la Carretera Central entre otras, no era suficiente para convertir a Cuba en la Suiza de las Américas, con una fuerte atracción para el turista que fuera más allá de buscar un alivio a la Ley Seca vigente en Estados Unidos, y para ello, necesitaba que la capital contara con un entorno urbano que resaltara nuestra exuberante naturaleza y tuviera avenidas llenas de árboles, sombreadas y con plazas que armonizaran con los monumentos existentes y otros que debían construirse.

Para esa tarea se seleccionó a un francés, el paisajista y arquitecto Jean Claude Forestier, que en 1925 había ejecutado trabajos similares en París y Barcelona y tenía un historial profesional que incluye el rediseño del Campo de Marte, los jardines aledaños a la Torre Eiffel.

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Para ello Forestier elaboró el llamado Plan Director de La Habana, que proyectaba bulevares, parques, plazas y edificios públicos para hacer de la capital una ciudad más habitable, con mayor armonía con la naturaleza y a la vez más higiénica y moderna

Los trabajos se comenzaron por los jardines en los alrededores del Capitolio, que incluyeron el árbol nacional, la palma real, seguida del contiguo Parque de la Fraternidad que se inauguraría en 1928 con la VI Conferencia Panamericana y junto con ello embellecer el Paseo del Prado, el principal bulevar habanero, el que fue ornamentado con farolas, bancos de mármol y ocho impresionantes leones de bronce como custodio de las secciones principales del paseo y que estaría cubierto en ambos lados por grandes árboles.

Y el proyecto más ambicioso y materializado a más largo plazo, fue trasladar el centro cívico y político de La Habana desde la Habana Vieja hasta la zona donde estaba la Loma de los Catalanes, la que se denominaría Plaza Cívica, que sería el centro estratégico capitalino, del cual partirían avenidas sombreadas hacia el Malecón, el puerto habanero y el aeropuerto así como otros destinos, lo que incluía los amplios paseos en el Vedado con grandes espacios verdes y la creación del Gran Parque Nacional, del cual solo se materializó una parte en el llamado Parque Forestal, ahora bautizado, con lo que queda de él, como Parque Metropolitano.

Forestier también diseñó la Universidad de La Habana, incluyendo un mirador que no fue construido y la famosa escalinata de acceso a la misma bajo la estatua del Alma Mater.

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El gigantesco plan estuvo afectado por situaciones como fueron la crisis económica mundial de 1929, la muerte del francés Forestier en 1930, y la caída del dictador Machado, pero a pesar de todo ello, la capital cuenta con varios bulevares al estilo parisino y la Habana es una ciudad mucho más hermosa gracias a su obra. Una muestra de ellos son los llamados Aires Libres del Prado, que podían compararse con las terrazas y portales parisinos.

Siempre recuerdo que en casa de un amigo había en la sala no los consabidos cuadros de cisnes o paisajes foráneos, sino una réplica de un cuadro de un pintor francés-cubano llamado Esteban Chartrand con una visión antigua del Vedado, donde pescadores, carboneros y dos volantas aparecían junto con el río Almendares y su título, que aparece debajo del cuadro lo identificaba como Vista de la Chorrera. Forestier cambiaría ese paisaje para siempre.

Y para que no todo fuera material, una nota nostálgica para los devotos: “Al Bon Marché” fue una tienda de regalos, imprenta especializada en eventos y tarjetas recordatorias y de artículos religiosos que fuera fundada en Cuba en 1922 y que radicaba en la calle Reina 467, al lado de la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, casi llegando a Belascoaín y tras la revolución, nuevamente resurgió en 1961 en Miami en la calle Flagler. Esta tienda cubana rememora, al menos de nombre, la de llamada igual situada en la parte sur del río Sena en París: Le Bon Marché Rive Gauche, y que se vanagloria de ser la primera tienda por departamentos en el mundo, abierta en 1852 y en la que también podemos encontrar la mano de Gustave Eiffel.

Y para sumar a esa nostalgia recordemos la famosa joyería Le Palais Royal Le Trianon, situada en Galiano entre San Rafael y San José, la cual también formó parte de otras casas comerciales en la calle Obispo, junto a Villa de París, El Correo de París, y El Palacio de Hierro, mientras que El Palais Royal estuvo en la esquina de Obispo y Compostela, a una cuadra de la confitería Casa Potin.

PORTALES DE LA HABANA EN 1920 – http://manuelpereiraazogue.blogspot.com

La Alianza Francesa

En 1850 la casa Guerlain abrió sus puertas en París y al siguiente año abrió su primera sucursal en América, en el Paseo del Prado, donde estuvo hasta 1961, cuando fue nacionalizada. En la década de 1920 Jean Patou, el famoso modisto francés, estableció su sede en América también en La Habana.

Y Christian Dior no escogió por gusto a La Habana junto a New York para establecer sus únicos puntos de venta fuera de Francia, y es que unido a todos los antecedentes que he nombrado para mostrar la profunda huella francesa en Cuba, que muchos no ven, también hay instituciones que se han encargado de no dejar perder los vínculos que nos atan a Francia.

Y probablemente lo más importante es la labor realizada desde hace casi un siglo por la Alianza Francesa, que agrupa a los franceses residentes en Cuba, sus descendientes y los visitantes galos. Con sedes en La Habana y Santiago de Cuba, trabajan incesantemente con la enseñanza del idioma, la historia francesa, encuentros y concursos sobre cine, música, literatura, artes plásticas y muchos otros temas.

Una labor meritoria en la enseñanza del francés acomete desde hace muchos años la Alianza Francesa, en tanto que la Unión Francesa, fundada en 1925, se esfuerza por agrupar a franceses residentes o de paso por Cuba.

Por consideraciones de índole económico y también un poco por fatalismo geográfico, a partir de la independencia los cubanos asumimos el modelo norteamericano con entusiasmo, pero nunca abandonamos los ideales que nos dejó la Revolución Francesa. La ventaja de la revolución americana es que tuvo como modelo la separación de poderes esbozada por Montesquieu. Si hay algo indiscutible es que no hay otro sistema democrático en el mundo donde el Estado de Derecho se sustenta en el principio de la división de poderes y sea aplicado con tanta eficiencia como en los Estados Unidos, donde hay un complicado sistema que equilibra el poder, y lo vemos continuamente.

Y lo más ilógico del mundo es que un país que pregona que ha hecho una revolución por y para el pueblo, hace que los cubanos no sepan qué cosa es y más bien se considere contrarrevolucionario el hacer referencia a la Declaración Universal de Derechos Humanos de la ONU, que está basada en la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano de la Revolución Francesa.

Sin duda Francia está mucho más presente en nosotros de lo que a simple vista vemos los cubanos.

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2 Comentarios

  • Reply
    Shirley
    June 2, 2021 at 10:30 am

    Hola nuevamente, leo todos sus articulos. Pudiera escribir algun dia sobre el cubano Guillermo Perez Dressler que intervino como ingeniero en la construccion de la Torre Eiffel?? Porque es una figura desconocida para los cubanos y creo wue vale la pena conocer su papel en la construccion de ese icono mundial. Gracias como siempre.

    • Reply
      carlosbu@
      June 12, 2021 at 11:18 pm

      Agradezco mucho su atencion y por supuesto que es un tema interesante, voy a buscar informacion y hablar de ello

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