Llegaron los japoneses a Cuba…y siguen entre nosotros

 

Llegaron los japoneses a Cuba…y siguen entre nosotros

En mi niñez pintaban a los japoneses como unos tipos amarillos, chiquitos, con grandes dientes y espejuelos y que eran crueles con prisioneros y con la población civil.  A ello contribuyó mucho mi afición por los comics, en particular El Halcón Negro, que con un grupo de pilotos internacionales y un cocinero y ayudante chino.  Blackhawk o Halcón negro, de nombre Bart Hawk, americano de descendencia polaca;André Blanc Dumont, era Francés; Olaf Bjornson de Noruega; Chuck Wilson era un texano nacido en Estados Unidos; Hans Hendrickson era Holandés y Stanislaus  era Polaco. Mientras tanto Chop-Chop (de nombre Liu Huang, era chino. Otros miembros de corto plazo fueron Zeg (polaco), Bo ris (Rusia), Baker (Inglés), el teniente Teodoro Gaynor, estadounidense y como cosa sorprendente, su creador fue el destacadisimo e influyente historietista estadounidense,  Will Eisner, también creador de el Spirit.

Como el tema principal era la guerra, el enemigo siempre era los nazis (para lo que fueron concebidos inicialmente), los rusos, extraterrestres, inventos hechos por malvados, personajes históricos que volvían a la vida como Gengis Khan, y por supuesto, los japoneses.

Ya después de la revolución no llegaron más muñequitos o comics a Cuba y después conocí que le cambiaron el nombre por El Halcón de Oro y le incorporaron personajes femeninos y su trama estaba ahora en función de la Guerra Fría con la Unión Soviética.

Visto bajo este prisma, un niño cubano o más bien del mundo occidental solamente podía ver a los japoneses casi como a gente que come carne humana.  Pero la vida nos enseña que no todo lo que brilla es oro y no todas las sonrisas son sinceras, ni todo conocido es un amigo, pero además conocemos lo más importante: lo oscuro se aclara cuando lo vemos a profundidad.  Y eso fue lo que me ocurrió con Japón.

Y entonces llegaron los años 60 y con ellos el boom económico del país del sol naciente., llamado “Milagro económico”.

La ocupación norteamericana al finalizar la Segunda Guerra Mundial, bajo el mando del general Douglas MacArthur, al que muchos llaman el más preclaro entre todos los militares de Estados Unidos, tenía el principal objetivo de impedir que Japón se convirtiera nuevamente en una amenaza para su seguridad mundial.

Para ello se trabajó en preparar la mentalidad del pueblo nipón para convertirla en una democracia tipo occidental y sustituir el modelo económico colonialista y expansionista por un proyecto de conquista de mercados sobre la base de la calidad y la competitividad.  Y en eso Estados Unidos llevó a Japón a niveles nunca antes alcanzados a pesar de su desarrollo.

Este proceso de impulsar el proyecto japonés se vio influenciado con dos hechos significativos: la victoria de Mao Zedong y el Partido Comunista en China en 1949 y la Guerra de Corea en 1950, que ya formaban parte de la Guerra Fría.  Esta cercanía geográfica a esos escenarios, más el interés de desarrollar a Japón fue un estímulo al crecimiento económico.

Es en 1955 cuando comienza el boom económico japonés y el crecimiento vino acompañado de un rápido desarrollo urbanístico, por la necesidad de reconstruir las ciudades bombardeadas en la II Guerra mundial.  No obstante en esos momentos existía un caos, y es que la mitad de la gran población de Japón vivía en torno a Tokio, es decir, en el uno por ciento del territorio del país, donde además se acumulaba el setenta por ciento de las industrias.

El “milagro japonés” abarcó los  años desde 1960 hasta los 1980, siendo las tasas anuales de crecimiento del PNB (Producto Nacional Bruto) entre 1953 y 1973 de un 9’7%, muy por encima de los demás países del mundo. la OCDE. Es en esos momentos donde se dispara el consumo de aparatos electrodomésticos y se dan cambios en los hábitos y sistemas de vida debido a la influencia de la televisión, la lectura de periódicos y revistas, el uso generalizado del automóvil, los viajes de vacaciones y de fines de semana, y se extiende el reino de la discrepancia y la discusión de criterios.

Todo ello no cayó del cielo ni fue obra exclusiva de las coyunturas internacionales mencionadas anteriormente, la causa principal la constituyeron la laboriosidad e inteligencia de los japoneses, y el empleo masivo de la tecnología en los procesos de producción y el establecimiento de impresionantes procesos de control de la calidad, lo que hace que se identifique a cualquier producto japonés como un producto de alta calidad.

Ello llevó a que los japoneses fueran los primeros en construcción naval, los segundos en televisores y calculadoras y los terceros del mundo en acero, automóviles, cemento y refinerías de petróleo.

En 1971 Japón era el tercer país exportador más importante del mundo, después de Estados Unidos y de Alemania Occidental, y su condición de segunda economía mundial la mantuvo durante decenios, hasta ser sobrepasada por China y ser ahora la tercera.

En los años 60 en adelante, los cubanos nos sentíamos felices si lográbamos tener algún artículo japonés, en particular electrodomésticos, y Sony, Sanyo, JVC, Panasonic, Toshiba, Sharp, Hitachi; los relojes Casio, Citizen o Seiko; las cámaras Nikon, Canon o Olympus, y aunque no los teníamos, todos admiramos la industria automotriz con Nissan, Toyota, Mitsubishi, Suzuki, Mazda y Honda.

Y paralelamente, y en forma masiva, llegaron las historias de samuráis y ninjas.  Fue así que Akira Kurosawa con su actor preferido Toshiro Mifune, se convirtió en uno de los preferidos.  Rashomon, Los Siete Samurais, Sanshiro Sugata (o le Leyenda del Judo, una de mis preferidas), Trono de Sangre (el McBeth japonés), Yojimbo, Sanjuro,y la Fortaleza Escondida, fueron grandes éxitos.  Paralelamente aparecieron otras obras de Masaki Kobayashi, como la excelente Harakiri y la Rebelión de los Samuráis.  Y  después la exitosa serie de más de 20 películas de Ichi (o Zatoichi), el espadachín y masajista ciego,  las que hicieron las delicias de todos.

También llegaron a la televisión obras impactantes en forma de seriales, como la inolvidable Oshin,  que retrata al Japón desde principios del siglo XIX hasta los años 80.  Las películas de samurais nos mostraron una buena parte de la historia del milenario país, pero Oshin nos muestra el Japón contemporánea y como el país ha evolucionado hasta ser la nación casi perfecta que es.

Pero  vamos a repasar la presencia japonesa en Cuba a través del tiempo y la huella que ha dejado esa exquisita civilización en nuestra isla caribeña.

Realmente en números, la presencia de japoneses en Cuba no ha sido muy significativa. Dentro de ese “melting pot” o mezcla de culturas cubano que cuentan con influencias asimiladas de de españoles, africanos y chinos, también están presentes los japoneses durante más de un siglo, con una presencia discreta, que ha dejado sin embargo huellas en la agricultura y la pesca.  Desearía que esa presencia hubiera sido masiva, para que los cubanos hubiéramos aprendido de ellos valores tan importantes como el respeto, la decencia y la laboriosidad, de la que estamos tan carente por la destrucción de los valores que ha representado la revolución.

Reportaba el Diario de la Marina que el 9 de septiembre de 1898 llegó a Cuba el primer japonés con planes de establecerse en la  isla, para fomentar una comunidad , la cual contó con más de un millar de inmigrantes nipones.  Y. Ozuna llegó en el vapor Orizawa que había partido de Veracruz en México.

284 años antes, en Julio de 1614, el navío “San Juan Bautista”, que había salido desde el puerto de Tsukinoura, al  norte de la actual Tokio y al mando del samurái Hasekura Tsunenaga con un grupo de 180 japoneses que desembarcaron en la bahía de La Habana, en tránsito a Sevilla, España, don el propósito de establecer un comercio directo entre Japón y México y conseguir permiso para propagar el cristianismo en la prefectura de Miyagi.

La llegada de Ozuna fue seguida por otros japoneses, afectados por la situación del país con la Restauración Meiji, que modificó la estructura política y social del Japón e implicó un cambio que acabó el Shogunato, una sociedad feudal, para tomar una economía capitalista con una persistente influencia occidental y como elemento importante terminó con los privilegios de los samuráis.  Muchos inmigrantes japoneses se cambiaban de nombres por razones personales y políticas, ya que muchos se vieron forzados a viajar al extranjero tratando de evadir la persecución de la Kempen tai (Policía secreta imperial), en algunos casos por razones religiosas y otras relacionadas con el shogunato.

La emigración japonesa a Cuba llegó a sumar unos centenares de personas, no fue tan masiva como hacia Brasil y Argentina y Perú y  estaba compuesta mayoritariamente por hombres, los que formaron familia con cubanas y que como gran impedimenta, tuvieron que adaptarse a la dieta local, porque muchos ingredientes de sus hábitos alimenticios no se consiguen en la Isla.

A pesar de ser pocos, también se dispersaron por todo el territorio nacional, aunque existieron intentos de agruparse, entre las que destacan  la creada en 1914 por Kogawa Fujishiro en el Central Constancia, en Abreus, Las Villas, hoy provincia de Cienfuegos y en 1920 se repite en Cienfuegos con otros inmigrantes, pero la más importante fue la creada en Isla de Pinos, donde fundaron la primera cooperativa de producción agrícola que se conozca en Cuba, así como propiciaron la introducción de fertilizantes químicos.

También los japoneses fundaron la Sociedad Japonesa de Cuba y la Sociedad Japonesa de Instrucción y Recreo Showa (Showa en japonés significa “Paz Iluminada”), ambas en La Habana.

Colonias japonesas en la Isla de Pinos.

La llegada a la Isla de la Juventud del primer emigrante japonés fue en 1908,  Misaro Miyaki, que llegó desde la Habana, a donde había venido procedente de México en 1907.  Ya en 1947 la cifra era de 130 personas.  Como otros extranjeros, ante la posibilidad de gozar de las mismas ventajas que los americanos residentes en el territorio cuando se definiera la jurisdicción estadounidense sobre Isla de Pinos, muchos japoneses se asentaron en sus tierras.

Los emigrados de muchas islas caribeñas como Jamaica, Antigua y Barbuda, Islas Caimán y otras, así como alemanes, italianos, húngaros y de otros países europeos, se hacían llamar americanos y se mezclaron con los norteamericanos hasta llegar a confundirse popularmente como tales. Pero los japoneses, por idioma y costumbres no pudieron integrarse a ese grupo, más bien, por sus rasgos asiáticos eran confundidos con chinos.

Es a partir de 1924 cuando la compañía de viajes “Oversea” facilita el tránsito hacia Cuba del mayor número de inmigrantes japoneses. La emigración japonesa a Cuba estaba compuesta básicamente por hombres, por lo algunos formaron familia con cubanas y se adaptaron a la comida local, ya que muchos ingredientes de la cocina japonesa resultaban imposibles de conseguir en la isla. En ella los japoneses formaron las primeras cooperativas de producción agrícola de que se tenga noticia en Cuba, e introdujeron el uso del abono químico.

Existen investigaciones que afirman que en cada grupo o colonia japonesa, existía una especie de jefatura de tipo militar y que además a pesar de las dificultades o carencias de formas de comunicarse, y de la dispersión de los mismos, siempre estaban en contacto.

     Miichiro Shimazu

Japoneses en Santa Bárbara.

Este asentamiento norteamericano, el más importante en la Isla de Pinos, contó con medio centenar de japoneses dedicados mayormente al cultivo del pepino. Después de la II Guerra Mundial se continuaba el cultivo de este vegetal, pero se amplía la producción del melón, otras hortalizas y frutos menores con la característica de hacerlo sobre la base de una agricultura intensiva basada en una baja utilización de la mecanización pero con alta eficiencia.

Como ya analizamos en otro artículo, a partir de la década del 40, el poblado pierde gran parte de su esplendor y comienza a decaer, por lo que las fincas que poseían los norteamericanos cesan de producir o lo hacen en menor escala que antes, pero en esas tierras comienzan a asentarse emigrantes japoneses, los que junto a los pineros recuperaron en buena medida las producciones agrícolas de la zona.  A pesar de que casi todos los japoneses fueron encarcelados por la absurda medida tomada por el gobierno de Batista para agradar a los norteamericanos, las familias de muchos se asentaron en Santa Bárbara, por lo que en 1945, tenía una población de 1420 personas.

Entre los que vivieron esos años, había un personaje que llegó a vivir más de un siglo, un  un samurái, todo un guerrero nipón, que vivía en un hogar de ancianos, pero no lo sabía. Tenía ciento siete años,  pero a veces decía que eran ciento dieciocho. Se llamaba Shimazu y de él otro japonés también anciano pero con su mente clara, llamado Nobor, narró el florecimiento de la colonia de Santa Bárbara en la época de su papá, del trabajo incansable de aquellos japoneses, toda una lección que desgraciadamente no se contagió a los agricultores cubanos y mucho menos a los de hoy en día, y habló de Shimazu, porque el samurái tenía demencia senil.

Shimazu nació en 1907 por lo que si vive, tendría 110 años y no todos los días se puede hablar de un japonés que fue samurái, que llegó a Cuba en la década de 1920, trabajó en Isla de Pinos con un tío en el poblado de Santa Bárbara y que fuera uno de los presos injustamente en el Presidio Modelo por su nacionalidad.

Entre ellos también era muy popular el agricultor Mosaku Harada y su familia, que había llegado en 1924 junto con un grupo de 36 hombres y mujeres.

  Soroa. Orquideario de Takeuchi.

Presencia japonesa en otros lugares de Cuba.

Los japoneses se diseminaron por toda la Isla, hasta llegar a estar presentes en 46 sitios de todas las provincias cubanas y trabajaron con mayor asiduidad en la agricultura, las minas, la industria azucarera, la pesca, la mecánica, la electricidad y los servicios.  Y en todos ganaron fama no solo de laboriosos en extremo, sino de inteligentes y con mucha iniciativa para hacerlo todo muy cercano a la perfección.

Aparte de  Shimazu y Harada, otro japonés muy reconocido en Cuba fue el horticultor Kenji Takeuchi, el verdadero maestro que, por encargo, desarrolló el “Orquideario de Soroa”, en la provincia de Pinar del Río, donde cultivó más de 700 especies de estas flores, lugar que por suerte todavía se mantiene y tiene una fama bien ganada como su nombre lo indica: “el arcoiris de Cuba”.

En Cuba existen muchos jardines japoneses, pero el primeros que tuvimos fue diseñado en la casa del Carlos Miguel de Céspedes Ortiz, abogado y político cubano y nieto del Padre de la Patria, Carlos Manuel de Céspedes, cuya residencia, situada junto al Torreón de La Chorrera, en la desembocadura del río Almendares es desde hace años el lujoso restaurante “1830”.

Kogawa Fujishiro formó una Asociación de Productores Japoneses en el famoso central azucarero Constancia en Abreus, Las Villas, hoy provincia de Cienfuegos.  Y tengo que hacer un alto, porque hablar de Constancia es hablar del danzón del mismo nombre, con tantas versiones excelentes de Rubén González, Enrique Jorrín y la Orquesta Aragón y cuyo estribillo dice :

“Pero olvidemos al vulgo

Que al fin no tiene importancia

Bailemos en el Constancia

Hasta que se acabe el mundo”

Dicha asociación se constituyó en 1914 y en 1920 se creó otra similar en la misma provincia.

Mientras tanto decenas de pescadores japoneses, desempeñaban sus tareas en las costas de Cuba y vivían principalmente en Batabanó y Cienfuegos y otros se dedicaron  la minería, en particular en Minas de Matahambre en Pinar del Río.

Presencia Japonesa en Minas de Matahambre

Minas de Matahambre , situada en un paraje montañoso, contó hasta hace pocos años con  el yacimiento de cobre más importante de la parte occidental de Cuba y que se convirtió en una de las minas subterráneas más profundas de América Latina.

El año 1912 un campesino encontró una piedra brillante en el faldeo de una elevación llamada, loma del viento y ahí comenzó todo, hasta llegar a ser conocido el concentrado de cobre de Matahambre como uno de los de mayor calidad en el mercado internacional.

A la medida que iba creciendo la mina, también lo hacía la población, lo que lo hace de forma desordenada, muy diferente al trazado de los pueblos españoles con calles rectas que se entrecruzan. Y en esa misma medida se fue diversificando extraordinariamente el origen de los que allí trabajaban, pues el primer problema fue la falta de personal calificada para las tareas mineras. A los norteamericanos se suman los rusos, chinos y españoles, y por supuesto un grupo de japoneses, que tenían experiencias anteriores en su país natal.

En el propio 1913 con la apertura de la mina llega al lugar el primer japonés nombrado Takizo Uratsuka, que era cocinero en un buque pesquero procedente de Panamá, pero aunque no conocía bien el oficio, fue el carpintero que construyó el primer concentrador manual de la mina de cobre, lo que ahora constituye un patrimonio industrial histórico.

Concentrador fabricado manualmente por Takizo Uratsuka Uratsuka

Takizo fue un hombre que se ganó el respeto de todos por su laboriosidad y persistencia en cualquier tarea, su disciplina y su discreción. Al hacerse de un capital por su trabajo, este japonés regresa a Japón y cuenta las posibilidades que tenía en Cuba de hacer fortuna, lo hermoso y cálido del lugar donde vivía tan diferente a Japón y su duro clima.  Se casa con su novia

Masae Taikiamiro Uratsuka y regresa con ella a Minas de Matahambre en 1923 y construye su casa al estilo de la arquitectura japonesa, e increíblemente todavía existe esa construcción y sus descendientes no han querido modificarla.  Del matrimonio japonés nacieron 6 hijos descendientes puros de padres japoneses, doce nietos y 5 bisnietos.

En mi estancia en ese lugar como he narrado en otros artículos, sin saber que algún día escribiría sobre este tema, me enseñaron el concentrador construido por Takizo y es sorprendente que (estoy hablando de los años 80) 60 años después y cuando todavía la mina estaba en explotación, se hablaba del japonés casi como una leyenda.

Buscando oficios menos agresivos a la salud; algunos fueron contratados para animar el gusto de los acaudalados personajes de la época, y en tal empeño, aparece uno de los primeros intentos por recrear un ambiente oriental en el nuevo mundo; lo cual no tuvo parangón en Cuba hasta la construcción del hermoso Jardín Japonés en el Jardín Botánico de la Habana, después del triunfo de la Revolución.

Uno de los que aprovechó la laboriosidad y exquisitez de los japoneses fue el senador José M. Cortina en su famosa hacienda en Pinar del Río, toda una obra de arte, realzada por su jardín japonés.

El torii de La Güira  (arco tradicional japonés que suele encontrarse a la entrada de los santuarios sintoístas (Jinja), marcando la frontera entre el espacio profano y el sagrado) resulta el anuncio más evidente de las ideas que sustentaron aquel espacio y es sorprendente, cómo a pesar del tiempo trascurrido desde el día en que se erigió el gigante de madera continúa esforzándose por proteger el idílico lugar, constituyéndose en uno de los torii más antiguos de cuantos pudieran existir fuera de Japón.

Los japoneses que trabajaron en la finca de Cortina, represaron con rocas las aguas de un arroyo que atraviesa la misma, originando un lago artificial rodeado de litoral virgen, que en alguna medida imita escenas muy parecidas a los estanques nipones y a su vez reprodujeron las imágenes de Japón en los jardines de la mansión palaciega permitiendo que  pequeñas embarcaciones surcaran las aguas del arroyo, que en diferentes tramos, aún exhibe puentes ligeramente arqueados, para permitir el paso de los botes y a la noche, todo el cauce quedaba iluminado por decenas de farolillos orientales.  Esa es la huella que dejaron en La Güira en la que quedó la huella del maestro Nakasawa.

La Segunda Guerra Mundial y la injusta política con los japoneses.

A partir del comienzo de la Segunda Guerra Mundial, la histeria se extendió y muchos oportunistas o enemigos de los inmigrantes no deseados, propalaron falsas historias sobre la penetración de espías en secreto como forma de manifestación de su racismo.

La comunidad japonesa tuvo sus peores años en la etapa de la Segunda Guerra Mundial, cuando la emigración japonesa fue paralizada y los radicados en Cuba fueron detenidos en campos de concentración en La Isla de Pinos y en La Habana desde el año 1942 hasta 1946 e igual ocurrió con los ciudadanos alemanes e italianos.

Hasta 1946 permanecieron detenidos 341 japoneses y 114 alemanes, pues los trece italianos fueron excarcelados en 1943. Algunos de sus familiares, sobre todo japoneses, se establecieron en esta isla del sur de Cuba para acompañar a los reclusos.

El 12 de diciembre de 1941 los japoneses en suelo cubano fueron declarados “Extranjeros enemigos” y ordenaron su reclusión en campos de internamiento y nombraron a un interventor que dispusiera de sus propiedades, todo por medio del Decreto Ley No. 3343, como parodia de la decisión del presidente Franklin D. Roosevelt cuando autorizó el internamiento y unos 120.000 japoneses-americanos, que  fueron trasladados por la fuerza a los campos de concentración durante la guerra.

En Cuba, la administración pro-estadounidense del presidente Fulgencio Batista se hizo eco del movimiento del gobierno de Estados Unidos y detuvo a unos 350 hombres japoneses mayores de 18 años, de entre los 420 que habitaban en todo el país, y los trasladó a la cárcel en Isla de Pinos en el sur de Cuba y tres mujeres que eran sospechosas de tener conexiones con los militares japoneses fueron detenidas y enviadas a una cárcel en las afueras de La Habana.

El arquitecto del jardín japonés de La Güira, el laborioso Nakasawa, por el solo hecho de escuchar su receptor de radio en algún lugar tranquilo fue acusado de la transmisión y recepción de mensajes.  Hasta hoy, no hay una sola evidencia de que los japoneses que vivían en Cuba hayan sido colaboradores de otros países ni que hubieran hecho algo que dañara o comprometiera la seguridad nacional.

Una página de la historia de Cuba, tan vergonzosa como la del barco Saint Louis con emigrados judíos que huían del nazismo y a los que se le prohibió la entrada a Cuba.

Pero ahí no paró el abuso, incluso después que terminó la guerra, los japoneses continuaron detenidos hasta marzo de 1946 y unos cuantos murieron durante el internamiento debido a las pésimas condiciones de vida, con mala alimentación, deficiente atención médica a pesar de que entre ellos había algunos ancianos, y expuestos a los embates del clima, sobre todo el exceso de calor.  A eso hay que sumarle que las visitas eran una vez al mes, pero la mayoría no pudieron recibirlas, pues sus familias vivían muy lejos y al estar ellos presos muchas no tenían medios para sufragar el viaje.  Pero los que lograban ir a la visita eran vejados, solo podían hablar, por un tiempo breve, en español y en alta voz, pero un gran porciento no hablaba esa lengua, por lo que se hacía aún más triste el encuentro.

Y como siempre ocurre, no fueron los hombres los que más sufrieron, sino las mujeres, las que en su inmensa mayoría eran eran japonesas y se quedaron desamparadas con sus hijos y sin medios de subsistencia, pero las japonesas se levantaron y se dedicaron a cualquier tarea por dura que fuera y lograron mantener sus hogares.

Artes marciales japonesas

No puedo hablar de los japoneses y desligarlos de algo que los destaca en el mundo aparte de su idiosincracia y sus éxitos económicos, y es las artes marciales.
Desde principios del siglo XX, se conoció en Cuba el jiu jitsu, que  significa “ciencia de la suavidad”  y se denomina así a las técnicas de combate creadas en Japón por los Bushi (caballeros).

All comienzo del período Meiji donde a los samuráis les estaba prohibido  llevar espada y las contiendas entre familias nobles estaban también prohibidas, el jiu jitsu se convirtió para el samurai en un medio para hacer exhibiciones públicas y vivir de ello.

En 1882, Jigoro Kano, con los conocimientos adquiridos de dos escuelas principales de jiu jitsu a los que agregó sus propios aportes, fundó un nuevo sistema de cultura física y de entrenamiento mental que llamó  Kodokan Judo. El Judo, con una incomparable carga de moral y ética, se arraigó definitivamente en Japón en 1886.

Es también a principios del siglo XX cuando visita La Habana en más de una ocasión el experto en judo japonés , el maestro Mitsuyo Maeda , cuarto Dan del Ju Do Kodokan, uno de los primeros alumnos del maestro Jigoro Kano

El célebre luchador japonés Mitsuyo Maeda, conocido profesionalmente por el Conde Koma, llegó a La Habana por cuarta vez en enero de 1912, acompañado de otros tres judokas japoneses nombrados Ono Akitaro, Satake Nobushiro e Ito Tokugoro.

En la década de los años 1930 inmigrantes japoneses en la isla, enseñaron distintas formas de jujutsu y de Judo de un modo extremadamente secreto, solo a parientes o amigos cercanos de la comunidad japonesa. Pero el Judo pronto tendría su momento de auge.


Kano y Kolychkine

Jigoro Kano, el creador del judo, quería difundir esta arte marcial por el mundo y Kolychkine pudo cristalizar ese sueño en Cuba”

Kawaishi Mikonosuke, fue el alumno que  Kano mandó al exterior para divulgar el judo y el mismo llega a Francia, prepara a Kolychkine y luego lo envía a Cuba.  Kolychkine era una persona muy recta con una disciplina extraordinaria y nosotros los cubanos no somos así, pero gracias a su perseverancia y maestría logró introducir el judo en la isla.

Paralelamente varios maestros impartieron clases de karate en Cuba, destacando entre ellos el cuarto dan de Wado Ryu que apodaban el Indonesio, quien abandonó el país alrededor de 1962. En junio de 1964 llegaron a Cuba varios ciudadanos japoneses para transmitir la técnica de la pesca del atún en nuestro país, contándose entre ellos Masaaki Kohagura, especialista en telecomunicaciones, quien ha sido reconocido como el introductor en la Isla de la práctica del karate-do estilo Shorin ryu, surgido en Okinawa.

Pero sin duda Andrés Kolychkine, nacido en Rusia y con una larga vida deportiva en boxeo, lucha y judo, ha sido la figura que impulsó las artes marciales en Cuba. Creó la Fundación Cubana de Judo (1951) y un año más tarde celebra en el Palacio de los deportes el primer Campeonato Nacional.

Estas historias no las conocía, pero con 18 años de edad  y durante tres estuve practicando este deporte, a donde no llegué a donde pretendía y me retiré por problemas de salud (probablemente derivados de la propia práctica del deporte, donde más de una vez salí volando por los aires) cuando poseía la categoría de segundo Kyu o cinta Azul.  Hay que explicar que las categorías dentro del Judo se expresan a través del color de la cinta, y cada una tiene un significado, ejemplos: Blanco (ingenuidad), quinto Kyu Amarillo (descubrimiento), cuarto Kyu Naranja (amor), tercer Kyu (esperanza), segundo Kyu Azul (idealismo) y primer Kyu Marrón (iniciación al conocimiento).   Así que me quedé en el idealismo, pero con un tremendo amor por el deporte, sin dejar de reconocer que cuando practicaba, primaba más lo ceremonial y lo técnico.  Ahora cuando veo un combate de Judo me parece que quieren imponerse por la fuerza y ese no es el espíritu del Judo.

Ya el judoca con cinta marrón es un experto destacado y el pase de un kyu a otro no se obtiene solamente por competencias, sino por una valoración integral de la técnica y la competencia por parte del sensei bajo su única responsabilidad sin mediación de ninguna entidad u organismo superior como en el caso de la otorgación de los grados Dan. De ahí en adelante vienen lo que se llama Dan, que significa escalón y que según el dan alcanzado, que van desde el primero hasta el décimo, se consideran como sensei, profesor o maestro, experto en Judo que van ascendiendo de negro, rojo y blanco y rojo.  El grado 12 se reserva para Jigoro Kano.

   

Lo que queda de los japoneses en Cuba

Después de la revolución se establece la cooperación pesquera entre los dos países y llegan nuevos inmigrantes nipones, aunque en una cantidad pequeña. Y se construye con tecnología japonesa, una central termoeléctrica en Cienfuegos, la más eficiente de Cuba.

A principios del siglo XXI solo quedaban en suelo cubano quince nipones de primera generación. Hoy solo queda el samurái Shimazu, en un Hogar de Ancianos de la Isla de la Juventud. Pero hasta el quinto grado de consanguinidad llegan ascienden a más de mil doscientos los miembros de la Comunidad Japonesa Cubana, los que tienen presencia en todas las divisiones territoriales cubanos excepto en Guantánamo.

La población japonesa de Brasil está estimada en 1,5 millones, y constituye la mayor población nipona fuera de Japón en el mundo le siguen Estados Unidos y Perú.  En Cuba desgraciadamente, pudo haber sido mayor, pero las propias políticas gubernamentales cubanas de cierta forma ahuyentaron a los que se encuentran entre los más lúcidos y esforzados trabajadores del mundo.

Ojalá y esta presencia hubiera sido más numerosa, pues sin duda su influencia  es en muchísimos aspectos de la vida, la razón principal de que Japón se encuentre entre los países más desarrollados del mundo.

Si nos preguntamos qué queda de Japón en Cuba, hay que decir que su presencia es ahora muchísimo mayor que en toda nuestra historia.  Pero así y todo, nos hubiera venido, pero muy bien, tener bastante más esencia japonesa en el melting pot cubano.

 

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