La Habana DC: una ciudad en ruinas.

 

La Habana DC: una ciudad en ruinas.

Una de las herencias malditas que nos deja Fidel Castro es haber convertido a la hermosa, incomparable diría yo, Ciudad de La Habana, en un amasijo de ruinas. Increíblemente ahora ese es su encanto para los turistas, ver edificios que hace décadas que no reciben una mano de pintura, con balcones a los que cada día se les cae un pedazo y observar a la gente que vive en lugares dignos de los años de la posguerra, pero esta vez como una especie de suicidas que están en espera a que todo se derrumbe a su alrededor.  Tokio, Hiroshima, Hamburgo, Berlín, Dresde, Colonia, Varsovia, Coventry, Londres, Leningrado, Rotterdam, una lista interminable de ciudades que fueron víctimas de bombardeos y combates resurgieron como el Ave Fénix, de sus propias cenizas, pocos años después de terminado el conflicto.

Las guerras siempre han transformado el paisaje urbano y físico que nos rodea y en algunos casos su huella y cicatrices nunca desaparecen.  Pero todas, sin excepción, con la voluntad del hombre, han borrado su destrucción sistemática y han tenido una recuperación y un cambio espectacular.

Dresde e Hiroshima resurgieron de sus propias cenizas.

En Cuba, sin embargo, que lo que existió fue una de las que los cubanos llamamos “guerra del pan duro” y siempre en regiones rurales, se ha observado un fenómeno único, debido también al abandono, la desidia y la ineficiencia del hombre, en este caso por parte de Fidel Castro, sus acólitos y el llamado gobierno revolucionario que debía nombrarse “involucionario”, porque a contrapunto del Rey Midas, ha convertido en “mierda” todo lo que ha tocado.

No es que yo sea habanero y conozca La Habana como la conocieron todos los de mi generación: una ciudad espectacular, hermosa, de grandes contrastes, conservadora de los estilos arquitectónicos que la caracterizaron a lo largo de su desarrollo y pionera en el  modernismo, en fin, una ciudad bendecida además por su geografía y su clima, casi un paraíso, si no fuera por los hombres.

      Tokio al finalizar la guerra y abajo pocos años después.

Yo trabajé en la Habana Vieja a partir de 1957 y como parte de mis tareas debía ir a casi todos los lugares del mencionado municipio, pero también a Centro Habana y sobre todo al Vedado. Para buscarme unos centavos, que entonces valían, a hacer mi trabajo, y en lugar de tomar una guagua o un taxi, hacía esos recorridos a pie, por lo que puedo dar fe de que eran muy pocos, poquísimos, los lugares de La Habana que acusaran descuido o falta de mantenimiento.  

Eso hacía a La Habana, con una intensa visita de turistas, sobre todo norteamericanos, una ciudad deseable y amigable, que los atraía por muchas cosas, adicionalmente al afable carácter del cubano, por su cuidado y limpieza y por su armonía entre lo antiguo, lo viejo, lo contemporáneo y lo moderno.

Lugares abandonados en el mundo.

Es cierto que por diversos motivos, en el mundo existen lugares que están totalmente en ruinas, en completa destrucción, pero ya la introducción lo dice todo: están abandonados. Lo paradójico de La Habana es que no está abandonada, todo lo contrario, paralelamente al deterioro y sumándose a la falta de atención, la capital más que duplicó su población en la etapa revolucionaria.  Y no ha habido causa alguna del deterioro que no sea la ya apuntada.

Podemos comparar a La Habana en muchos sentidos con lugares abandonados como:

-Pripyat,Chernobil, Ucrania y todo sabemos la causa, la explosión de los reactores nucleares;

-la isla de Hashima en Nagasaki, Japón, una de las 505 islas abandonadas en esa prefectura, y que llegó a contar con treinta y nueve mil cien personas/km² en la zona residencial y de ochenta y tres mil quinientas personas/km² en toda su superficie, lo que históricamente supone una de las mayores densidades de población registradas en el mundo, siendo abandonada por el cierre de la mina de carbón que en ella existía;

-el famoso Hotel El Salto en Colombia, justo frente al espectacular Salto de Tequendama, el que cesó sus operaciones a causa, dicen unos que por la polución de las aguas del río y otras a que el Hotel está embrujado y fue causa de muchos suicidios en el borde del abismo en que se encuentra;

-el pueblo de Craco en Italia, abandonado por un deslizamiento de tierra que lo sepultó;

-Keelung, la ciudad que fundaron los españoles en Taiwán y que fuera parte del Imperio español con el nombre de La Santísima Trinidad, a pesar de la expulsión de los españoles obligados a abandonar esta región de la isla, en ella quedó un monumento, un castillo construido y llamado San Salvador y que es reconocida como una ciudad fantasma ya que está situada en uno de los lugares más inhóspitos del planeta, durante la mayor parte del año prácticamente desaparece bajo la nieve y el hielo, y solamente deja ver sus ruinas y su asfalto durante un par de semanas en verano;

-el balneario de Varosha, Famagusta en Chipre y que era el área moderna y turística de Famagusta. Sus habitantes huyeron durante la invasión turca de 1974 y ha permanecido abandonada desde entonces;

…y por supuesto, más cercana, la Ciudad Nuclear en Juraguá, Cienfuegos, Cuba, construída para los trabajadores de la electronuclear que nunca se terminó y en la que sobreviven algunos cientos de personas, entre ellos algunos rusos.

Todos estos casos tienen su explicación y además son lugares que han sido abandonados, salvo en el caso de la Ciudad Nuclear, aunque el que vivan en ella personas son solamente el resultado de la extrema crisis habitacional de Cuba, en otra situación ahí no viviría nadie, pues es casi una ciudad fantasma.  Pero el caso de La Habana y su desmoronamiento, no tiene una explicación única ni convincente.  Es un caso irrepetible de desatención y falta de interés.

Surgimiento y desarrollo de la capital cubana

Este año se cumplirán 499 años de que fuera fundada la villa de San Cristóbal de La Habana, después convertida en ciudad y capital de la República de Cuba. En estos casi cinco siglos, La Habana se desarrolló, amplió, modernizó y se convirtió en una de las ciudades más bellas de América Latina y, según muchas voces autorizadas, del mundo.

Pocos años después del descubrimiento de América y cuya primera tierra importante fue Cuba, comenzó la colonización de la Isla comenzando por la parte oriental y terminando en la occidental.  Diego Velázquez, nombrado Gobernador de la Isla realizó esta campaña de forma  irregular, en la que duró varios años, por lo que de 1511 a 1515, nacieron las siete primeras villas coloniales cubanas: Baracoa, Bayamo, Trinidad, Sancti Spíritus, Santiago de Cuba, Puerto Príncipe (hoy Camagüey) y en último lugar La Habana que, aunque se considera su nacimiento definitivo el 16 de noviembre de 1519, se fundó inicialmente en 1515 en un asentamiento al sur de la Isla.

Una vez en su nueva y privilegiada ubicación, La Habana no hizo más que progresar a lo largo de los siglos, lo que la convirtieron en el centro de expansión del proyecto colonial español, siendo punto básico de la ruta imperial, base logística y de tránsito durante el proceso de conquista de la América continental y una encrucijada fundamental entre América y España.

La Habana a partir de ese momento se le considerara como la Llave del Nuevo Mundo. Y como bien lo apuntó el historiador cubano Manuel Moreno Fraginals: La Habana fue un fenómeno aparte, cuya relación con el exterior fue mucho más importante que su conexión con el resto de Cuba.Luego, cuando Cuba se convirtió en el primer país productor de azúcar, el petróleo de la época, La Habana se convirtió en la ciudad más bella de América. Y lo digo sin chovinismo alguno.

Después de la independencia de Cuba, La Habana elevó su papel de núcleo económico, y político de la isla, y lugar turístico por excelencia, paralelamente a su carácter de ser el polo de una gran producción cultural.

Este proceso ininterrumpido de desarrollo se interrumpió abruptamente hace 59 años.  A partir de ese momento se dejó de construir al ritmo de los años anteriores y apareció una ola de construcciones de mala calidad y mal gusto estético.  Simultáneamente, al ser nacionalizadas las propiedades inmobiliarias, se dejaron de ejecutar los mantenimientos sistemáticos, las reparaciones y las modernizaciones y ampliaciones, lo que tuvo alcance a todas las edificaciones, fueran fábricas, almacenes, comercios, oficinas o viviendas. Se convirtieron en propiedades del pueblo, es decir, un dueño abstracto y como tal recibieron el trato que recibe lo que no tiene dueño.

La revolución y La Habana

No es algo absoluto lo que voy a decir, pero el grupo de los principales líderes de la revolución, incluyendo la legión geriátrica que durante casi 60 años ha mantenido el control del país, está constituída principalmente por gente que procede de la región oriental del país, empezando por los hermanos Castro y los generales, comandantes, héroes de la revolución y todos los títulos honoríficos que hace medio siglo se asignan unos a otros, sin ningún hecho valedero que los respalde.

Todos los cubanos sabemos que esto que digo no es absoluto, pero considero que los verdaderos héroes estaban entre los jóvenes habaneros o de la parte occidental de la Isla que vivían en La Habana y que lucharon y perdieron la vida en condiciones mucho más difíciles que aquellas en la que lo hacían los que después se hicieron del poder de forma absoluta. Más mérito y más valientes fueron José Antonio Echeverría, Marcelo Salado, José Smith Comas, Rolando Cubela, Carlos Gutiérrez Menoyo y Faure Chomón. Y lo digo con toda propiedad, pues mi padre, miembro del movimiento 26 de Julio, capturado y torturado por el verdugo Carratalá, optó, al ser liberado y enviado a Venezuela, por irse a pelear a la Sierra del Escambray, donde conoció la verdadera cara de Fidel Castro y sus seguidores, al incorporarse al pelotón de Ramiro Valdés y ser Ernesto Che Guevara su jefe de columna.  Allí conoció el odio hacia los habaneros y por lo excelso de sus instituciones y logros y lo que se avizoraba para el país.

Como ya he relatado, el Día de los Reyes de 1959, mi padre, visto por todo el barrio como un héroe, regresó a la casa, se peló, se afeitó la barba, quemó sus ropas de combatiente del ejército rebelde y volvió a su trabajo como guaguero.

Como ocurre creo que en todos los países del mundo (latinoamericano y subdesarrollado, no creo que en los países del primer mundo sea así) todos reniegan y consideran a la capital como un lugar indeseable para vivir y a sus habitantes unos apestados.  Así ocurre con los argentinos que desprecian a los que han hecho famosos a Argentina en el mundo: los porteños y el tango; los mexicanos desdeñan a los “chilangos” que son tanto los naturales de la capital o D.F. como los de otras partes del país que allí viven.  Una simpática anécdota me ocurrió con un señor de edad, chofer de Uber que me dijo era de Michoacán y se casó con una “chilanga” y allá se fue a vivir.  La familia de la esposa lo acogió con cariño pero su familia lo tuvo en una especie de lista negra durante muchos años porque se había convertido en un chilango.

Y con La Habana no podía ser menos.  En ello, aparte de la envidia, que afirmo que es el principal sentimiento que he conocido en México y en Argentina, a ello se suma algo real, y es que el desarrollo de Cuba estaba, no cosa única en este continente que no dejará jamás el subdesarrollo, casi exclusivamente en la capital.  Todavía ese sentimiento subsiste, pero formando parte de la doble moral que caracteriza al cubano de hoy.

Si vamos al estadio del Cerro, principal centro beisbolero del país y juega el equipo local (Industriales, el mejor, el más querido y el más odiado) contra otro de cualquier parte del país, las gradas se dividen entre los que apoyan a Industriales y los que provienen del interior, sobre todo de la parte oriental, los que odian a muerte al equipo capitalino, lo que da muestra de la gran cantidad de no capitalinos que viven en la capital.  Dicen que odian la capital, que es imposible vivir allí, que tiene un ritmo de vida insoportable, etc. etc. etc.  Pero La Habana está llena de personas que lo abandonan todo para irse a vivir, la mayor parte ilegalmente o en condiciones infrahumanas, hacia la capital.  De esas vivencias es que surge la canción “La Habana no aguanta más.” La Habana es mala, pero cómo será el desastre en el resto del país que todos quieren mudarse a ella.

  Para el régimen, esta era la imagen de la Cuba antes de la revolución.

La falsa industrialización y desarrollo del país

A partir de 1959 La Habana pierde su sitial y es personificada como el mal absoluto, una ciudad de vicios, drogas, prostitución y gangsters.

El falso puritanismo que suele animar los procesos revolucionarios y del cual Cuba no fue ajeno, cuando muchos de los que la dirigían nunca habían dado un golpe, o eran forajidos y bandidos rurales como el Comandante Crescencio Pérez, o un traficante de ganado robado como el General Lussón, pero eso no tenía importancia, ellos habían lavado sus pecados luchando por el triunfo revolucionario.

La Habana es considerada como una ciudad pecadora y a su atractivo, a su prestigio internacional y a su magnificencia, se le adjudica la culpa de la decadencia moral de Cuba, que diera origen a tener que hacer una revolución para cambiar todo lo malo que ella representaba.

No importaba su importancia económica, su exhuberancia arquitectónica, su protagonismo histórico y cultural, lo importante era destacar que su vida nocturna, cabarets, bares, casinos y sobre todo la prostitución (algo característico a todo conglomerado humano y en particular a los puertos y que toda la vida formó parte de la historia de toda latinoamérica y hasta del mundo) eran asuntos que aconsejaban demeritar la imagen de la ciudad.

A ello se sumó la delirante ideología del demente argentino (!mal rayo lo parta, cuáto daño hizo en nuestro país!) creando el internacionalismo y el despego a lo urbano, idealizando el campo y su acompañante necesario, el guerrillero rural.  De ahí que se tratara, incesantemente, durante muchos años, de borrar los atractivos urbanos y llevar a las personas, desde niños, y como parte de su trabajo, a hacer “trabajos voluntarios” a la agricultura, mediante jornadas agrícolas, huertos escolares, la Escuela al Campo, las Escuelas en el Campo, las Zafras del Pueblo y las innumerables movilizaciones a la agricultura, todas sin resultado productivo y mucho menos con influencia ideológica en las personas, todo lo contrario.

La Habana era incompatible con su concepto del hombre nuevo que debía surgir de las generaciones de guerrilleros que se formarían gracias a sus ideas y a su semejanza, como expuso en su inútil libelo sobre la teoría de la guerra de guerrillas.

Estas construcciones de baja calidad se repiten a lo largo y ancho de la Isla.

Y por ello se priorizaron construcciones, en su inmensa mayoría de edificios de microbrigadas, iguales en todo el país, a lo largo y ancho de Cuba y se desatendió completamente el mantenimiento y construcción en la capital, salvo un hecho propagandístico que fue el caso de Alamar, más como un símbolo que como otra cosa por lo ineficiente de sus servicios y la poca calidad de sus construcciones.

Igual ocurrió con la llamada industrialización, llevándose plantas fabriles a diferentes sitios de la geografía cubana, en la mayor parte de los casos con tecnología obsoleta de los países socialistas, que era más barato regalar que convertir en chatarra y que además mostraba la hermandad de los países del CAME.  Hoy en día son pocas las industrias que aún funcionan, y las que lo hacen es porque han sustituído su tecnología por sistemas procedentes de países capitalistas desarrollados.

Ya una vez mencioné la pérdida que representó para el país construir una planta gigantesca de envases de vidrio en la ciudad de Las Tunas, a mil kilómetros de los yacimientos de su principal materia prima y de sus principales consumidores, amén de los problemas derivados de la falta de cultura fabril en una provincia donde ante una fiesta o carnavales, no hay quien los lleve al trabajo. Primero el ron y después el deber.  

Hicieron cuatro edificios y cuatro fabriquitas para que la gente viera que La Habana había dejado de ser la prioridad, pero este fue solamente otro espejismo revolucionario.  No se desarrolló el interior del país y la capital se dejó destruir sistemáticamente.

A pesar de ello se mantuvo vigente el dicho: “Cuba es La Habana, y lo demás es paisaje”.


El deterioro de La Habana

Para los que conocimos La Habana de los años anteriores a 1959 y circulamos por cualquier parte de ella, nos asustamos con la agonía del paisaje urbano actual, donde hasta los autos son dignos sobrevivientes de esta debacle existencial.

Ningún municipio de la ciudad escapa a la destrucción y encontramos ruinas, edificios sin pintura desde hace años, repellos que se caen a pedazos, balcones en estado tan deplorable que pasar por debajo de ellos es jugarse la vida, alcantarillas rotas, contenedores de desperdicios desbordados, escombros, salideros de agua potable y de aguas albañales y una extrema suciedad ambiental.

Excepcionalmente encontramos algunas pocas calles y edificaciones que han sido reconstruidas gracias a su condición patrimonial, sobre todo sitios históricos en La Habana Vieja, o a expresos intereses turísticos, como son la Manzana de Gómez, ahora Manzana Kempinski; los hoteles Saratoga, Inglaterra y Telégrafo, y algunos otros como los edificios FOCSA y Someillán, y sin que se me olvide, hasta el propio Capitolio Nacional, todo un símbolo de Cuba, que por poco se derrumba.

Y de ello se salva en gran medida el otrora aristocrático y ahora más exclusivo Miramar, donde radican embajadas, firmas extranjeras y viven muchos extranjeros, ajenos a la cochambre que es la ciudad hoy.

También se han salvado algunas plazas, todas en función del turismo, pero el resto, la mayoría de las calles y aceras y parques, se encuentran en estado deplorable, con vertimiento de residuales, sucias, sin asiento ni áreas verdes cuidadas.

Solares habaneros

Y para agravar más la situación y estar a tono con lo que es de todos, proliferan en La Habana  la aparición de solares, ciudadelas o casas de vecindad.

Yo me crié en el barrio del Cerro, aristocrático en sus inicios y mayoritariamente de clase pobre a mediados del siglo XX, pues aún subsistían grandes palacetes de familias pudientes.  Pero en el Cerro existían unos cuantos solares, en algunos sitios numerosos.  Allí pude conocer los horrores del solar habanero,  las condiciones de vida de los habitantes de los solares, donde la insalubridad y el hacinamiento eran la regla.

Para ser objetivos, es cierto que en la capital cubana no hay niños que duerman en las calles, ni mendigos en el sentido clásico de la palabra. Pero ello no quita el hecho de que vivir en un solar no es, ni mucho menos, algo deseable.

Es evidente la proliferación de solares en La Habana, y seguramente por cada solar de los que existían en la época republicana, la cifra ha crecido exponencialmente y a eso le sumamos las casas de vecindad, que son viviendas grandes, subdivididas, convertidas en cuarterías y que hallamos por centenares en toda la ciudad.  Y todos ellos en condiciones peores que en los tiempos del capitalismo, donde por lo menos había agua y esperanzas de salir algún día de allí.  Hoy se considera feliz el que al menos tiene un pedazo donde vivir, aunque sea en ese ambiente.

Los antiguos palacetes que contaban con patios interiores, cocheras y aljibes, se convirtieron en cuarterías y solares, y a ellas fue a vivir una parte de la población más pobre de la ciudad, con servicios sanitarios insuficientes, los habitantes utilizaban pequeñas habitaciones, a veces sin puertas, que se fueron multiplicando con el tiempo. Casas del siglo XVIII o XIX y hasta principios del XX, fueron convertidas en albergue de  decenas de familias, multiplicándose el hacinamiento poblacional por la indiscriminada migración interna, creándose condiciones infrahumanas y de difícil convivencia, agudizando las indisciplinas sociales y la violencia. Sin contar con el alto riesgo de derrumbe es algo cotidiano, agravado por las construcciones de los propios moradores, en particular las llamadas “barbacoas”, para acoger a más gente en su limitado espacio.

Pero veamos algunos solares famosos, que yo recuerde.

Primero está el Solar del 20, a unos pocos pasos de mi casa, justo haciendo esquina en la calle Suzarte y Salvador. Las otras tres esquinas estaban ocupadas respectivamente por la bodella del gallego Antonio, el puesto de chinos del padre de mi amigo Ramón y la farmacia del Dr. Perales, el que hizo famoso a su esposa Mirta de Perales.

Por la calle Salvador este solar ocupaba toda la cuadra hasta dar por el fondo con lo que se conoce como “el Canal” lugar por donde pasan grandes tubos del acueducto de Albear y en cuyos alrededores proliferaban los solares, los sembradíos de mariguana y a ese lugar, al que me tenían prohibido ir, solamente entraban los del ambiente, casos como Orlando Contreras y Benny Moré, que se dicen iban allí a comprar la yerba.  Pero ni la policía entraba allí.

Ese solar tenía un patio central gigantesco donde había una mata de tamarindo, y en tiempo en que el árbol daba sus frutos, los que allí vivían se fajaban por cogerlos. Pocas veces entre allí, más por curiosidad que por otra cosa, a pesar de que allí vivían unos muchachos, los únicos blancos del solar, a los que le decían “los polacos”, dos varones y una hembra, muy blancos, casi colorados y de los cuales el mayor, que parecía una escultura de Charles Atlas por su musculatura a pesar de ser casi un niño, que era monaguillo de la parroquia del Cerro, se decía después que era el marido del cura, cosa que no dudo porque el curita era bien afeminado.

En más de una ocasión se formaban tremendas broncas en el solar, por cualquier razón: mujeres, bebida, juego, deudas, lo que fuera.  Yo vivía a tres puertas del solar, en una gran casa de madera de dimensiones espectaculares, con sala, comedor, tres cuartos, baño, un gran pasillo, un gigantesco patio y un tremendo portal abierto por tres lados.  Allí jugaba a menudo y una de las broncas trajo que uno de los habitantes del solar, limpiabotas por más señas, le lanzara un pomo de tinta rápida (tinta negra para zapatos) a otro con el que peleaba y al final el afectado fui yo y las paredes de mi casa.

También allí vivía un mulatico de cabeza desproporcionada que cuando me ponía a jugar bolas con mi hermano en la puerta de la casa, ya en la calle, venía y decía: “manigüiti un peo”, cogía las bolas que podía y se mandaba a correr.  Hasta un día en que salí a jugar bolas con mi bate de béisbol y cuando se acercó el cabezón le dí par de batazos por las piernas y otro por el lomo.  Ese fue el último día, hasta que me salió el bigote, que pude jugar en la calle, porque cuando el cabezón me robaba las bolas, nadie protestaba, pero cuando le dí unos trancazos para que no me siguiera agrediendo, entonces sí vinieron a quejarse.  Y aquellos negros no tenían mucho, o nada, que perder.

No los conocí de nombre o no los recuerdo, pero en la parte de El Cerro donde vivía había unos cuantos solares, entre los cuales estaba uno donde parece que era la sede de la comparsa  El Alacrán, y que ensayaba todo el año aunque no fuera época de carnaval. Yo comparaba aquello con las películas de moda entonces sobre los Mau-Mau en Africa.

Y estaban otros solares famosos de La Habana, como El solar de la California, el Solar del Reverbero, el Palo Cagao, y otros, y cuya fama se debía tanto a la música como a tragedias que en ellos habían ocurrido.

La California está situado a unos pasos del Malecón Habanero en la calle Crespo, en pleno barrio de Colón, el antiguo barrio de las putas más popular y que ahora es el barrio ideal o uno de los principales destinos para los inmigrantes de provincias orientales que llegan a La Habana y que se dedican a cualquier cosa, como  vender productos robados, proponer jineteras ( eufemismo para decir putas), hacer de pingueros, pedalear 12 horas en un bicitaxi o cualquier cosa legal o ilegal que les de dinero.

Ahora existe allí un paladar de igual nombre muy cercano al famoso “Solar de La California”, y que promociona que el solar era un lugar frecuentado por el legendario percusionista cubano Chano Pozo y en el que se reunía con algunos de los más destacados jóvenes talentos de la  música habanera de entonces, como Bola de Nieve o Dámaso Pérez Prado, para hacer descargas musicales que no tenían fin.  Ese espíritu de Chano Pozo aún se siente en la zona. Y cuando hablo de ello me refiero al espíritu de la guapería barata que le caracterizó y que le causó la muerte a la misma edad que Cristo.

En aquel solar y en muchos otros vivían músicos negros que lo mismo ejecutaban con excelencia un  piano clásico que tocaban un guaguancó en un cajón y por lo regular eran personas de excelente educación.  Y no es extraño también encontrar en ellos a músicos que a veces son mejores que los que descubrió Ry Cooder en el rescatado Buena Vista Social Club, que para mí no es más que música de primera ejecutada por músicos de segunda, o de tercera, que se han hecho famosos sin tener gran talento gracias a las mismas artes que han convertido a Shakira en una estrella mundial.

Y por supuesto el que visite la Habana de hoy, es inútil que vaya a buscar en Guillermo Cabrera Infante, ese gran cronista de la vida habanera antes de la revolución, una guía para conocerla, porque La Habana ahora es otra.

Cabrera Infante cuenta en “La Habana para un Infante Difunto” la vida de lo que era considerado el peor solar de La Habana, el situado Zulueta 408.  La moraleja que nos muestra es que casi todos sus amigos también vivían en solares y al igual que Guillermo fueron al instituto de segunda enseñanza, pudieron estudiar inglés por la noche, todo en escuelas gratuitas y se hicieron médicos, dentistas, y todo lo que fueron capaces de ser y quisieron.

También nos muestra la diferencia con los solares actuales si los comparamos.  Ella radica en que, el peor solar de la Cuba Republicana era un hotel de primera comparándolo a lo que se vive en un solar en la Cuba hoy.  Y como paradoja, dos de los más famosos paladares o restaurantes privados de La Habana, La Guarida y San Cristóbal,  a donde van todas las personalidades mundiales que visitan Cuba, incluyendo al presidente Obama, están rodeados de solares y casas destruidas o en fase de derrumbe, lo que acrecienta su encanto para los extranjeros que se sienten en un ambiente único porque seguramente no conciben que en la capital de un país pueda existir o coexistir con restaurantes de lujo, tantas ruinas juntas.

Y cada vez que hablo de solares, me acuerdo de Facebook, ese lugar donde la privacidad ha dejado de ser el elemento fundamental en la convivencia social.  Yo puedo haberme criado en el Canal, uno de los peores lugares de uno de los peores barrios de La Habana, crecí entre solares en los que la privacidad era un lujo, pero no por ello me siento nada cómodo en ese solar universal que es Facebook.  Creo que cada uno tiene la libertad de escoger qué ver y permitir lo que quiera que vean o sepan, pero ya lo de las redes sociales es para decirlo en cubano, una cochambre.  Y además muy peligrosa.

Un día en el solar

Y unas memorias me llevan a otras, en este caso “Un día en el Solar”.

Para hablar de el filme “Un día en Solar”, .la adaptación al lenguaje cinematográfico de lo que tan alabado fuera en los escenarios teatrales, el primer gran musical del cine cubano con  Sonia Calero, Tomás Morales, Asseneh Rodríguez, Alicia Bustamante, Litico Rodríguez, y los bailarines del Conjunto Experimental de Danza., hay que hablar primero de ese coreógrafo excepcional que fue Alberto Alonso.

Alberto Alonso debutó en 1933, bajo las órdenes de Yavorsky, en El azul Danubio, lo que lo convirtió en una figura masculina pionera del ballet cubano. Dos años después, acompaña a Alicia en Coppelia, y cuando se integra al Ballet Ruso de Montecarlo, se lanza en una carrera internacional que lo conduciría hasta los Estados Unidos, abriendo el camino que su hermano y su cuñada emprenderían poco después, exponiendo no sólo el nacimiento de un ballet influido por las esencias de Cuba, sino que lo extendió al musical y a la revista de comedias, hacia las cuales tuvo el respeto que se merecen esas expresiones, que no son menos elitistas, llevándolas también al cabaret y a la televisión y haciendo de todas ellas espectáculos de mérito.

  Alberto Alonso con Maya Plisetskaia en el montaje del ballet “Carmen”

Alberto Alonso es en la historia del ballet cubano, ese eslabón perdido entre lo excelso y la vida nocturna de una ciudad y nadie como él pudo captar el acento sensual, la voluntad rítmica y la cadencia propia del cuerpo cubano  sin caer en superficialidades según el gusto turístico que también se imponía en la época.

A inicios de los 50 en Montmartre se estrenaba El solar, con las actuaciones de Benny Moré, Olga Guillot, Candita Quintana, y música interpretada por la Orquesta Casino de la Playa.   

Pero el verdadero éxito vino con  esa mujer fascinante que es Sonia Calero, con la que Alberto comenzó la relación que los unió hasta el final y ese calor que siempre vivió ellos se materializó en las coreografías que él creó para ella, dueña de ese dúo de la escoba, de la cola de rumbera que manejaba como nadie cuando bailaba. La historia se ha encargado de calibrar el aporte de  Alberto Alonso a la danza en Cuba, que hasta pudo sacar algo bello de todo lo feo que hay en un solar.


La incomparable bailarina Sonia Calero.

Reparaciones generales….para mi bolsillo: la fórmula exquisita para la corrupción en Cuba.

Pero si hay algo que me llama la atención es que a diferencia de la lógica, en Cuba no se le da mantenimiento a nada y en un momento determinado se le da una reparación capital.  Recuerdo que en la era capitalista, los comercios, cines, edificios, casas, industrias, todas las construcciones eran objeto de reparaciones y mantenimiento sistemáticos.  Muchas veces caminaba por calles comerciales como Obispo, Galiano o Monte, en horarios tempranos en la mañana y veía gente pintando, cambiando una puerta o un marco, arreglando una cerradura, cambiando bombillos o en cualquier tarea necesaria, la que no se dejaba para luego. Esto garantizaba que nunca había que cerrar el negocio, salvo una contingencia grave.  Por otra parte recuerdo que un problema de chapistería en un auto, el automóvil se dejaba en el taller por la tarde y al día siguiente por la mañana estaba listo y pintado con igual color al resto del carro.

Sin embargo, en todos los lugares donde trabajé, sobre todo los más importantes, como el Ministerio de la Industria Básica, donde conocí muchas actividades, sobre todo minería e industria química y en el Instituto Cubano de Radio y Televisión, también conociendo todas sus actividades, era sistemático el proceder de cesar una actividad para reconstruirla totalmente.

Pero el quid de la cuestión, que se escapaba a mi razonamiento lógico, lo vine a conocer de manos del jefe de Inversiones de la Cadena de Tiendas Caracol, que trabajaba de similar forma, con la diferencia de contar con todos los recursos que se requirieran por su funcionamiento en divisas y en función del turismo extranjero.  

La razón está en que un mantenimiento sistemático o modernización, requiere igualmente un trabajo sistemático de atención y la asignación de una cantidad limitada de recursos.  En cambio una reparación general o modernización, tiene un financiamiento grueso, del cual se puede, en primera instancia desviar una buena cantidad para provecho personal, y por otra se pueden utilizar medios recuperados que también representan un ahorro que va al bolsillo del inversionista.  Entonces la simple explicación es que una remodelación total permite robar y el mantenimiento no.  Por eso dejaron a punto de derrumbe al emblemático Hotel Capri, para poder buscar una inversión jugosa en la que hay una gran jugada de corrupción.

Las ruinas habaneras que me impactaron

Decía Sir Winston Churchill: “El socialismo es la filosofía del fracaso, el credo a la ignorancia y la prédica a la envidia; su virtud inherente es la distribución igualitaria de la miseria.”

Y no hay duda de que eso es lo que ha ocurrido en Cuba, por eso no hay cubano que no tenga una experiencia personal con las ruinas y por eso voy a narrar algunas de las mías.

Sin duda alguna cuando hablo de destrucción y ruinas, lo primero que me viene a la mente son los cines.  Conocedor como gran cinéfilo, de la gran mayoría de los 358 cines habaneros (puedo asegurar que me quedaron solo unos pocos por conocer), no pude dejar de asombrarme, aunque ocurría como con alguien que siempre está a tu lado, que no te das cuenta si crece, engorda o se pone viejo, así mismo me pasó con el deterioro de los cines.  Primero fueron la falta de aire acondicionado o de los grandes ventiladores que en ellos existían.  Después la falla en los equipos de proyección o la mala calidad de lo que veíamos en pantalla (no del contenido de la película como tal sino de su oscuridad o falta de brillantez), después con asientos rotos, la desaparición de los pequeños puntos de venta de golosinas y refrescos y al final con el cierre de antes siempre concurridos cines o teatros.

Por supuesto que de ello no se salvaron ni las más modernas salas. Solo han sobrevivido unas pocas, casi todas relacionadas con un evento más político que cultural que es el Festival del Cine Latinoamericano que se celebra cada año.  Da tristeza ver en ruinas lo que un día fue el moderno y cómodo complejo Rex-Duplex, o mis cines preferidos de barrio, el Edison, el Principal o el Maravillas, y no escribo más sobre el tema porque tendría que abordar más de 300 casos y eso merece otro artículo.  Resumiendo, La Habana pasó de ser la ciudad del mundo con más cines a convertirse en un cementerio de cines.  

   Ruinas del elegante complejo cinematográfico Rex y Duplex.

Ante tanta habladuría de pasillo en mi lugar de trabajo, el centro de la Radio y la Televisión en Cuba, pude conocer y conseguir el documental “Habana, nuevo arte de hacer ruinas” de dos cineastas alemanes y que fuera premiado en varios festivales y que aborda el tema de habaneros que ante la falta de un lugar donde vivir, fijaron su residencia en una de las tantas ruinas existentes.  

En particular me llamó la atención el caso de aquellos que, como nosotros, han vivido medio siglo esperando la invasión de los yankis y la realización del sistema comunista como el nuevo paraíso terrenal, sin haberse realizado ninguno de ellos, y mientras tanto, han vivido entre ruinas de una ciudad que un día fue espectacular, entre ellos uno de los casos abordados en el documental que me impactó es el del ocupante del antes fastuoso teatro Campoamor.

Restaurante Río Cristal

De este sitio, cercano a donde vivía, el Reparto Fontanar, he escrito numerosas veces, y nunca pensé que la desidia pudiera destruir un lugar tan encantador, que merecía haber sido custodiado como ejemplo de algo hermoso que valía la pena hacer duradero.  

Aparte del entorno, con fuentes y castillos, también en estado de abandono y que fueron delicia de mis hijos cuando pequeños, el restaurante como tal, antiguo barracón de esclavos en 1790 para un ingenio azucarero y después claustro de monjas, contaba con vistas espectaculares al río y su pequeña cascada, un menú excelente y barato, y sobre todo un espectacular bar con azulejos pintados con motivos de Don Quijote de la Mancha, que por sí solo valían la pena conservar a cualquier costo.  

Ahora solo queda una piscina a donde va la gente a tomar cerveza y hacer mucho ruido, y de lo verdaderamente valioso, solo hay ruinas.  Sus rejas coloniales fueron robadas y milagrosamente aún existe una tarja de mármol que explica su historia en Español e Inglés:

Esta edificación fue construida como barracón de esclavos (…) de un central azucarero que aquí existía (…) Nuestra Señora del Carmen y posteriormente San Andrés a partir de 1854 [,] fue utilizado como convento de religiosas (…).

Por suerte pude disfrutarlo y guardar en mi memoria a ese hermoso lugar.  Y como dice el dicho: que me quiten lo bailado, porque yo lo supe aprovechar.

Capitolio Nacional.

Junto con el Castillo del Morro, es quizás el símbolo habanero más conocido internacionalmente.  El Morro y su fortaleza colindante, La Cabaña, tuvieron la suerte de ser dirigidos, por su carácter histórico relacionado con la defensa del país, por las Fuerzas Armadas, que rápidamente vislumbraron un nuevo papel para ellas: la obtención de divisas mediante la creación de atractivos turísticos en ellas.  Esta es la causa de que no hayan colapsado.

Mientras tanto el Capitolio, de cuyo tema he escrito algunos artículos, representaba todo lo odiado por la revolución: la república y la democracia, y como tal fue repudiada, abandonada, convertida en museo, remodelada para uso como oficinas burocráticas y casi completamente olvidada.  Por suerte el deterioro no fue total y el auge turístico obligó a restaurarlo, obra que duró varios años.

Pero durante muchos años, cada vez que pasaba por alguna de las partes del majestuoso edificio, veía orine, basura, y ese olor a humedad corrosiva.  Inclusive por razones de trabajo tuve que ir en varias ocasiones a la Academia de Ciencias de Cuba, cuyas oficinas radicaban en el Capitolio y ver también el ocaso de una obra impresionante. Vamos a ver si la nueva sede del Parlamento Cubano goza de la libertad de expresión que tuvo en su momento, aunque fuera con todos los defectos de las democracias latinoamericanas, pero que al menos dejan ver un destello de libertad y de criterio.

El Edificio Rosita de Hornedo y el teatro Blanquita

El que estuviera entre los mejores y más elegantes complejos habitacionales de La Habana, es hoy un amasijo   de ruinas altamente peligrosas.

El hotel residencial Rosita, y su gemelo, el edificio Riomar, ambos construidos en los años cincuenta, del siglo XX, en la esquina de Primera y Cero, en la Puntilla, en Miramar, era objeto del interés de los arquitectos y la admiración de los cubanos y extranjeros. Con la revolución se unieron con un solo nombre: Sierra Maestra.

El solo nombre lo dice todo, pues tiene relación también con el teatro Blanquita, llamado así en honor de Blanca Maruri, esposa de Alfredo Hornedo, senador de la República y director-fundador de los periódicos “El País” y “Excelsior” y con grandes intereses en  “El Crisol”, fue considerada una dama altruista, pero no pudo asistir a la inauguración del templo cultural: murió poco antes de la inauguración del coliseo, el 17 de mayo de 1948.

La inauguración del teatro “Blanquita”, en su momento el de mayor capacidad entre los coliseos teatrales del mundo, con su gran pista de patinaje en hielo sobre su escenario, marcó la vida cultural de La Habana. El “Anuario 1948, Suplemento de el diario “El País” señalaba que El “Blanquita”, con 6 600 lunetas, pista de patinaje y cafetería para doscientos clientes superaba en 500 asientos al “Radio City Hall”, de Nueva York.

Pero casado en segundas nupcias con Rosa Almanza, dio el nombre de ella al hotel residencial que, en 1955, construyó en la Avenida Primera de Miramar: el Rosita de Hornedo, un bellísimo edificio de once pisos con 172 apartamentos y dos pent houses.

Llama la atención que el teatro está situado tan cerca del mar como el edificio Sierra Maestra, y es incluso más viejo, sin embargo su estado de conservación es bueno .  La única explicación que tiene es que ese es el teatro empleado para actos políticos de primer nivel. Y uno de los edificios del Sierra Maestra es la sede de la Corporación CIMEX, antaño la compañía con gestión en divisas más poderosa de Cuba y que ahora está en un ocaso tras haber pasado a ser manejada por los militares. Algunos especialistas estatales alegan que la causa del deterioro es su ubicación tan cercana al mar, en una zona de gran agresividad corrosiva, lo que sería valido para el resto de las edificaciones en similares condiciones.

El Sierra Maestra, al igual que el FOCSA, tenía vecinos que se negaron a ser desalojados a cambio de otras viviendas, por lo que lo declararon como zona “congelada”, para impedirles permutar o traspasar sus bienes, mientras el deterioro del inmueble, por una falta de mantenimiento y abandono se fue destruyendo.

Algunos se cansaron de vivir en esas condiciones y otros terminaron marchándose del país, o murieron de viejos. Hasta que finalmente el complejo fue declarado inhabitable, por deterioro.

FOCSA y Alaska

Cuando trabajé en el ICRT coexistí con dos grandes desastres constructivos.

Primero, trabajé durante años en el apartamento 16-K del edificio FOCSA, el más alto de la Habana, el primero construído en el mundo solamente con hormigón armado y una de las siete maravillas de la arquitectura cubana.  Pues tenía solamente tres ascensores, dos que trabajaban cuando se les ocurría, si es que había electricidad, y otro que iba exclusiva y directamente al piso 28 donde estaba al restaurante La Torre.

Al trabajar en el piso 16 muchas veces o iba poco a poco subiendo los 16 pisos, o iba  hasta el piso 28 y bajaba o me la jugaba con los ascensores locos, que le costaron la vida a una persona.  Pero no era eso solamente.  En 1958 había estado en el edificio en varias ocasiones, en algunas de ellas al apartamento del músico Adolfo Guzmán.  Recuerdo los olores deliciosos en todos los pisos, los grandes espejos en el lobby central y el de los pisos.  Ya nada de eso existía, no había espejos, el sistema de recolección de basura se hacía a través de unos pasillos concebidos para la servidumbre y que a veces no eran recogidos los despojos en más de una semana.  Los pasillos y escaleras estaban faltos de luces y los salideros eran usuales. Recordemos que el agua en el edificio FOCSA es salobre, lo que acaba rápidamente con las instalaciones sanitarias.

Por suerte fue reparado años después mediante la inversión de unos israelíes y los pocos vecinos originales que allí vivían se negaron a marcharse a pesar de las tentadoras ofertas que les hicieron.  Supongo que allí sigan si están vivos, porque a una señora que conocí allí ahora se encuentra en Miami.

Unos cuantos años después trabajé en el Edificio Someillán, otra joya de la arquitectura cubana y reviví, aunque no tan críticamente, todo lo que había vivido en el edificio FOCSA.  Este fue otro de los inmuebles que también se salvó en tablitas y fue reparado.

Al fondo, a la derecha, el edificio Alaska.

El otro fue el Edificio Alaska.

El edificio Alaska, justo frente al ICRT y para ser más precisos, frente al famoso restaurante El Mandarín, era toda un orgullo del vedado.

El edificio Alaska contaba con cinco pisos y más de 50 apartamentos con cuatro o cinco habitaciones, aunque algunos de ellos se habían convertido en cuarterías.

Por su situación geográfica, frente al Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT), no es nada extraño entonces que en esa edificación, familiar para millones de cubanos, residieron renombradas figuras del mundo artístico como Rosita Fornés, el actor y locutor Álvaro de Insua, el actor Carlos Badías, las actrices Minín Bujones y Maritza Rosales, el director de televisión José Ramón Artigas y otras personalidades de la cultura cubana.

El edificio Alaska, muy vinculado al ulterior desarrollo de La Rampa habanera, fue construido en 1922 y aunque no era precisamente una obra perfecta pero su valor fundamental era que constituía una obra testimonial, ya que la historia de lo que sería La Rampa, comenzó con él, y era lo único que quedaba de la imagen antigua de la zona.

Ahora es un parqueo para los magnates del Partido.

Uno de mis compañeros de trabajo vivía en el Edificio Alaska, y muchas veces fui a su casa y al pasar los años se fue evidenciando su deterioro, que databa desde 1978,  al grado que sus vecinos que el edificio no se estaba cayendo a lascas sino a trozos. Todos los días se caía algo hasta que un piso colapsó, y el edificio fue parcialmente evacuado, enviando a algunos vecinos a La Habana del Este.  Después comenzó a construirse un edificio en Zapata y B, al lado de una famosa estación de policía y fueron evacuados todos los vecinos en 2003, 25 años después de que se alertara que había que repararlo,  y fue demolido el edificio, y sus terrenos empleados como parqueo para el Comité Provincial del Partido Comunista de La Habana, un destino utilísimo.

Por supuesto que mi compañero, ya jubilado se quejaba del desastre de edificio que habían construído para los que habían vivido muchos años en medio de un desastre.  Pero el cubano se ha conformado en vivir en un país donde nada, salvo la represión, es eficiente.

Ferrocarriles.

Una de las imágenes que se pueden ver en La Habana de hoy es la aparición de decenas de locomotoras.  Estas locomotoras son las existentes en el llamado Museo del Ferrocarril, antigua estación ferroviaria de Cristina, en Águila y Amistad, al fondo del Capitolio y que ante la vista de todos se deterioran, sin la protección de un techo contra las inclemencias del tiempo; sin engrase o anticorrosivos para las locomotoras del siglo XIX, las cuales, por sus condiciones museables, en otro país valdrían fortunas.

Lo real es que esto no es más que una iniciativa de alguien para ubicar algunas de las cientos de locomotoras que dejaron de funcionar cuando a Fidel Castro se le ocurrió acabar de un plumazo con la industria por la que era conocida Cuba en el mundo entero: la industria azucarera.

Quiere decir que se ha hecho ruinas no solo de nuestras construcciones, sino hasta de nuestra propia historia y tradiciones.

    Son miles los edificios habaneros que están en estas condiciones.

Otros casos

En la Víbora, cercana al Instituto de Segunda Enseñanza de la Víbora donde estudié, en Carmen, entre Cortina y Figueroa, en la Víbora, existía una majestuosa construcción que abarcaba una manzana, y que había sido una escuela, colegio de monjas y otras funciones, entre ellas allí estuve varios días en una de las locas movilizaciones que se le ocurrían a Fidel Castro con el invento de las Milicias de Tropas Territoriales que creó para contrarrestar la invasión que Ronald Reagan iba a realizar en Cuba y para lo cual movilizaba a cualquiera por el tiempo que se le ocurriera.  Ya en esos momentos el edificio estaba en crisis, después fue declarado inhabitable pero se llenó de gente que no tenían donde vivir y se derrumbó hace pocos años con algunas víctimas fatales.

Cuba fue privilegiada con la aparición de numerosas construcciones Art-Deco, y tal es así que se declara que en Cuba hay más muestras de esa tendencia arquitectónica que en Miami Beach.

Pues algunas de esas joyas arquitectónicas también han sufrido el embate del tiempo y el abandono, como fueron el Hospital Pediátrico del Vedado en 27 y G, que al final tuvo que ser demolido por los años en espera de ser reparado, la Escuela de Veterinaria, que la última vez que la ví tenía letreros que anunciaban peligro de derrumbe, y creo que es imposible relacionar miles y miles de lugares que los conocí flamantes y después en ruinas.

La Habana se esta cayendo.No hay dudas de que a pesar de los esfuerzos de restauración de las zonas más viejas de la ciudad acometidos por la Oficina del Historiador, con un fin quizás histórico, pero pienso que más con fines de lucro, a La Habana no le va a quedar otro remedio que el comentario que me hizo un amigo una vez: “a Cuba hay que situarle un ejército de bulldozers en el Cabo de San Antonio y llevarlos por todo el país hasta la Fosa de Bartlett, que se va a llenar con los desechos y hacerlo todo nuevo.:

La fosa submarina de Bartlett tiene 1600 metros de longitud y 7600 metros de profundidad, y si la llenamos, es que Cuba está llena de escombros y ruinas.  Pero mientras eso ocurra, hay que tener cuidado al caminar por las calles de La Habana, sobre todo si ha pasado un ciclón, o hasta cuando llueve.  Mejor ponerse un casco en la cabeza.

Nada, que escribir estas memorias me han hecho recordar al más grande humorista cubano, Guillermo Alvarez Guedes y su cuento que refleja que al cubano no le queda otro remedio que conformarse con lo que vive.

“A las siete de la mañana el inglés se levanta, va al refrigerador, abre el refrigerador, coge dos huevos, los hierve, se los come y va para el trabajo.  A las siete de la mañana un americano se levanta, va al refrigerador, abre el refrigerador, coge dos huevos, los fríe, se los come y va para el trabajo. A las siete de la mañana en Cuba, un cubano se levanta,  va al refrigerador, abre el refrigerador, se rasca los huevos, cierra el refrigerador y se va para el trabajo.”

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