Las matinés de los cines de barrio

Las matinés de los cines de barrio

En este mundo tan diferente en que vivimos ahora, donde todo cada vez es más virtual y menos tangible o material, nadie, salvo los viejos, conocen que era una matiné.

De varias décadas atrás data un chiste contado por el inigualable Guillermo Alvarez Guedes que nos hablaba sobre un hombre que había alquilado un teatro porque iba a hacer una función especial el sábado por la noche con la presencia de Frank Sinatra. Vendió todas las entradas y hasta hubo gente que se atrevió a ver la presentación de pie porque ya no había capacidades.

Al llegar la hora fijada para comenzar el espectáculo y no aparecer Sinatra, la gente se inquietó y comenzó a gritar porque se sentían estafados. El dueño del teatro le dijo al promotor que tenía que darle frente a aquello porque la gente estaba incontrolable y hasta podían darle candela al teatro. El hombre se paró en el escenario y contó:

Yo se que ustedes están molestos, pero lo cierto es que Sinatra no va a venir esta noche, es solo un truco que utilicé porque a mí la vida me ha golpeado muchísimo, mi esposa me dejó solo con tres hijos, mi perro se escapó y no ha regresado, me botaron del trabajo y no tengo dinero para pagar el alquiler y darle de comer a mis cuatro hijos, los que además están con sarampión y no tengo cómo comprar las medicinas, por eso tomé esta mala decisión y les pido me perdonen, estoy muy avergonzado.

Al ver al hombre con lágrimas en los ojos, uno de los espectadores se levantó y dijo:

  • “Vamos a perdonar al hombre, que bastantes desgracias tiene”… y a ello se le sumaron otras voces y todos comenzaron a retirarse, compadeciéndose.

Y justo en el momento en que salían del teatro, dijo el estafador:

¡Ah y recuerden que mañana hay matiné!…

Los más jóvenes es posible que no hayan entendido el chiste, pero la matiné en mis tiempos infantiles y juveniles era el momento más esperado de la semana, un suceso con mucha expectativa y para el que nos preparábamos desde el mismo momento en que se había terminado el espectáculo.

El cine Edison, en Calzada del Cerro y Zaragoza

El cine de barrio, un fantasma que nos persigue.

La aparición primero de equipos de reproducción analógicos y más tarde de soportes digitales, a las que se ha sumado ahora las transmisiones por Internet y el streaming, repercutió escalonadamente y con mucha fuerza propinándole a las salas de cine un golpe casi mortal.

A pesar de todos los avances tecnológicos el cine sigue siendo una industria muy floreciente y sus productos cuentan con grandes campañas de publicidad y que en su momento fue catalogado como el séptimo arte y sumado a las seis artes del mundo clásico (pintura, escultura, arquitectura, música, danza y literatura), pero ha sido mucho lo que ha llovido desde el cine mudo de los hermanos Lumière hasta el cine digital de nuestros tiempos.

IMAX, estás dentro del filme

Los cinematógrafos se han reinventado y existen muchas variantes para atraer a espectadores, como son el IMAX con películas en 4K o 3D y sonido Dolby Sorround, los cines restaurante o los cines dormitorio, los que exclusivamente están dedicados a las películas de estreno y en particular a aquellas en las que la industria ha hecho grandes inversiones. Unas salas cuentan con las tradicionales palomitas y los refrescos gaseados, mientras otras tienen auténticos restaurantes con una oferta muy amplia y bebidas de todo tipo, incluyendo vinos y bebidas alcohólicas. También hay cines con asientos tipo cama, con mandos con los que se puede reclinar a tu gusto el colchón, y hasta cines flotantes, las variantes son infinitas, porque hay que atraer a la gente, que saben que van a ver lo mismo que pueden hacer en su casa con toda la comodidad del mundo.

Y por lo regular, la mayoría ha ido o está yendo del rollo de película hacia el Disco Duro y su distribución ha pasado de física a virtual, mediante acceso a Internet o satelital, pero al final ya no se diferencian mucho de los equipos y sistemas que tenemos en casa y sin duda alguna Netflix y otros servicios digitales son más cómodos, eficientes y baratos.

Es por ello que se ha producido un fenómeno mundial, la desaparición de los cines de barrio, y en el caso de Cuba, en específico en La Habana, que llegó a ser la ciudad donde más cines había, tiene una connotación muy triste pero que hubiera sido inevitable con revolución o sin ella. Y junto con las salas de cine se fueron las matinés, o más bien las que quedaban porque con la nacionalización de los cines, este espectáculo fue feneciendo, como casi todo lo agradable.

La Matiné

La palabra es de origen francés, “matinée”, y viene de “matin” (mañana) y a su vez del latín “matinum”, por lo que debía referirse a una función cinematográfica, teatral o musical o un acto social o cultural que se celebra por la mañana. Se emplea en algunos países para referirse a la primera función que en pocas ocasiones es en la mañana y normalmente se usa para funciones al mediodía o en las primeras horas de la tarde.

Y en Cuba la matiné era ese momento de la semana en que los muchachos íbamos al cine para saber el desenlace de las series con las que no habíamos enganchado y que siempre terminaban en un clímax donde “el muchacho” estaba a punto de ser devorado por un pulpo gigante u otro monstruo, lo iban a colgar de un árbol o estaba gravemente herido o a punto de ahogarse, pero siempre salía ileso de ese reto y el otro capítulo terminaba en algo parecido para que no nos perdiéramos la próxima matiné y tuviéramos toda una semana para elucubrar qué pasaría.

Si nos preguntaran cuántas horas hemos pasado cuando niños en las matinés del cine de barrio, probablemente ninguno sería capaz de responder, pero de lo que si no hay duda es de que estuvieron entre los momentos más felices de nuestra niñez.

Las matinés tenían una estructura muy parecida en todos los cines que la proyectaban. Había que soportar primero los anuncios de los negocios del barrio: la pollería, el fumigador, el almacén de chinos, la panadería y dulcería, la ferretería, la lavandería, la farmacia y muchos otros. Después seguían los avances de las películas que serían proyectadas próximamente y por supuesto de los capítulos siguientes de las series, para que no nos las perdiéramos. Le seguía un muñequito o dibujo animado que era repetido cada pocas semanas, pero que disfrutamos igualmente.

El escándalo de la matiné

No recuerdo haber ido a una matiné donde el cine no estuviera a lleno completo. A algunos niños los padres los acompañaban, pero la mayoría íbamos en grupos o solos, con los amiguitos del barrio o los de la escuela, pues en ese círculo se comentaba lo que iban a presentar en la matiné.

La mayoría disfrutaba mucho las hazañas del cara cuadrada de Dick Tracy, el mejor detective del mundo y las series fantásticas como las de Buck Rogers con sus cohetes que parecían globos y sus correrías en el siglo XXV o las de Flash Gordon, siempre en crisis pero siempre victorioso frente al emperador Ming, y las atrayentes naves que echaban chispas parecidas a un poste de electricidad en cortocircuito, los hombres con alas y el científico con nombre ruso, el Dr. Zarkov. Como a todos los niños les gustan los perros, nos deleitamos con Rin Tin Tin, que sigo pensando que actuaba mejor y era más inteligente que los actores de la serie. Y no nos dábamos cuenta de que Buster Crabbe era el mismo que interpretaba tres de los personajes más populares de las series, Tarzán, Flash Gordon y Buck Rogers. Debe ser porque nos era más atrayente el malvado Ming en las aventuras de Flash y sus amigos en el planeta Mongo (había que ser mongo o mongólico para creerse esa historia).

De los seriales más abundantes, los del oeste, ni hablar porque aquellos personajes me parecían ridículos, era gente que se peleaba con otros cowboys o con indios, se arrastraban por el suelo, caían del caballo, le clavaban una fecha, lo mordía una serpiente de cascabel y le daban un tiro por cuyo orificio no sangraban y nunca se despeinaban, se ensuciaban o se les caía el sombrero. A ello súmale una guitarrita con canciones ridículas, algo verdaderamente picudo, pero en verdad a los muchachos les gustaba aquello mientras yo odiaba a Hoppalong Cassidy y en particular a Roy Rogers. Y otras series que eran del agrado de todos, pero a mi ya me tenía cansado como era El Zorro, lo que me hacía preferir a los viejos cowboys como Tim McCoy o Tom Mix y no importaba que algunas de sus películas fueran silentes, usaban unos sombreros ridículos que parecían un barquillo de helado y tampoco se ensuciaran, pero al menos no cantaban ni cogian la guitarrita. Ni tampoco me afectaba porque en The Tim McCoy Show, el programa de televisión para niños, tuviera como compañero a Iron Eyes Cody (ojos de hierro), que hacía el papel de un jefe indio americano y era descendiente de italianos (su padre del sur de Italia, su madre siciliana y nació en Louisiana), pero parecía un Cherokee, como él aseguraba y estaba convencido que era, sufriendo un tipo de ilusión como la de Bela Lugosi, que se creía un vampiro y dormía en un ataúd.

Después cuando el cine se hizo más adulto (siempre saco el ejemplo de Unforgiven de Clint Eastwood) vimos que los cowboys no se bañaban, eran unos cochinos, vivían como unos salvajes y su muerte a menudo era muy cruel. Y ya que entré en el tema, los cowboys o vaqueros tuvieron su origen en México y en el territorio que la Unión le arrebatara a ese país y entre ellos había blancos, mexicanos, indios nativos y negros. Y el cowboy negro, hasta hace poco tiempo, Hollywood siempre lo ocultó. El western o películas del oeste, se define por el WASP (blanco, anglosajón, protestante) sobre todo por el arquetipo creado por John Wayne y la propaganda de los cigarros Marlboro, como un tipo noble excepto con los indios, que todos eran unos asesinos cazadores de cueros cabelludos y les gustaba raptar mujeres blancas. Pero la reallidad es que estudios muy interesantes nos dicen que más de un tercio de los vaqueros o cowboys de mediados del siglo XIX, cuando la explotación ganadera estaba en su máximo esplendor, eran negros o como se dice ahora, afroamericanos. Ese tipo de cosas, que abarcaron toda la vida norteamericana hasta hace poco menos de cincuenta años, y que mantienen una vigencia silenciosa, son de las que no les podemos perdonar a Hollywood.

Pero uno se divertía mucho sobre todo cuando el cine casi explotaba por los gritos al aparecer el “muchacho”, el personaje principal, con el que compartimos, como si fuésemos él mismo, sus victorias y derrotas y su alegría o tristeza, pero sobre cómo nos estremecíamos cuando estaba en peligro.

En ese momento cuando el “muchacho” estaba en una situación crítica, límite o comprometida, aunque sabíamos por experiencia que iba a salir de ella y no iba a pasar nada, nos angustiamos, aunque sin duda iba a aparecer una salvación inesperada. No importaba que lo hubieran golpeado casi hasta matarlo, aunque no sangrara, lo amarraran con cadenas dentro de un tanque que se iba llenando rápidamente de agua o salieran de repente tiburones, caimanes o pulpos gigantes en el mismo, estuvieran a punto de partirlo en dos con una sierra gigante, indefenso amarrado a la línea del tren o a punto de caerse de un alto acantilado agarrado a un arbusto con una mano herida porque la otra la tenía inutilizada, siempre salía del apuro y en ese momento brincábamos de gusto y felicidad y solo esperábamos que llegara la justicia y los malos obtuvieran su merecido, algo que vimos al hacernos mayores que en la vida real no ocurre casi nunca.

Pero había otro momento que esperábamos ansiosamente, que el rollo de la película se partiera o rompiera, aparecieran unas manchas en la pantalla y se encendieran las luces, para aprovechar y gritar a todo pulmón: “¡cojo suelta la botella!” y chiflar hasta el cansancio. Hasta nos molestábamos cuando apagaban nuevamente la luz y el proyector continuaba su labor.

Y al final volvíamos a la realidad cuando, a la usanza de la época, aparecía en la pantalla “Fin” o “The End”, mientras que nos íbamos con la convicción de que todo lo que habíamos visto era real, no había trucos, dobles ni balas o explosiones fingidas o de utilería, ni efectos especiales, y los actores eran unos verdaderos héroes por hacer lo que hacían, de ahí que fueran tan famosos y sobre todo tan respetados.

Y algo que no he dicho: la matiné era el momento para demostrar que los más grandes o mayores en edad, ya éramos unos hombres y llegábamos al cine con dos cigarritos y los prendíamos y echábamos más humo que una locomotora de vapor, para que todos vieran que habíamos llegado a donde el resto no, mientras en la pantalla las películas, algunas todavía en color sepia o verde, como las de tarzán, de cowboys y otras, ya empezaban a interesarnos menos y sin saberlo, buscábamos otras emociones.

La película de la matiné

Seguramente de adultos hemos disfrutado de buenas películas, por su actuación, su argumento, su fotografía, su música, los efectos sonoros o visuales, la edición y todo lo que se relaciona con esta industria artística, pero seguramente que nunca nos hemos deleitado de la forma, ingenua tal vez, que lo hicimos cuando niños en las matinés del cine de barrio.

Normalmente las películas de la matiné eran de acción, de guerra, de cowboys, algo atrayente para los muchachos, que siempre nos íbamos complacidos de lo que habíamos visto, pero sin embargo había otras matinés que no nos gustaban para nada.

El teatro Maravillas

Una matiné que no me gustaba

Cuando a mi madre o a mi tía o a ambas se les ocurría ir a la matiné del cine Maravillas, entonces se me desgraciaba el domingo.

El Maravillas, del que me gustaba el restaurante que tenía a un lado y sobre todo el puesto de fritas y el de ostiones, no era un cine al que yo concurriera mucho, en realidad no iba nunca porque se especializaba en películas mexicanas, argentinas y españolas. Después, ya mayor pude apreciar que esas cinematografías también tienen muy buenas producciones, pero entonces no las valoraba, es más, las despreciaba..

Pero el Maravillas, que también me gustaba porque situado en la misma esquina de Palatino y Calzada del Cerro, nos obligaba a pasar por un lugar frente a él donde se jugaba algo parecido a los bolos y el sitio estaba siempre repleto de españoles viejos. Nunca pude saber cómo se llamaba ese juego, pero eran unas pesadas pelotas como de piedra que pretendían tumbar a unos bolos más rudimentarios de madera que se veían bien pesados. Luego conocí que hay muchas variantes de juegos de bolos en España (burgaleses, murcianos, navarros, alaveses, leoneses, cartageneros, pallareses) y que se juegan en tres grandes modalidades: Bolo Palma, propio de Asturias y Cantabria, Bolo Leonés, propio de Castilla y León y el Bolo Asturiano, exclusivo de Asturias. Pero me inclino a pensar, que el que se jugaba frente al Maravillas era el juego llamado Bolos de Cantabria, propia del norte y noroeste de España (Galicia, Asturias, Cantabria y de los centros de emigrantes de estas comunidades en América).

El juego de bolos me entretenía muchísimo pero el objetivo era ir al cine así que no pude disfrutarlo hasta ser mayor. Y el otro asunto que me gustaba del Maravillas es que estaba a pocos pasos de la dulcería La Flor del Cerro, donde había una cantidad y variedad tal de dulces que de solo pensar en ello se me hace la boca agua.

Al final tenía un rechazo total para ir a la matiné del Maravillas que era exclusivamente con películas en español, casi siempre de amor y dramas y además había funciones en vivo de artistas conocidos como Olga y Tony y Manolo Fernández, no me olvido del día que proyectaron una película musical española cuyo nombre no recuerdo y que dio cuerda para hablar de ella semanas enteras. A mi me gustaba escuchar a Juan Legido con los Churumbeles, pero las películas no las resistía.

Al final mis intereses estaban en otra onda, aquello me caía como una bomba y no dejaba de pensar lo que me estaba perdiendo en el Edison.

El cine de Bejucal.

Nada se parece más a un cine de barrio que el cine de un pueblo, con la diferencia de que la importancia de los cines de pueblo son, junto con la sociedad o el liceo y la iglesia, las mayores atracciones de su vida social.

De Bejucal, donde nací, nos mudamos a La Habana cuando yo tenía tres años, pero no dejaba de ir algunos fines de semana a ver a mis tías. Recuerdo que se tomaba la ruta 36 que iba directo a Bejucal o se iba en la 76 hasta Santiago de las Vegas y allí se cogía otra para Bejucal u otra que iba hasta La Salud. Soñaba con los dulces de Los Pinos Nuevos donde trabajaba mi tía o simplemente me conformaba con el arroz más rico del mundo, el que hacía mi tía Yoya en una cazuela de hierro y que quedaba desgranado y con una raspa tan deliciosa que no la he comido igual.

Y a menudo con mis primos, iba al cine de Bejucal a la matiné y aquello es algo inolvidable. Y para mis primos el cine de Bejucal era como el ombligo del mundo, lo más importante que había para poder socializar y aprender.

El cine de Bejucal estaba a un costado de la Iglesia, casi frente al mesón del Gallo, se llamaba Martí y tenía una curiosidad: uno compraba la entrada y había que esperar pacientemente a que abrieran las puertas del cine. Cuando ello ocurría, aquello era sálvese quien pueda, entraban todos a tropel a ver si lograban alcanzar el puesto que les gustara y si no a conformarse con el asiento que hubiera disponible.

Por supuesto que el cine se llenaba y tras ello venían tres personas, cada una por los tres cuerpos de lunetas, recogiendo los tickets de la entrada. Resulta que había muchachos que se habían colado sin pagar y se ponían a correr y a esconderse bajo los asientos o hasta en el baño. Supongo que cogerían a algunos y siempre habría quien era capaz de eludir ese control tan ineficaz. ¡Tan fácil que es organizar la entrada por una sola puerta y recoger ahí los tickets!.

No dudo de la valentía de Audie Murphy, pero las balas no rebotan en los cuerpos, por eso Regreso del infierno es uno de los mayores “paquetes” que he visto

Pero eso era parte del show y la gente estaba encantada con esa persecución al estilo de una película de nazis. Y hablando de ello en una ocasión vi en el Martí una película de guerra con la que los muchachos nos volvimos locos. Se llama “To Hell and Back” o Regreso del Infierno de 1955 y que es una especie de biografía de Audie Murphy, un tipo bajito que parecía insignificante y fue el soldado norteamericano más condecorado en la Segunda Guerra Mundial, con 33 distinciones, todas las posibles a otorgar incluyendo la Medalla de Honor, el máximo galardón de Estados Unidos y también fue reconocido por Francia y Bélgica por su heroísmo. Después de la guerra se hizo actor y esta película es una especie de biografía suya. He vuelto a ver Regreso del Infierno y me sigue pareciendo un buen filme pero creo que exagera, algo propio de la época, donde la efervescencia del triunfo sobre el nazismo necesitaba reverdecer a tenor de la Guerra Fría, el heroísmo, no puesto en duda en ningún momento, pero tratado de forma que le puede parecer convincente a un grupo de niños, pero no a personas maduras, que pueden valorarlo como un “paquetón”.

Al margen de todo, ¡quién fuera niño otra vez, pero en esos tiempos!. Realmente no me veo esclavizado por la tecnología, a pesar de todo lo bueno que nos trae, pero que se usa muy poco.

Y por supuesto debo dar una evaluación de los cines de mi barrio. La mejor matiné: la del Edison; la más ruidosa: la del México y la indeseable: la del Maravillas.

Pero esto no se acaba aquí, el cine siempre trae muchas memorias.

El Maravillas: el más bonito y grande, pero era el indeseable.

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