La memoria como una tromba: Federico Britos

La memoria como una tromba: Federico Britos

Hay cosas que nos impactaron tan fuertemente que siempre quedan en un rinconcito de la memoria y solo hace falta una chispa que las traiga de regreso en forma de huracán. Eso me ocurrió en días recientes.

En mis años juveniles, sobre todo a principios de los convulsos años sesenta, ya hacía tiempo que había descubierto la fuerza de la música norteamericana, pero a ello se sumó algo que nunca pasa de moda: el jazz. Entre mis favoritos, dejando a un lado mis ídolos del rock and roll, aparecieron unos gigantes llamados Frank Sinatra, Nat King Cole y Ella Fitzgerald, que dieron entrada a muchos otros entre los que no puedo dejar de mencionar a Art Tatum, Oscar Peterson, Count Basie y Billie Holiday.

Después descubrí que esa música era tan universal como la clásica y sentí muy de cerca el bossa nova y el jazz que hacían los artistas nacionales.

Fue así que me hice asiduo, cada vez que podía y aún sin poder, de lugares como el club Scheherezada y La Zorra y el Cuervo en el Vedado.

Paralelamente comenzó la prohibición por el gobierno revolucionario, de la música norteamericana en general, en particular el rock and roll y todo lo que oliera a norteamericano, así que como lo prohibido siempre es más atractivo, aumenté mi círculo y me hice usuario asiduo del conocido club Olokú en Calzada y E en el Vedado, donde el rock era la única música que se tocaba, una especie oasis en el medio de aquel limitado espacio para los amantes de esta música, que alimentábamos con emisoras norteamericanas de onda media de gran potencia, y que hacía que el sitio se llenase a más no poder, como sardinas en lata íbamos allí los jóvenes de entonces, y a su vez frecuenté varios pequeños clubes del Vedado donde los jazzistas hacían sus descargas imitando los famosos “jam sessions” norteamericanas y las “descargas” creadas por Cachao.

Pero sobre todo me atraía el virtuosismo de un grupo llamado “Los Amigos”, integrado por estrellas de la música como el pianista Frank Emilio Flyn, el percusionista Guillermo Barreto, Orlando Cachaito López en el bajo, Jesús O’Farrill como flautista, Tata Güines en las tumbadoras y Federico Britos en el violín, entre otros. Este grupo Los Amigos también se llamó Quinteto Instrumental de Música Moderna o Tumbao All-Stars y otros y en él indistintamente participaron Richard Egües en la flauta, Chucho Valdés en el piano, Orlando Lopez (Cachaito) en el contrabajo, Miguel O’Farrill en la flauta, Eduardo López en las pailas y Pedro Arioza en el güiro, Carlitos del Puerto en la guitarra, Maraca en la flauta y Changuito en la percusión, entre otros, toda una constelación de grandes estrellas.

Recuerdo que tenía varios long playing de este grupo y todavía no se como no se fundieron de tanto escucharlos.

Si me preguntan ahora cual de sus interpretaciones me gustó más, no tengo dudas en responder al instante: “Llora tus tristezas”, un bossa nova de Oscar Castro-Neves, una de esas canciones que retumban en tu mente y que salen a flote en los momentos más inesperados y de las que recuerdas cada uno de sus acordes sin esforzarte lo más mínimo, de esas que se convierten en un himno personal. Después otro de mis favoritos, Felipe Dulzaides, haría otra magnífica interpretación, pero el violín de Britos, que lloraba sus tristezas, no lo ha superado nadie en ninguna otra versión.

Sobre el tema del bossa nova, toda una autoridad musical, el guitarrista y compositor Pat Metheny, un ícono de la guitarra, mencionó que “la música popular brasileña puede haber sido la última del mundo en tener una armonía sofisticada”.

“Chora tua tristeza” tiene muchas interpretaciones magistrales como son las de Luiz Bonfá, Caetano Veloso, Gal Costa, Carlos Lyra, Walter Wanderley, Roberto Menescal y muchísimos otros. Castro Neves fue guitarrista, compositor y arreglista de la agrupación de Sergio Mendes y uno de los fundadores del bossa nova.

Y las casualidades me trajeron, no de vuelta porque a cada rato lo escuchaba, pero sí a conocerlo personalmente: a Federico Britos.

Pasaron los años y ahora disfrutaría del disco que Britos grabó con Bebo Valdés, donde dan una nueva vida al clásico de Ernesto Lecuona “Noche Azul”, y también conocería de la mágica interpretación del violinista en el disco de Diego El Cigala donde interpreta esa pieza que me impactara cuando la oí por primera vez por Panchito Riset y después por Xiomara Alfaro y por Pacho Alonso, me refiero a “Niebla del Riachuelo”, ese tango de Enrique Cadícamo y Juan Carlos Cobián que con la combinación Cigala-Britos lleva el sentimiento a su más alto nivel: “niebla del riachuelo amarrado al recuerdo yo vivo esperando…”.

También en Estados Unidos supe de sus numerosas actuaciones y grabaciones con Cachao, entre ellas el disco “Voyage”, donde es acompañado por el famoso bajista cubano, con Bucky Pizzarelli y Tomatito en la guitarra, Michael Camilo y Antonio Adolfo en el piano y Giovanni Hidalgo en la conga. De ese disco prefiero sobre todos los otros su versión de “Moonglow”.

Ya antes habia escuchado en la estación 88.9 FM de Miami, una emisora dedicada al jazz y a la buena música, una melodía trabajada con violín y guitarra y al final el locutor describe que se ha escuchado a Federico Britos en “Una lágrimas cae en el río”, que me dejó tan impactado que logre conseguirla en Amazon.

No es usual ver que un violinista, nacido en Sudamérica, adepto a tocar música clásica se dedique al jazz, haciendo hecho arreglos para superestrellas como Duke Ellington, Astor Piazzola, y a los ya mencionados Bebo y Cachao, con una carrera de más de medio siglo. Compuso música para películas, baile, sinfónicas y ballet y en su largo actuar paseo escenarios de todo el mundo. Todo un paralelismo con su amigo Cachao, con el que compartió el amor por la música clásica y el jazz.

Un momento recordado es cuando fue invitado especial del violinista Federico Britos en su álbum de danzones “Elegante” contó con la participación de Cachao y de otro del clan Valdés: Alfredo (Pupo) Jr.

Acompañó también a Cachao en sus últimas grabaciones junto al timbalero Orestes Vilató, el pianista Alfredo Valdés Jr., el trombonista Jimmy Bosch, el sonero Lázaro Galarraga, los trompetistas Alfredo (Chocolate) Armenteros, el tresero Nelson González, y los saxofonistas Tata Palau y el colombiano Justo Almario. No olvido el disco “Cuba Linda” de Cachao, en particular la pieza “Redención” donde el violín de Federico destaca por sobre todos los demás instrumentos junto con el piano de Alfredito Valdés Jr.y donde en las congas está Andy García y un piquete de primera. En ese disco también aparece una nueva versión de “Yenyere Gumá”.

Eso sin hablar de su amistad con Cachao y sus conversaciones frecuentes al vivir muy cerca ambos en Miami y sobre el cual tenía una opinión incomparable.

El encuentro

Lo curioso fue el encuentro, por llamarlo de alguna forma porque él no me conocía en lo absoluto.

Nos gusta ir a comer al Fish House de la calle 56 (Miller Drive) del sudoeste de Miami (nada que ver con el restaurante de igual nombre en Bonita Beach y que se queda muy por debajo en calidad). En el Fish House de Miami la comida es excelente y aunque el local cuenta con dos salones, en uno de los cuales por lo regular hay música en vivo, excepto en una ocasión, siempre nos ubicaban en el salón alejado de la presentación musical porque corrientemente ese estaba lleno, pero esta vez nos tocó estar cerca de donde actuaban los músicos.

Subieron al escenario dos personas, ya mayores como nosotros, uno con una guitarra y otro con un violín blanco.

Comenzaron con “Moonglow”, una de mis piezas favoritas, a la que siguieron temas cubanos como “El Manisero” y “Lágrimas Negras” y un bossa nova cuyo título no recuerdo.

El quejido lastimoso del violín no me era ajeno. Mientras tanto una cliente llevaba a su hija de siete u ocho años, que aparentemente era estudiante de violín, a retratarse con el músico, mientras en mi cerebro solamente aparecía un nombre: Federico Britos.

Vino el receso de los músicos, terminamos la comida y al salir al parqueo, me acerqué a los artistas que estaban sentados descansando en su intermedio y les expliqué que me habían traído recuerdos de alguien a quien iba a ver a menudo cuando joven, más de medio siglo atrás, en los clubes del Vedado y al que admiraba mucho, el violinista Federico Britos.

  • Soy yo, – me respondió.

Ahí, en ese momento, surgieron como una tromba, recuerdos, supongo que de ambas partes, de los clubes habaneros, de Frank Emilio y en ese momento supe que Federico fue a La Habana por un corto tiempo y allí se quedó se casó, nacieron sus hijos e hizo buena parte de su carrera, de la que destacó su actuar con el grupo Los Amigos y con el cantautor José Antonio Mendez.

Su acompañante también era un personaje conocido, el guitarrista Ahmed Barroso, y supimos de su trabajo con Felipe Dulzaides, ese grande de la música cubana, al que pude conocer no sólo por su música, sino porque junto con mi padre padeció prisión en una circular del Presidio Modelo en Isla de Pinos también por causas políticas.

Ahí surgieron los nombres de Doris de la Torre, impresionante cantante, con Los Armónicos de Felipe Dulzaides, de Armandito Romey y las actuaciones en el Cabaret Copa del Habana Riviera.

Demasiadas emociones para una breve conexión de unos minutos, pero así es la memoria, una devoradora de sentimientos. No por casualidad, Felipe Dulzaides tituló a uno de sus exitosos álbumes como “Recordar es vivir”.

Y seguramente Federico Britos, músico reconocido y ganador de varios premios Grammy, no olvida la experiencia que adquirió en Cuba en los años en que trabajó con la Orquesta Sinfónica Nacional, ni el haber compartido con tantos grandes, en particular Frank Emilio, José Antonio Méndez, Bebo Valdés y sobre todo con Cachao.

No puedo menos que recordar la entrevista de Camilo Egaña en CNN a Federico en 2018, donde precisó que había realizado un viaje de sesenta y dos años (en esos momentos) con un violín entre las manos, toda una vida con una larga y muy reconocida trayectoria en la música clásica, el jazz y la música popular. Una versatilidad y creatividad que ha desbordado las fronteras de la música.

Todo un privilegio haberlo conocido, a pesar del tiempo y la distancia.

Resumen

En resumen, hay cosas que le traen a uno recuerdos muy agradables cuando menos se lo piensa y éste ha sido uno de ellos. Cuando vi que dos hombres mayores, contemporáneos míos y que estaban sentados en una mesa cercana a la nuestra, se subieron al podio, uno sacó de su estuche una guitarra y otro un violín, blanco por cierto, no tenía la certeza, pero los primeros compases me llevaron a sesenta años atrás…

Ahí aparecieron Oloku y el remedo de rock and roll que era lo permitido, aglomeraciones, montañas de humo y de gente para escuchar a Los Astros de Raúl Gómez, unos traductores de la música prohibida porque era norteamericana, pero con más fuerza me llevaron a buscar algo diferente, cuando un día entré al Scheherazada. La Roca o en el club La Zorra y el Cuervo, todo cambió. Grandes leyendas del jazz, que todavía siguen vigentes entre los jóvenes jazzistas de la Isla, me llevaron a un mundo sonoro nuevo: Frank Emilio y otros músicos apasionados con el jazz, entre ellos Federico Britos crearon esa magia. Britos paralelamente a la orquesta sinfónica, había acompañado en muchas ocasiones a José Antonio Méndez en su escondite del Hotel Saint John’s, mientras que el cantautor decía que sus canciones sonaban “diferentes” con el violín del uruguayo.

Mucho tiempo después conocí que de su amistad con Cachao, Federico había sabido que en Cuba se comía abundantemente como un plato popular, el tasajo uruguayo, acompañado con boniato y que Britos comió por primera vez en la Bodeguita del Medio, que habia sido contratado en Cuba para tocar con las Orquestas de la Opera y Ballet como Concertino y en la Sinfónica Nacional. fue por quince dias y se enamoro de la isla y de una cubana, se casó y tuvo hijos y como muchos cubanos, terminó en Miami. Probablemente Federico se sienta tan uruguayo como cubano.

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