Informe contra mí mismo

 

Informe contra mí mismo

“Cómo se llaman, cómo se llamaban

los que ardieron allí gloriosamente

a través de la niebla de esta vida

hasta dejar en la pared helada

tan solo el hueso limpio de su ida

bajo la ciega luz indiferente.”

Eliseo Diego
Acabo de ver el filme “Esther en alguna parte” y enseguida recuerdo al escritor de la obra que da lugar a esta película: Eliseo Alberto Diego, del que desgraciadamente, solo conocía como un gran escritor de guiones para cine.

Eliseo Alberto, más conocido por “Lichi”, vivió más de 20 años en México, exiliado a pesar de que su padre era uno de los hombres, siendo profundamente religioso, de los más respetados por el gobierno de Fidel Castro.

Esther en alguna parte es una obra genial, pero uno sus libros más resonados, que desgraciadamente en Cuba no se conoce (imposible que se conociera)  fue “Informe contra mí mismo”, de 1978, en donde narra cómo la seguridad del Estado cubano le pidió que espiara e hiciera un informe contra su propia familia.  Pero ese es el centro de este artículo, así que es mejor conocer quién fue Lichi y cuales son sus orígenes.

Una familia de intelectuales respetados.

Eliseo Alberto de Diego García Marruz es descendiente de una familia pródiga en intelectuales. Hijo del gran poeta cubano Eliseo Diego y  de Bella García Marruz.

Bella formó parte del grupo de editores de la revista Clavileño y es considerada integrante del grupo Orígenes, a pesar de no ser escritora, pero tuvo una estrecha relación con toda la historia de este grupo y su revista, y también por haberse desempeñado en el mundo de la creación, junto con su hermana Fina, su esposo Eliseo Diego, Cintio Vitier y otros amigos.

En esta familia hay personalidades como Felipe Dulzaides y Sergio y Fina García-Marruz. Su abuela materna, Josefina Badía, era pianista y su hijo mayor (de su primer matrimonio), Felipe Dulzaides, llegaba a las tertulias familiares con ‘Los Armónicos”, un grupo de jazz que fue muy famoso en Cuba en la década de los cincuenta y principios de los sesenta del siglo pasado.

Para mí la aparición en la cultura cubana de Felipe Dulzaides Badía,  pianista, arreglista, compositor de formación autodidacta y uno de los impulsores del jazz en Cuba, ha sido algo excepcional.  Tanto a Fina como a Bella le gustaban mucho las canciones norteamericanas de las décadas del cuarenta y del cincuenta, Felipe se las sabían de memoria y les gustaba mucho que él las interpretara.

Otra razón poderosa para admirar a Felipe Dulzaides, aparte de que siempre me gustó mucho su música, es que coincidió con mi padre en el presidio de Isla de Pinos.   Allí compuso un número musical en honor a la Isla, cuentan que Felipe pudo conseguir una tabla donde dibujó el teclado de un piano y así practicaba aunque fuera con las melodías en su mente, esto me lo cuenta mi padre, con quien muchas veces pudo compartir en los escasos momentos en que allí se podía. Dos razones para admirarlo, por su excelencia artística y por haber sido víctima, igual que mi padre, de los desmanes del gobierno impuesto por la fuerza.

Mi padre, como ya he contado en otros artículos, lo mismo que fue un opositor activo al gobierno de Batista y se incorporó a las tropas del Ché Guevara en el Escambray, igualmente se convirtió en opositor al gobierno revolucionario, pues al regresar a su casa, después del triunfo de la Revolución, renunció a su condición de combatiente del Ejército Rebelde y volvió a su trabajo en la Cooperativa de Omnibus Aliados. Posteriormente fue apresado y condenado a 20 años por conspiración armada contra el régimen.

En cambio, los cargos por los que Dulzaides fue encarcelado no están muy claros. Parece que Felipe vivía en aquellos años con la hija de un ex-senador o político importante de Batista, y ella estaba conspirando contra el nuevo gobierno y a él lo involucraron, en un  juicio irregular, donde muchos de los testigos que declararon contra Felipe ni siquiera pudieron identificarlo cuando se les pedía que lo hicieran, pero como muestra de la justicia revolucionaria a ella la condenaron a veinte años de prisión y a él a seis, cumpliendo solamente cuatro por buen comportamiento.

Mientras tanto Josefina García-Marruz Badía, conocida artísticamente como Fina García Marruz, es una poetisa e investigadora literaria cubana, que ha recibido numerosas distinciones entre las que están los premios Nacional de Literatura 1990, Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda 2007 y el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana 2011. Esposa del escritor Cintio Vitier, es madre del  famoso pianista cubano José María Vitier y del guitarrista Sergio Vitier, dos músicos de primera línea.

Mientras tanto su padre era una personalidad muy importante en el ámbito cultural cubano, pero al mismo tiempo era considerado por todos una buena persona, un hombre educado y afectuoso, muy accesible. En realidad a esa familia se les considera personas bondadosas, justas y auténticas, que no entraban en el enrevesado mundo de críticas, envidia y chismes del que muchas veces se rodea la intelectualidad.

Sus padres eran sumamente delicados, muy respetuosos de lo que sus hijos pensaran o  decidieran.   Cuentan que Eliseo padre era muy bromista y los que le conocieron afirman que las artes escénicas perdieron a un gran actor.  Pero a su vez, era un hombre melancólico que se refugiaba en su religión.Y Lichi heredó ese temperamento, yendo de la alegría a la depresión con facilidad.

En un ambiente con una profunda educación católica, hay que destacar que pese a los problemas y prohibiciones del gobierno cubano con la Iglesia católica,su padre y sus tíos fueron respetuosos de esa relación, pero nunca renunciaron a manifestarse como creyentes y como practicantes y sorprendentemente, creo que caso único, tampoco sufrieron represalias por ello.

En ese ambiente familiar, con gran influencia intelectual y herencia de cultura por todos los puntos cardinales, tenía que surgir un personaje de la estatura de Lichi, aunque como ocurre con todos los que abandonan el país, sea la razón por la que sea, su nombre se esfuma de la memoria, porque hasta es un pecado referirse a que en algún momento existieron y dejaron una huella en nuestras vidas.

Las obras de Lichi.

Lichi se licenció en periodismo en la Universidad de La Habana, después jefe de redacción de la gaceta literaria El Caimán Barbudo y subdirector de la revista Cine Cubano, también ejerció como docente, impartiendo clases y talleres de cine en la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de los Baños, Cuba, el Centro de Capacitación Cinematográfica de México y el Sundace Institute de Estados Unidos y en Chile.

Comenzó, como muchos, escribiendo poesía, pero más tarde, pero se sintió mejor abordando géneros literarios como la crónica y otros en el periodismo y una nota interesante sobre su primera novela,la narra diciendo que “estaba en el ejército, al frente de un pelotón, y me encontré con el director de la revista militar de las Fuerzas Armadas de Cuba, una revista que se llama Verde Olivo, y le dije una mentira: le conté que tenía escrita una novela y me propuso publicarla por capítulos, cada semana una parte. Me dijo que le mandara el primer capítulo, era un viernes. Ese día por la noche me senté a escribir, porque no tenía ninguna novela. Esa novelita se llama La fogata roja y trata sobre un pelotón de niños que tenía el general Sandino en Nicaragua, que se llamaba El Coro de los Ángeles. Yo había conocido a uno de esos angelitos. Nunca había estado en Nicaragua, pero con esa novelita me gané el Premio Nacional de la Crítica en La Habana. Esa fue mi primera novela”.

El tema de Cuba y su cultura lo abordó incesantemente, sin pausa y era un admirador de las historias de los grandes deportistas cubanos como Capablanca, Kid Chocolate y Ramón Fonst el béisbol, la música y la literatura cubana, el ballet, todos fueron temas de sus artículos periodísticos, de sus novelas, de sus guiones y de sus filmes y dejó inconclusa una obra sobre estos tres figuras cimeras de nuestro mundo deportivo.

Entre sus obras están la ya citada  “La fogata roja”, “La fábula de José” y “El retablo del conde Eros” (una melancólica novela enclavada en el arrabal habanero de la Cuba prerrevolucionaria al estilo de los escritores franceses Honorato de Balzac o Víctor Hugo por cuanto al número de personajes que la pueblan),  y su fuerte fue la creación de guiones de cine y televisión, entre ellos el de la película Guantanamera, con Tomás Gutiérrez Alea (1928-1996) y Juan Carlos Tabío; la que dió origen a este artículo:  “Esther en alguna parte”, transcurre en La Habana de 1978, donde en medio del lamento de Lino Catalá por la muerte de Maruja, su esposa, llega Larry Po, un viejo estrafalario y actor de segunda, a confesarle la doble vida de su mujer: de día era ama de casa, de noche, una imponente cantante de boleros; “La eternidad por fin comienza un lunes” , un circo de paupérrima condición habitado por artistas de primera, hace un recorrido por toda latinoamérica y donde al igual que cualquier ser humano, los seres de esta carpa son presa tanto de las pasiones más abyectas, como de las más sublimes.

                      Escena del filme Esther en alguna parte, con dos gigantes de la actuación cubana.

En “Crónicas Mexicanas”, de 2009, Lichi dio su particular visión de un país al que llegó a amar no tanto como su Cuba natal, pero casi. Contó, entre muchas otras, la historia de los nueve náufragos que sobrevivieron nueve meses a la deriva y, como Monsiváis, habló de Juan Gabriel y de la Virgen de Guadalupe.

Varios libros de recopilación de crónicas periodísticas fueron: “Viento a favor”, “La vida alcanza”, “Una noche dentro de una noche”, “Cal y Arena”, “Dos cubalibres: nadie quiere más a Cuba”, éste último lo calificaría de imprescindible y dentro del cual hay una cita de Lichi que dice: “ese viernes me sentía más solo que un centerfield en un estadio vacío y la soledad, ya se sabe, es una experiencia vulnerable”.

A propósito de La fogata roja, su primera novela, ambientada en la  Nicaragua de Sandino nos viene a la mente el escritor Sergio Ramírez, su gran amigo, de quien cuenta: “Una vez le mostré una foto de mi familia. Y él me dijo: debe de ser una de las pocas imágenes que guardas donde están todos juntos. ¿Cómo te diste cuenta?, le pregunté. Es lo que pasa con las revoluciones: siempre falta alguien en la foto, me contestó Sergio”.  Vuelve al memoria Carlos Varela con su canción “Foto de Familia”, donde dice que siempre hay una silla vacía que está a 90 millas de la mía.

Y no hemos hablado de Caracol Beach, su consagración internacional, que lo consagra no solo por el premio Alfaguara de 1998, sino que lo muestra como una nueva figura del realismo mágico de García Márquez. Es un libro complicado, donde se muestra magistral en el dominio de la novelística y la herencia de Gabo. Caracol Beach yo diría que es lo que le hace la soledad a la mente y la conduce a la locura, un libro que hay que leerlo de una sentada.

Sus tres libros de poemas, que él calificó de malos, por supuesto que los comparaba con la obra de su padre, los escribió hasta 1979, y tras su divorcio de su primera mujer, la bailarina cubana Rosario Suárez (Charín como es afectuosamente conocida por sus admiradores, es además una destacada profesora y conduce su labor docente en el Miami Conservatory of Ballet), Lichi se quedó sin musa y dejó la poesía.

“Hacer una novela es jugar una partida de ajedrez, porque tienes que mover esta pieza sabiendo que después vas a mover esta otra y que diez jugadas más adelante vas a atacar tal punto en el frente del contrario”, decía

Trabajó con Gabriel García Márquez en varios guiones cinematográficos, y los unía una larga y afectuosa amistad, que se iniciara en 1975.

Eliseo Diego murió en México en 1994, lo que hace que haya trágicas coincidencias con sus propios hijos Lichi y Rapi y el gran Bola de Nieve.

“La Novela de mi Padre” surge porque  varios años después, de la muerte de Eliseo, su hija Fefé encontró en su casa de La Habana las primeras páginas de lo que sería la primera novela del poeta. Esta obra, comenzada cincuenta años antes de que muriera, llegó a manos de su hijo Lichi, quien se propuso terminarla, pero la muerte también lo alcanzó sin concluirla. La novela de Eliseo Diego, es la obra de un poeta: las palabras pesan más que los hechos. A eso hay que sumarle que es un híbrido entre lo escrito por su padre y lo suyo, pero Lichi supo llevar su prosa al lugar justo donde el dolor por la muerte de su padre más lo necesitaba.

Sobre su amplio trabajo escribiendo guiones de cine, él mismo decía:

“Un guión de cine, te voy a decir, no sirve para nada, salvo para hacer una película. Eso es muy triste, y se debe a que el cine, siendo tan poderoso, tiene una debilidad… El cine necesita que otro arte se sacrifique por él, y ese arte es la escritura… Entre el cine y la escritura existe la misma relación que existe entre el gusano y la mariposa. El gusano tiene que desaparecer para que en su lugar surja otro animal, que muchos creerán que es más bonito, la mariposa… Es muy raro, pero eso nunca pasa con el teatro, porque el teatro existe como literatura y como espectáculo escénico. Con el cine no, el cine es cine y nada más, no es, no puede ser texto… Tú puedes leer el teatro de Hugo Argüelles, y también puedes verlo en muchos montajes distintos.. Pero el cine… el cine se pone una vez y ya, si queda bien o queda mal no hay más remedio, no hay segunda oportunidad…”

Y nos queda lo más impactante: “Informe contra mí mismo”.

¿Qué pensarías si un régimen totalitario te compulsa a que espíes a tu propia familia e informes de sus andanzas para ver hasta qué punto son fieles a ese sistema?

Informe contra mí mismo lo impulsó a la diáspora y representó para Lichi la purificación de las pasiones al contemplar una situación tan  trágica, inimaginable. Lichi escribió el “Informe” en 1978 y por supuesto, lo publicó fuera de Cuba y señalaba:  “Por ese libro me recordarán”.

Es un documento desgarrador en donde cuenta cómo las autoridades cubanas le habían pedido, cuando él era soldado, que redactara informes en contra de su familia y amigos: “Lo que realmente importaba era contar con un archivo comprometedor, no una reseña sobre el posible acusado, sino también un arma contra el confidente, que fue capaz de traicionar a su propia familia.

Cuando leía “El informe contra mí mismo”, un libro intimista al máximo, me pareció una historia que también era la mía. Los dichos, los lugares, las citas, el crudo testimonio del desencanto por el que han transitado millones de cubanos, la desilusión de un proceso político que se convirtió en un engaño, una estafa que dura más de medio siglo.  No es un libro de posición política contrarrevolucionaria, es un testimonio donde se expone con mucha honestidad y con un profundo dolor las causas que han hecho que todo un pueblo se haya hastiado, un análisis, objetivo, popular, completo y muy emotivo, sobre todo para los que vivimos esos años.

No es un libro para leer una sola vez, lo lees y te parece que estás viviendo esos años donde teníamos anhelos, esperanzas y confianza, y también de qué forma fuimos yendo hacia el desengaño y la frustración.  Una magnífica explicación del por qué hay tantos cubanos que han renunciado a su patria.

Dicen que “Informe” fue un libro que circuló en Cuba de mano en mano, reproducido por las más diversas formas, pero nunca tuve la suerte no de verlo, siquiera de conocer su existencia.

Algunos dicen que tiene muchas verdades y las verdades son incómodas. Otros dicen que es una obra dolorosa que no va a los extremos, sino a la realidad y que permite ver las bondades del sistema. De acuerdo con su carácter, o el lado melancólico de su carácter, porque también fue un hombre muy alegre y efusivo, este libros nos muestra como centro de su objetivo el desencanto desde una perspectiva afligida.

Un periodista en México le preguntó un día, queriendo una respuesta definitiva: Eliseo, en resumen ¿usted está a favor o en contra?, y Lichi respondió, yo estoy a favor del derecho de estar en contra. Y sí, sé que también camino por la cuerda floja, porque suscribo línea por línea ese libro”.

“A favor del derecho de estar en contra”. Toda una frase que se suscribe en una palabra: “libertad”. Algo que en Cuba, ni siquiera a esta altura, después de tantos cambios, al menos aparente, sigue sin aparecer.  

Lichi estaba consciente de las consecuencias del libro, no solamente en Cuba sino en otros países, sobre todo hispanoamericanos, los que han experimentado, a partir de los dos aspectos amigables que tiene la revolución cubana: la salud pública y la educación, una fascinación casi mítica de la vida en nuestro país, la cual solamente se puede conocer viviendo en ella, y no como un extranjero, sino como un cubano.  Lichi simplemente cumplió su obligación ética de narrar la realidad como la veía, que es igual como la ven la mayoría de los cubanos.

Decía Lichi que escribir “Informe contra mí mismo” fue como una especie de liberación, que se había vaciado por completo, que había sacado fuera todo lo que tenía que decir sobre Cuba, la política, la Revolución. Ello le permitió empezar con otras cosas y no se quedó encasillado con las cuestiones políticas que tanto daño terminan por hacer a los escritores.

Y no es un simple perfil de su ruta disidente, muchos escriben sobre la Revolución cubana, existen los apologistas de las bondades y éxitos, como ejemplo tenemos toda la prensa cubana y que ello constituye su único objetivo, y los apologistas de los defectos y fracasos, como es toda la prensa miamense y algunos internos con objetivos en casi todos los casos de emigrar como perseguidos políticos.  La apología, alabanza, encomio o ensalzamiento, sea en el sentido que sea, siempre tienen en su contra la justificación, defensa, disculpa o vindicación. Por eso la apología, venga de donde venga, siempre termina sin credibilidad.

De ahí la magnificencia de “Informe” porque no hace apologías, describe la realidad.

Los exiliados cubanos, suelen ofrecer la alternativa de la nostalgia como posibilidad de vida a los cubanos que viven en la isla. Eliseo Alberto dijo respecto a ello:

“Aunque quisieran, no pueden. El regreso es imposible. Siempre se va. Uno va y va y va. El regreso es una metáfora, un recurso literario. Y el que quiera regresar al pasado de Cuba, no podrá hacerlo, porque ese pasado no existe más. Eso se acabó… Yo he sido muy crítico con Fidel y con el gobierno de mi país. Yo, además, he recibido numerosas críticas de parte del gobierno cubano, críticas hasta insultantes, pero yo no escribiré nunca nada que le haga daño a Cuba. Antes de eso, mejor me corto la lengua y los brazos… A mí me gusta decir, y estoy dispuesto a demostrarlo, que nadie ama más a Cuba que yo. La pueden amar como yo muchos, millones, no digo que no, pero más no, más no… porque eso es humanamente imposible…”

García Márquez se distanció de él después de la publicación de “Informe”. Son las cosas decepcionantes que nunca voy a entender de un intelectual tan lúcido y a la vez tan bruto de no querer ver la realidad y que hace que disfrute sus obras con igual gusto, pero con cierto rechazo a su persona por valorar más la mentira de su amigo Fidel Castro que la verdad de su alumno Lichi.

Lichi: “…la patria es la comida…”

Esta frase, controvertida la primera vez que uno la escucha, y profundamente acertada cuando la analiza, no la dejo de citar cada vez que puedo. Es otra cosa más que le agradezco a Lichi.

Eliseo Alberto fue un personaje hiperbólico, todo parecía hacerlo en forma exagerada, tanto cuando jugaba al ajedrez, escribía con rigor preciosista, o cocinara como si fuera el mejor chef del mundo.

Para el autor cubanísimo, la patria era “un plato de comida” y por eso le gustaba organizar grandes comilonas en su casa para homenajear a sus amigos. Decía que Dios era vegetariano, “porque de otro modo no hubiera durado tanto”.

“Yo me como mi país todos los días. Sus frijolitos negros, su yuca con mojo y una cosa que come San Pedro en el cielo todos los domingos. Está comprobado:”tamal en cazuela”, contó en 2008 en una entrevista al diario El País. Ir a su casa en México era como entrar en la del Vedado. Era un excelente cocinero; se levantaba muy temprano y ponía a hacer sus frijolitos negros, que jamás faltaban en su mesa, arroz blanco, picadillo, plátanos fritos o chatinos. Vivió muchos años en ese país, pero sus gustos culinarios se mantuvieron intactos.

Sus amigos disfrutaban sus almuerzos y comidas pero, sobre todo, su conversación: era un fabulador nato, siempre andaba inventando historias y le gustaba comentárselas a sus amigos y leerles lo último que había escrito.”

“Yo quiero ir a ver a mi mamá y sentarme en su mesa y comerme sus frijoles y después irme a dormir la siesta en su colchón. Y ya.”

Cada vez que leo estas citas, me siento yo mismo, que en los cinco años que hace que vivo en México, me siento otro Lichi y revivo sus reflexiones. Para mí también la patria es la comida. Uno se siente diferente cuando puede comer como lo hizo siempre. Creo que eso le pasa a cualquiera que deje sus raíces, puede asimilar un nuevo idioma, nuevas costumbres, different  clima, diferentes formas de vivir, pero lo que nunca podrá dejar a un lado son los olores de su cocina, sus alimentos y la forma de hacerlos. Si desgraciadamente tiene que renunciar a ello porque no hay otra forma de lograrlo, lo único que va a quedar en su memoria son sus muertos y la comida.  Puede sonar raro, hasta irreverente, pero es así, sin duda.

Para él la patria era un plato de frijoles y un vaso de ron. Lichi se comía su país todos los días. Y eso le ayudaba a seguir adelante. El hombre se nutre de cosas tan sencillas como esas.

Lichi, como le llamaban, nos regaló alegrías que no podemos pagarle más que volviendo a repetir el gusto de leerlo.  Y reconocerlo como no se ha hecho en su propia patria.

Nota triste y la vigencia en Cuba del origen de “Informe”

Lichi, narrador y guionista, compartió con su hermano Rapi, artista gráfico y guionista, su afición por el cine y trabajaron juntos en varias películas. Ambos se trasladaron a México en los años noventa, invitados por García Márquez para colaborar con él en el cine. Eliseo Diego falleció en México, en marzo de 1994, luego de recibir el Premio Juan Rulfo en diciembre de 1993. Sus hijos murieron también en Ciudad de México. Rapi, en enero de 2006, y Eliseo Alberto, Lichi, en julio de 2011.

El día siguiente a su muerte, el periódico Granma anunciaba que había terminado el II Pleno del Comité Central de Partido Comunista de Cuba, se iniciaba un período de sesiones de la Asamblea Nacional y otra serie de mentiras sobre cumplimientos de planes y éxitos. Igual información tenían todos los medios de difusión masiva cubanos. Estas informaciones, que a nadie le interesan, porque nadie tiene confianza ni credibilidad en la prensa cubana, obviaron la muerte de Lichi.  Eliseo Alberto no existía,, ni existía su paradigmática obra novelística y periodística, ya no era cubano, sino ex-cubano como designó el estúpido vocero del gobierno, el nuevo Otto Meruelo, a los que buscaron la libertad. Otra de las infamias que denuncia Lichi en su “Informe”, el que disiente del régimen, es borrado de la historia.

Sin duda una buena parte de la intelectualidad, lamentó su muerte, pero se lamentaron de ella en voz baja, cosa desvergonzada, porque la muerte de alguien a quien hay que admirar y respetar tiene que estar por encima de consideraciones y credos políticos, religiosos o de cualquier índole. Es parte del miedo que impulsó a escribir “Informe”, uno de los documentos más valiosos que se haya escrito en Cuba.

A seis años de su muerte, es muy bueno que se recuerde de una u otra manera a uno de los novelistas cubanos más sobresalientes de las últimas décadas; ser dadivoso, solidario, justo, lejano de la maldad, la intriga y la traición,  quien en cierto momento supo resistir la presión de los “hombres nuevos”, que de nuevos no tienen nada, sino que acumulan toda la miseria humana de la historia.

Eliseo Alberto “Lichi” Diego, hijo de Eliseo Diego y Bella García Marruz, y sobrino de Cintio Vitier y Fina García Marruz, miembros del Grupo Orígenes, y de quienes sin duda heredó la excelencia literaria, murió en México el domingo 31 de julio de 2011 y pidió expresamente que sus restos descansaran en Cuba. Fue un enamorado fiel y constante de su país, de su historia y de su cultura.

Los muertos que uno ama no se mueren, dijo Lichi. Estoy seguro que igual ocurrirá con él, que por su valentía, tanto como por su excelencia, se merece un puesto de honor dentro de nuestros muertos.

Como él decía, recuerda su hijs María José, “Cuba es un piano que alguien toca detrás del horizonte… Es un plato de comida que me como cada día”. Y añade María José de Diego: “Para mi, él será siempre mi Cuba. Él es mi piano”.

“La razón dicta; la pasión ciega. Solo la emoción conmueve. Porque la emoción es a fin de cuentas, la única razón de la pasión”.

Eliseo Alberto, el novio de Cuba


Eliseo Alberto, el gigante que amaba el ajedrez y cocinaba los mejores chícharos del mundo

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