La Dionisia, La Timba y El Fanguito: la mancha del Vedado

La Dionisia, La Timba y El Fanguito: la mancha del Vedado

El 26 de Julio de 1959 se efectuó por primera vez en la Plaza Cívica, después llamada Plaza de la Revolución, la primera celebración del aniversario del asalto al Cuartel Moncada de Santiago de Cuba en 1953. Ese hecho contó con algo que difícilmente se pueda repetir, la presencia, según cifras oficiales, de medio millón de campesinos, supuestamente celebrando la promulgación de la Ley de Reforma Agraria.

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Con la Reforma Agraria, y la segunda Ley al respecto, todos sabemos que fue el principio del fin de la exitosa y abundante producción agrícola cubana, y que todas las promesas y el entusiasmo se convirtieron en humo, pero ese no es el tema a tratar hoy, sino algo que me ocurrió ese día.

Como todo quinceañero curioso, ansioso de triunfar en la vida y altamente influenciado por la falsamente magnificada gesta, la guerra del pan duro que hizo posible que Fidel Castro se hiciera el hombre fuerte en Cuba y nos llenara de sueños irrealizables como si fuera un moderno Tomás Moro, y que a diferencia de La Utopía solo buscaba perpetuarse en el poder, con mi amigo Néstor Grau (pariente cercano pero no atendido o reconocido por el expresidente, con el que compartíamos el rock and roll casi como una religión y por supuesto el llamado de las hormonas, nos fuimos a la concentración a ver si ligábamos alguna noviecita.

La plaza estaba repleta de guajiros en guayabera y sombreros de yarey, con machetes y botellas de ron o aguardiente, de las que nos ofrecieron muchas veces, y que rechazamos agradeciéndoles, porque los jóvenes de entonces teníamos otras aficiones diferentes al alcohol. Los grupos de buscanovias como nosotros y de muchachitas buscanovios eran muchísimos. Grau era un tipo feo, con unos tremendos dientes y usaba espejuelos, algo objeto de burla en aquellos tiempos y a los que les decían “cuatro ojos”, pero yo era bien apuesto (eso me decía mi mamá, mi tía y mi abuela, pero también mis primas y hasta vecinas, así que me lo creí), pero a pesar de los pesares, no le disparé a la primera que apareció ni a lo primera que nos sonrió. Esa selectividad nos llevó, también a alejarnos un poco del gentío, hasta una zona bien apartada de la tribuna, casi llegando a Paseo y Zapata a ver si allí encontrábamos mejores opciones.

En una de sus aceras, donde había una zona verde con algunos árboles, había dos muchachas con una chambelona cada una. Eran bonitas y nos acercamos, conversamos y las invitamos a tomarnos una malta, por lo que fuimos a un famoso lugar donde vendían perros calientes en esa esquina de Paseo y Zapata. Nos tomamos la Malta Hatuey y nos comimos un hot-dog, hablamos de cine, de rock and roll, de lo que evidentemente ellas no sabían nada, de qué estudiaban y si no estudiaban nada, si trabajaban y no trabajaban en ninguna parte y finalmente asumimos que aquello solo servía para fines sexuales y nada más, pero no contamos con la astucia femenina.

Nos pidieron que las acompañáramos hasta su casa, olvidándonos de la aburrida concentración y entramos al barrio de La Timba, lo que hacíamos por primera vez en nuestras cortas vidas. Pero ese no era el destino del viaje, sino otro barrio más pequeño y un poco más alejado: La Dionisia.

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En el recorrido vimos cosas que nos dieron miedo, como fueron gente sentadas en el suelo tomando ron y con tremenda algarabía, otros pegados al muro del Cementerio de Colón, una pareja discutiendo. El ambiente conformado por casas miserables y en una oscuridad casi absoluta, no nos hizo ninguna gracia y mucho menos inspirarnos a besar a las muchachas, pero no había pasado lo peor. Al llegar a la Avenida de Colón, situada al sur del Cementerio, cruzamos hacia el barrio La Dionisia, más pequeño pero no menos preocupante. El asentamiento, comprendido en pocas calles entre la parte sur del cementerio y las casas al fondo del cine Acapulco en Nuevo Vedado y el Cementerio Bautista a un costado, estaba formado por una urbanización muy pobre y con un ambiente que no hacía fácil identificar si estábamos en La Habana o en un sitio marginal en África.

Allí casi todos los que vimos eran negros, sin zapatos y sin camisa en aquellas calles que no habían conocido el asfalto, rodeados con un olor nauseabundo y charcas apestosas, nos dio ganas de poner pies en polvorosa, pero las hormonas seguía dominando. Un par de descamisados se nos acercó y uno de ellos sacó un cuchillo y nos pidió una caja de cigarros sin haber intercambiado con ellos ni una palabra. Yo le di mi caja de Royal Suaves porque Grau no fumaba y parece que eso los envalentonó porque me pidieron el reloj, un Invicta suizo automático que le había comprado a un tío joyero, el que me dijo: – si te vas a comprar un reloj, no compres mierda, compra suizo. Fue así que me hice de esa buena prenda pagando cinco pesos mensuales hasta liquidar los cincuenta pesos que costó, y que bien valió la pena porque me duró casi treinta años y lo regalé no porque no funcionara bien sino porque habían salido al mercado otros modelos rusos, Poljot o Raketa, más bonitos y que tenían un desempeño decente.

Mientras tanto al ver lo que ocurría, las muchachas siguieron su camino y nos dejaron a nuestra suerte. Hasta ahí llegó mi amor y Néstor y yo nos apresuramos en irnos, sin mirar hacia atrás ni despedirnos de las pirujas de las que solo sacamos el pagar lo consumido y un buen susto. Avanzamos con paso acelerado y sin parar a pesar de que habíamos comprobado que no nos seguían. Pero al llegar a la avenida de Colón o a San Antonio Chiquito, como se llama la calle de ahí en adelante, había tres tipos sentados en una piedra compartiendo de una botella de ron y al vernos correr, uno de ellos sacó una navaja e intentó ponerse de pie, pero aparentemente estaba tan borracho o drogado porque se sentía un fuerte olor a hierba que yo sabía que no era tabaco, que se desplomó mientras que los otros no hicieron ni ademán de ayudarlo.

Aceleramos la marcha y llegamos a Zapata corriendo paralelo al muro del Cementerio y al cruzar la avenida 26 cogimos la ruta 79 hacia la Vía Blanca que fue la primera que apareció y en la que al fin pudimos respirar cuando nos bajamos en la intersección con Palatino.

Ese fue mi primer y en los siguientes cincuenta años diría yo, único contacto con La Dionisia. Por razones de trabajo tuve que ir varias veces a La Timba, pero no necesité adentrarme en ella hasta que ya jubilado me mordió la curiosidad y al vivir cerca incursioné por esos lugares, incluyendo La Dionisia. Aunque las casas mostraban descuido y miseria, probablemente el ambiente, extendido a casi todos los barrios de la capital, ya no parecía tan peligroso.

En sesenta y ocho años viviendo en La Habana ¿qué no habré conocido?, lo bueno y lo malo, lo excelso y la indigencia, lo mejor y lo peor. En mi fiebre cinéfila he perseguido películas por más de cien cines en lugares que de otra forma nunca hubiera visitado, pero de todos esos periplos en el único sitio en donde realmente me sentí desprotegido y experimenté temor, fue en La Dionisia.

Pero La Dionisia no es la única mácula del que una vez fuera el exclusivo barrio de El Vedado.

LA TIMBA EN LOS ANOS 40 – https://www.facebook.com

Favelas o villas miseria del Vedado.

En el Vedado están, comenzando por la Rampa, algunos de los lugares más emblemáticos de la capital cubana. Pero ese icónico barrio, rebautizado ahora con el subversivo nombre de “Plaza de la Revolución” o simplemente Plaza, existen tres barrios marginales que coexisten con el otrora sitio más aristocrático de La Habana. Ellos son La Dionisia, La Timba y El Fanguito.

En la Habana había un barrio famoso, Las Yaguas, que fue desalojado y derrumbado al triunfo revolucionario. Pero la política desastrosa del gobierno respecto al desarrollo y mantenimiento urbano, sumado a las prohibiciones migratorias internas y al normal crecimiento poblacional, han provocado que hayan aparecido asentamientos marginales no solo en la propia capital, sino en toda su periferia y en la antigua provincia de La Habana, ahora dividida en Artemisa y Mayabeque. La revolución acabó con Las Yaguas y Llega y Pon, pero multiplicó esos barrios por más de veinte y sus nombres dan fe de ello: El Fanguito, Palo Cagao, Ruta 11, Palenque, Los Bloques, La Corea, La Loma del Burro, La Güinera, La Isla de Polvo, Carraguao, Atarés, La Jata, y muchos otros.

Los mencionados asentamientos del Vedado no son los únicos, en cualquiere parte de La Habana han surgido viviendas sin los requerimientos mínimos de habitabilidad como son el de la Jata en Guanabacoa que existía desde los años veinte pero ha crecido exponencialmente, la Güinera en Arroyo Naranjo, que también data de esos años y que tiene una complicada situación socioeconómica porque surgió en esta barriada los llamados “Pulgueros” llamados así de manera discriminatoria con el “pulguero negro” donde todos sus vecinos eran de la raza negra y el “pulguero blanco” con habitantes de raza blanca, aunque todos con el mismo nivel de pobreza y marginalidad.

Asentamiento-Ruta-11-San-Miguel del Padron https://www.cubanet.org

Los Pocitos y el Palmar en Marianao, contiguos al Río Quibú, un arroyo pestilente y contaminado que un día fuera un manantial de aguas minerales excelentes, fue uno de los que mayor crecimiento ha tenido en la era revolucionaria, son el mayor ejemplo de bolsones de pobreza, insalubridad y abandono urbanístico y por ende de delitos comunes, alto índice de desempleo, agravación del problema racial pues la mayoría de sus habitantes son de raza negra y con casi absoluta práctica de las religiones afrocubanas y santería con treinta casas religiosas y cincuenta y cinco babalawos, así como tres Plantes Abakuá. Toda una réplica de las peores favelas brasileñas. Y aquí no hay equivocación, estás en Cuba, pero al nivel de países atrasados de África o como Haití.

Dondequiera podemos ver este tipo de asentamientos, de lo que uno puede darse cuenta cuando hace un viaje en tren. En cualquier sentido se encuentra, a pocos centímetros de la vía férrea y voy a poner el ejemplo de entre la Ciudad Deportiva y Calle Cien y Boyeros, donde antes había numerosos huertos trabajados por chinos, ahora hay cientos de casuchas hechas con casi cualquier material, donde se vive sin servicios básicos o las casuchas en Infanta y Amenidad, al fondo la CUJAE, en los arrabales de Wajay o al fondo de Mazorra. Y es que los barrios marginales, que antes solo existían en la periferia de algunas ciudades, ahora se pueden ver de forma masiva, en cualquier parte, incluyendo lugares céntricos, algo tristemente nuevo, una obra de la revolución.

Al margen de este desastre inhumano y resultante de la miseria generalizada, el gobierno revolucionario sigue promocionando su modelo como una especie de paraíso donde la gente tiene garantizados el trabajo, la alimentación, la salud pública y la educación, mientras la penuria crece y crece sin cesar.

Y la represión de las libertades se mantiene igual porque ya no puede crecer, ha llegado al tope.

Casas junto al Cementerio Bautista de La Habana https://lazarosarmiento.blogspot.com

La Dionisia

Después de mi aventuras con La Dionisia la que volví a ver tras pasar medio siglo, por lo que lugares que antes eran deshabitados o con pocas edificaciones, ahora son sitios céntricos, como es la zona de Tulipán y Loma, donde se alzan varios edificios de 18 plantas, pero La Dionisia sigue ahí, sin cambios aparentes.

Después de mudarme para Tulipán y Boyeros, y andar por los alrededores en busca de alternativas de compras y ofertas, fui varias veces al mercado agropecuario de la calle 26 y Kohly, subiendo unas veces por toda la calle Conill y otra por Tulipán. Fue allí que me di cuenta de que en la explanada que forman las Calles Tulipán y Loma, viendo en perspectiva hasta Colón y la calle 39, estaba el barrio llamado La Dionisia.

Tras los edificios, entre ellos y un pequeño supermercado, encontré un montón de basura y escombros y tras ellos, desde la altura, pude reconocer La Dionisia.

No pude ver en detalle en ese momento el Cementerio Bautista por ser de noche, pero ahora se observa que aunque parece abandonado, y que hace tiempo que allí nadie es inhumado, el lugar se ve limpio y ordenado. En esta área verde en la calle Protestantes y la calle San Juan Bautista junto al citado barrio, donde están los límites del Nuevo Vedado radica el único cementerio Bautista de La Habana.

Cuando en 1877 se fundó el Cementerio Bautista, los terrenos de los alrededores eran puro monte, pero se diseñó con gusto y se aprovechó la vegetación existente y se sembraron árboles convenientemente. Aparece registrado que desde que fuera creado, este camposanto ha funcionado ininterrumpidamente. La construcción del cementerio se debió a que el Obispo de La Habana, prohibió la inhumación en el Cementerio de Colón de personas que fueran consideradas practicantes de la religión Cristiana Protestante, por lo que la entonces Iglesia Bautista Getsemani, adquirió esos terrenos para dedicarlos a camposanto, lo que trajo serias polémicas entre el Obispo y el líder religioso bautista, el Dr. Alberto de Jesus Diaz Navarro, el cual fue encarcelado, como muestra de la intransigencia reinante. Una cosa que distinguió a este cementerio es que sus servicios eran totalmente gratis para sus fieles, así como los gastos de funeraria, aunque como se sabe la iglesia Bautista en esos tiempos contaba con escasos fieles.

Y algo que pude comprobar es que los cambios políticos y económicos en el país no han ayudado nada a mejorar la situación social de La Dionisia.

Entrada Cementerio Bautista Calles San Juan Bautista y 37 Nuevo Vedado La Habana https://lazarosarmiento.blogspot.com

Un interesante estudio del año 2000 califica a la Dionisia como un barrio muy insalubre y la investigación, que parte de casi mil personas mayores de 15 años que componen esa comunidad, muestra muchos aspectos negativos, como el mal estado de las viviendas, falta de agua y servicios sanitarios sin agua dentro de la casa, basura y desechos dondequiera, viviendas inhabitables, presencia de tupiciones, mala calidad del agua cuando la hay, prácticas de fecalismo al aire libre, vectores en las viviendas, inundaciones, microvertederos y presencia de humos polvos y gases generados por el tránsito y algunas fábricas cercanas. También se observa, personas que deambulan y pernoctan por las calles y no viven allí, consumo excesivo de alcohol, poca atención a niños y ancianos, discusiones y riñas, deserciones de las escuelas, desvinculación laboral, zonas de acción de delincuentes y encubrimiento de delitos, muchos solares y ciudadelas sin condiciones para vivir, presencia de piojos o sarna, embarazo de muchas menores de edad, parasitismo y aparición masiva de contagiados con sífilis y gonorrea. La presencia de numerosas personas que viven ilegalmente en la capital procedentes del interior del país agrava la situación. También se manifiesta un extremo consumo de pastillas junto con bebidas alcohólicas y la fuma de mariguana y todo ello agravado por los riesgos ambientales, lo que afecta psicosocialmente a los habitantes.

En resumen, La Dionisia ofrece pocos atractivos para vivir.

LA TIMBA

Si a un cubano le mencionan la palabra timba, lo primero que le viene a la mente es el dulce de guayaba y por supuesto el pan con timba, que ha salvado muchas vidas a través de la historia de Cuba a pesar de ser un alimento casi primitivo, en segundo lugar se piensa en esa forma modificada y más rápida del son creada por Chano Pozo, el que había nacido en ese barrio y que fuera retomada con éxito por el grupo Los Van Van, y probablemente en último lugar y si es habanero, se piensa en el barrio de La Timba, que una vez fuera casi un símil del extinto barrio de Las Yaguas o del de Llega y Pon y que fue mejorando algo con el tiempo a diferencia de los desaparecidos.

Uno de los sitios más céntricos de La Habana, donde actualmente está situada la Plaza de la Revolución, ha estado acompañada durante más de un siglo de uno de los barrios marginales más conocidos en la capital, La Timba. La bodega de la esquina de las calles Zapata y A, fue el lugar que bautizó el asentamiento, identificado por el pan con guayaba y queso que allí se ofertaba, un producto de consumo popular conocido como “pan con timba”, título que se reforzó con esa forma musical acelerada del son que se practicaba en el lugar.

La bodega de Antionio en Zapata y A. Mi suegro a la derecha.

Alrededor de 1914, se fundó este barrio en el entorno de San Antonio Chiquito, nombre que proviene de un ingenio azucarero que existió en la zona contiguo al Cementerio de Colón en su parte sur, lugar que fue escogido también para ubicar en sus alrededores los cementerios de San Antonio Chiquito, el cementerio Bautista y el cementerio Chino.

El barrio fue creciendo y llegó hasta la calle A pasando la avenida de Paseo por el norte, el Cementerio de Colón fijó sus límites al oeste, el barrio de la Pelusa, junto a la Ermita de los Catalanes al este, desaparecidos ambos cuando se desarrolló el proyecto de la Plaza Cívica en los años cincuenta. La Pelusa, otro barrio que se ubicaba entre el Castillo del Príncipe y la Ermita de los Catalanes desapareció y muchos de sus habitantes se ubicaron como pudieron en La Timba y la Ermita de los Catalanes se trasladó a la avenida de Rancho Boyeros en las cercanías de Río Cristal y el Reparto Fontanar.

Ermita de los Catalanes en loma del Tadino

Desde el Palacio de la Revolución, sede del gobierno del país y el todopoderoso Partido Comunista, se ve claramente la marginalidad de La Timba, que subsiste junto a donde se asientan las autoridades supremas de la nación.

Lejos de mejorar el barrio, convirtieron algunas edificaciones en refugios de familias que perdieron sus hogares, como es la posada o casa de citas de 2 y 31, la casa de la Cultura de 2 y 31, y además proliferaron los solares y las construcciones indiscriminadas y de mala calidad. En más de medio siglo solamente han sido construidos dos edificios, en las calles 6 y 39, en los límites con el Palacio de la Revolución y para resolver fundamentalmente vivienda para militares y en 35 y 4 se construyó otro para funcionarios del Ministerio del Interior. Y una cuadra más abajo, en 35 y 6 fue construido un edificio para albergar la Dirección de la Aduana General de la República. Eso ha sido todo lo construido.

Es en esa misma esquina se dice que tenía una casa de descanso Ernesto Lecuona, una de las pocas casas opulentas del barrio y donde recibió a muchas personalidades, entre ellas a Albert Einstein en 1930, señalado como uno de los dos hechos importantes allí acaecidos, pues el otro es el nacimiento de Chano Pozo en 1915. Como resultado de la influencia de la música llamada timba, en 1940 allí se fundó la comparsa Los Payasos, muy gustada en el carnaval habanero y con la influencia del éxito logrado por Chano Pozo en Cuba y en el mundo.

Pasar por el costado del muro del Cementerio en La Timba es algo deprimente. Casuchas hechas con materiales de mala calidad, suciedad acumulada, brujerías o trabajos de santería tirados junto al muro para que los muertos ayuden con el problema o deseo que dio origen a la ofrenda, juego prohibido, gente tirada en el piso fumando mariguana o tomando ron, una población numerosa que no estudia ni trabaja, eso es lo que vemos a primera vista en un lugar junto al mando supremo del país.

Por lo tanto, si hay un barrio que no le debe nada a la revolución, es La Timba, tan cerca del poder y sin embargo tan lejos.

Mi suegro y La Timba

Mi suegro, que fue durante cuarenta años carrero de la Canada Dry, me contaba que él y sus dos ayudantes ganaban un salario por comisión, es decir, ganaban según la cantidad de productos que vendían (Canada Dry Ginger Ale, Canada Dry Club Soda, Tónico de Quinina, Agua Mineral Carbonatada, Royal Crown Cola y otros refrescos de naranja, limón y manzana. Eran solo dos centavos por caja de 24 botellas vendidas, por lo que había que “pulirla”, pero así y todo con mucho esfuerzo logró ganar más que muchos abogados.

Mi suegro a la izquierda, con el carro de la Canada Dry

El Ginger Ale y el Agua Mineral Carbonatada eran el complemento preferido para muchos cócteles y tragos, así que su venta era muy abundante.

Muy temprano en la mañana cargaba su carro en Infanta y Amenidad, donde estaba la planta entonces y comenzaba su reparto, que no terminaba hasta la noche. Era el mejor vendedor y por ello le fueron asignados los mejores lugares. Cuando triunfó la revolución, ya llevaba más de diez años abasteciendo el circuito más deseado: Miramar, con sus hoteles, clubes, cabarets y bares. La venta era tremenda, por ejemplo en Tropicana solamente dejaba un carro entero diariamente con sus productos, y mi suegro era de los que vendía lo mismo cien cajas en un lugar como que no desechaba ir hasta una pobre bodeguita para dejar una caja.

De ahí que pudo levantar un capital y llegar a lograr su sueño: construir una casa en un reparto residencial. Y ese esfuerzo incluyó a La Timba.

Abasteció lugares de todo tipo, pues cuando uno comenzaba le asignaban los peores recorridos y el obtener uno mejor dependía del grado de seriedad de su trabajo y del volumen de sus ventas. Por eso cuando le dieron la responsabilidad de distribuir la Canada Dry en parte del Cerro y hasta la Calle Zapata, dentro de ese territorio estaba La Timba, donde había dos o tres bodegas. En la que estaba en la propia Calzada de Zapata no había mucho problema, pero en las otras dos el trabajo se dificultaba porque uno de los ayudantes, con un palo, tendría que hacer, desde que se detenía el carro hasta que se alejara del lugar, el papel de policía, porque al estilo de los ninjas, habían personajes capaces de alzar al vuelo un par de cajas de 24 botellas de lo que fuera.

Nunca dejó de lado el despachar a la más lejana bodega o puesto de venta de refrescos, fuera el barrio y el ambiente que hubiera en él, pero ir a La Timba, a él y a sus compañeros, siempre los ponía nerviosos.

El Fanguito – http://politicacubana.blogspot.com

EL FANGUITO

Al río Almendares lo conocí de niño, cuando en las aventuras de los muchachos del barrio nos lanzábamos hasta el Parque Forestal, en la zona donde hoy está la Ciudad Deportiva. El Parque estaba cortado por la Avenida de Rancho Boyeros, por lo cruzábamos hacia el oeste, pues allí el parque se hacía más tupido y su límite era lo que pensábamos era el río Almendares. En realidad era el llamado arroyo Mordazo, que venía desde no muy lejos y solo contaba con bastante caudal en tiempos de lluvia, que al igual que el Arroyo Orengo, confluyen en el Almendares en un lugar llamado El Husillo, que para nosotros entonces era muy distante y al que no nos atrevíamos a llegar y que siempre quedó como algo ansiado pues se comentaba que allí había unas tremendas cascadas.

Años más tarde, el río que los indígenas bautizaron como Casiguaguas o Mayanabo y los españoles como La Chorrera, fue llamado Almendares en honor a un Obispo llamado Enrique Almendaris. El gobernador de la Isla, Juan Dávila ordenó la construcción del acueducto del Husillo y Zanja Real, que sería el único que abastecería a La Habana durante el cuarto de siglo siguiente y fue el que le dió su actual nombre. Por supuesto, en aquella época sus aguas eran limpias, cristalinas y caudalosas.

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El Almendares dividía propiamente a La Habana de lo que hoy es Marianao, originalmente llamado Mayanabo que quiere decir “tierra entre dos aguas”, o sea, la comarcas entre el también llamado río Mayanabo (Almendares) y el otrora cristalino Quibú.

Me contaron vecinos de la zona, que en el puente por donde el Almendares atraviesa la Avenida de Boyeros, donde ahora está la fábrica de helados Coppelia, que entonces era una planta de la lechera Santa Bernardo, junto a la entrada a la CUJAE, el río tiene muy buena profundidad y allí la gente practicaban competencias de clavado. El agua era totalmente cristalina y ese era un sitio preferido por los buenos nadadores.

Mi esposa en Río Cristal, 1968

Años después, cuando me casé y tuve hijos, pude comprobar que todavía entonces, en los alrededores de la Taza de Vento y el sitio conocido como Río Cristal, el agua era totalmente cristalina y limpia. Muchas veces fui allí a bañarme con mi esposa e hijos y hasta Diana, una perra pastor alemán que teníamos, disfrutó de sus aguas. También íbamos a sus pequeños meandros a sacar lombrices, llamadas calandracas, para alimentar a los pecesitos de la pecera que teníamos.

Pero de eso hace cuarenta años o más. Ahora el Almendares es otra cosa, da pena hasta hablar de lo que queda de él.

Y junto con el deterioro y descomposición de las aguas del Almendares, tenían que venir otras cosas malas. Y una de ellas es la aparición o más bien crecimiento de un barrio que probablemente sea el peor ejemplo de un asentamiento poblacional en Cuba: el tristemente famoso El Fanguito.

Viviendo como Gitanos en el Almendares-Polina Martinez https://www.gabitos.com

A pesar de haber vivido toda mi vida en La Habana y haber pasado muchas veces por la calle 30 en el Vedado, ni idea tenía de que allí, en las márgenes del Almendares, que pasó de cristalino y caudaloso río a ser un arroyo pestilente, había un asiento humano.

El Fanguito es hoy por hoy uno de los barrios más indigentes de la ciudad, es una especie de emblema de la vida en la inmundicia y la pudrición del río principal de La Habana, una verdadera vergüenza habanera y hasta nacional.

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No importa que esté enclavado en uno de los límites del elegante Vedado y sea frontera con el exclusivo Miramar, es el contraste, la otra cara de la moneda, la más fea que uno puede imaginarse. En este islote de fango solo entran y andan sus habitantes, que malviven en chozas improvisadas construidas con casi cualquier cosa, maderas podridas, cartones, zincs oxidados, lonas y todo lo que aparezca, prevalecen entre algunas pocas levantadas con bloques o ladrillos, el renacimiento del extinto barrio de Llega y Pon, como símbolo de la orfandad extrema de recursos, donde además no hay agua potable, ni electricidad (el que la tiene es porque la está robando de alguna parte), ni alcantarillado y el hedor es constante y profundo.

No existen baños ni servicios sanitarios y las necesidades se hacen en bolsas de plástico y no se arrojan al río para no contaminarlo más de lo que está y porque increíblemente algunos niños se bañan en esas aguas altamente contaminadas.

Yusnaby Perez – https://www.taringa.net

A eso se le suma la falta de privacidad, una casa está pegada a la otra, por lo que nadie puede escapar de las broncas, los gritos, la música alta y las celebraciones religiosas afrocubanas, incesantes. Se dice que hasta cocodrilos hay, seguramente escapados del zoológico, porque no es posible otra explicación, aunque no han atacado a nadie, probablemente porque murieron por la infección de las aguas.

Y a pesar de todo, la cantidad de habitantes de El Fanguito sigue creciendo y en cincuenta años solo hubo un intento en que se construyeron en veinte largos años, edificios de microbrigada que permitieron la salida de un centenar de “fangueros” por llamar de alguna forma a los infelices habitantes de ese lugar. Muchos proyectos ha habido para erradicar o aliviar al menos esta vergüenza habanera, como crear y asfaltar calles, levantar un malecón en el río, sembrar árboles y construir muelles, pero ninguno fructificó.

Las casas siguen creciendo sobre un pantano y cuando el agua crece nadie puede salir y hasta su vida peligra, hay quien se alimenta de cangrejos que caza desde el piso de su propia casa, de fango o de tablas y algunos de eso viven. Muy pocos trabajan y de sus doscientas casas ninguna está legalizada ni aparece en censo alguno, una ciudadela que a duras penas sobrevive entre la putrefacción del río y la descomposición social.

El Fanguito es lo más parecido a las Villas Miseria de Argentina, las Favelas brasileñas o Vista Hermosa en Lima, y se ubica dentro esa cantidad de uno de cada cinco habitantes de América Latina que malviven en barrios marginales.

Y no es el único reducto de ese tipo, en las márgenes del insalubre Almendares hay gente que vive de forma muy parecida a los zíngaros, en carpas improvisadas y sobreviviendo malamente. En su mayoría son emigrantes de otras provincias, llegaron a ese lugar como último refugio y estarán allí hasta que los desalojen y tengan que ubicarse otro sitio.

Pero no importa, mientras existe tanta miseria en Cuba y en el mundo entero,le pagamos cientos de millones de dólares a un imbécil por que patee una pelota. Y lo triste es que lo aplaudimos.

Otra villa miseria en el fondo del Estadio del Cerro. Esta foto es de los años 50, pero sigue existiendo esta vergüenza.

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1 Comentario

  • Reply
    Shirley
    November 4, 2020 at 9:12 pm

    Me ha dado mucha risa lo de ir a conocer a alguien a una marcha, nunca me lo hubiese imaginado 🤣🤣. Slds .

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