Algunos recuerdos de La Habana de 1958

Algunos recuerdos de La Habana de 1958

“El sitio donde gustamos las costumbres,
las distracciones y demoras de la suerte,
y el sabor breve por más que sea denso,
difícil de cruzarlo como fragancia de madera,
el nocturno café,
bueno para decir esto es la vida,
confúndanse la tarde y el gusto,
no pase nada, todo sea
lento y paladeable como espesa noche
si alguien pregunta díganle
aquí no pasa nada, no es más que la vida…”

Eliseo Diego

Esto lo escribió el poeta Eliseo Diego en el sitio en que tan bien se estaba, que era un café llamado “La Isla,” situado en la esquina de San Rafael y Galiano, establecimiento que todavía existía por los años en que escribía su famoso poemario “En la Calzada de Jesús del Monte”. Y ese sitio en donde tan bien se sentía no solo le quedó en el lugar donde yace la memoria, sino también la silla de mimbre, la mesa, la gente pasando por una de las calles comerciales más concurridas de capital, el policía bajo una inmensa sombrilla atendiendo al tráfico, cambiando las luces del semáforo y sobre todo atendiendo a la incesante marea de peatones, la gente yendo en todas direcciones con bolsas y enormes jabas de papel de las tiendas, los vendedores de maní, de tamales y de billetes con su pregón interminable, las mujeres bien vestidas, algunas con sus hijos, que ese día decidieron “ir a La Habana” y el flujo incesante de carros y guaguas cuando aún Galiano era de doble sentido y la estrecha San Rafael todavía no era un bulevar.

Mientras escribía este artículo, que tan abrumadores recuerdos me trajo, lo interrumpí para cumplir uno de mis incumplidos deseos: escribir un libro que aunque tiene otras connotaciones y donde se mezcla la ciencia ficción, el humor y la fantasía, el centro del mismo es un viaje al pasado, a La Habana de 1958, a esa de la que voy a mostrar algunas pinceladas.

Al introducirme en este tema, que ha estado presente en todas mis memorias, pero que ahora tiene un dejo más profundo, me hizo pensar en muchas cosas que me pasaron en esos tiempos, un poco antes y un poco después y comprendo por qué se dice que todo tiempo pasado fue mejor y no es precisamente porque no nos hayan pasado cosas malas, sino porque muchas las echamos al olvido y otras yacen ahí como una cicatriz que si no la tocamos no las recordamos.

“Aunque el otoño de la historia cubra vuestras tumbas con el aparente polvo del olvido”, escribió Miguel Hernández, y eso es lo que hacemos con lo que no deseamos recordar, pero que inevitablemente hay que enfrentar otra vez a lo largo de nuestra vida.

La memoria es selectiva y hace que solo recordamos lo que es más importante para nosotros, aunque muchas veces se convierte en traer al presente cosas que uno quisiera olvidar. Por ejemplo a pesar de que trato de conformarme porque es la ley de la vida, con la muerte de mi querida perrita Lia y busco no pensar en ello, me viene constantemente a la memoria, en sueños o cuando estoy despierto, en detalles que tienen o no tienen nada que ver con ella. Y eso ocurre porque como expresó la escritora Isabel Allende: “La muerte no existe, la gente sólo muere cuando la olvidan; si puedes recordarme, siempre estaré contigo.”

Igual ocurre, por lo importante que ha sido en la vida de uno, recuerdos que nos molesta traer a la memoria pero que están ahí presentes aunque nos hieran, aunque sean heridas que en lugar de abrirnos la piel, nos abren los ojos, como dijera Neruda, y que además son necesarios para afrontar la vida y seguir adelante, y ese es el caso del año 1958, que no quisiera recordar por la suma de cosas indeseables que me ocurrieron, así que para que salga todo, voy a abordarlo y tratar de exprimir mis recuerdos, consciente de que cuando uno trae de nuevo el pasado, no lo vamos a ver con los mismos colores, así que espero que utilizándolo pueda en cierta forma olvidar esos tiempos.

“When I was seventeen
It was a very good year
It was a very good year for small town girls
And soft summer nights
We’d hide from the lights
On the village green
When I was seventeen”

Diría en español:

“Cuando tenía diecisiete años fue un año muy bueno
Fue un año muy bueno para las chicas del pueblecito y las suaves noches de verano
Nos escondíamos de las luces en la plaza del pueblo
Cuando tenía diecisiete años”

Había hecho mía esta canción del compositor y letrista norteamericano Ervin Drake, que fue magistralmente interpretada por Frank Sinatra y cuyos trabajos han sido incluidos en el Great American Songbook, pero no fue así. Ese no fue un buen año, ni remotamente.

Por eso hay mucha gente que sigo queriendo y que ya se fueron, y mi perrita Lía y La Habana de esos años. Como siempre las recuerdo, siempre están conmigo, no han muerto


La situación económica

En 1958 La Habana era una de las ciudades más modernas del mundo y Cuba contaba con un nivel y calidad de vida muy superior a la de todos los países de Latinoamérica y muchos de Europa.

No hay forma de negar, porque están las estadísticas oficiales de las organizaciones internacionales y además las vivencias de los que conocimos esos tiempos, que la Cuba de los años 50 era el mejor país de América Latina para vivir y por ello la emigración hacia el país era deseada y muy restringida.

El peso cubano estaba a la par del dólar americano, la tasa de inflación era la más baja de América Latina con 1.4%. Muchos hablaban del dominio norteamericano sobre la economía nacional, pero en 1958 sólo el 14% del capital total invertido en la isla era norteamericano, y en el renglón económico principal, el 62% de los bienes de la industria azucarera, era propiedad de cubanos. Cuba ocupaba el lugar número 8 en el mundo en el pago de salarios promedio a trabajadores, superada sólo por Estados Unidos, Canadá, Suecia, Suiza, Nueva Zelanda, Dinamarca y Noruega.

Había 6,325,000 cabezas de ganado, de las cuales 940,000 eran vacas lecheras (quinto productor de la región, según la ONU), para una población de seis millones, los cubanos tenían la más alta ingesta de proteína en Latinoamérica, después de Argentina y Uruguay y en salud, educación, transporte, telefonía, ferrocarriles, radio y TV, y por supuesto, en producción azucarera y tabacalera, Cuba era entonces y en casi todo, uno de los dos, y a menudo el primer país de Latinoamérica, en esos rubros y algunos más.

En 1958 Cuba tenía un sólido sistema de salud pública y alcanzó entonces el índice de mortalidad infantil más bajo de Latinoamérica, la relación de un médico por cada mil habitantes también era la más alta de la región.

Cuba era uno de los países más ricos de Latinoamérica y no sólo la cúpula política y empresarial vivía bien. Había desigualdad y pobreza, es cierto, pero Cuba tenía la mejor seguridad social de Latinoamérica y las más avanzadas leyes laborales con jornadas de 9 horas diarias, 44 a la semana y pago de 48 horas, un mes de descanso retribuido por cada once meses de trabajo, los meses de junio, julio y agosto por ley el comeercio mayorista y minorista, debía cerrar martes y jueves a la una de la tarde para cumplir el llamado horario de verano.

El equivalente de ese salario medio comparado con los niveles de la moneda hoy en día sería equivalente a 1128 dólares=peso cubano mensuales. Si un litro de leche de primera costaba 20 centavos, una libra de carne de res de primera 15, un galón de gasolina 29 centavos y comprarse un auto nuevo costaba dos mil dólares, y la inflación era imperceptible, el salario tenía un rendimiento impresionante.

En resumen Cuba era un país muy próspero y destacaba sobre todos los demás de América Latina al momento de la revolución encabezada por Fidel Castro. El ingreso per cápita, la alfabetización y la esperanza de vida dan cuenta de esto. Luego de sesenta años de gobierno socialista llevaron a Cuba a poseer una economía atrasada y pasó de ser el país más rico a estar por debajo de la media latinoamericana.

Son muchos los aspectos que pueden mostrar lo dicho anteriormente, pero estudiando asuntos por separado, una rápida comparación habla por sí sola. No fue pues una crisis socioeconómica lo que alteró el orden social, fue el rompimiento del orden constitucional y democrático aprovechado por los oportunistas en política que después destruyeron al país.


La Prensa.

En 1958, Cuba contaba con 58 diarios de circulación nacional y 126 semanarios lo que lo llevaba a un segundo lugar en América.

Cuba ocupaba el lugar número 33 entre 112 naciones del mundo en cuanto a nivel de lectura diaria, con 101 ejemplares de periódicos por cada mil habitantes, lo cual también contradice el argumento de que el país estaba formado por un gran número de analfabetos. Y a ello había que sumarla la inmensa cantidad de periódicos y revistas extranjeras que circulaban y tenían amplia demanda en el país. Los principales diarios eran: El Diario de la Marina, El Mundo, Información, El País, Excelsior, Avance, Ataja, Alerta, Prensa Libre, El Crisol, y las revistas de mayor tirada Bohemia y Carteles.

Como en todas partes del mundo los periodicos estaban llenos de cosas triviales o indeseables, que son por lo regular lo que más le gusta a la gente, lo mismo que ocurre con la televisión, dondelas estupideces y la banalidad reinan, sobre todo con las telenovelas y programas de chismes. A mucha gente le gustaba la crónica social o la crónica roja, pero los diarios tenían muchísimas secciones de interés y reportajes que brindaban cultura y entretenimiento a sus lectores.

Había un vendedor que me traia los periódicos algunos dias y sin falta los del sábado y el domingo, y siempre eran varios porque cada uno tenía una línea editorial diferente y había secciones o columnistas que nunca me los perdía y entre los que destacaba la sección En Cuba de la revista Bohemia por Agustín Tamargo, la revista semanal Rotograbado de El Diario de la Marina, los muñequitos de El País y Excelsior y Luis Aguilar Leon en su columna de Prensa Libre y la Universidad del Aire en radio CMQ, con Jorge Mañach del cual había que leerse todo lo que escribiera, las críticas cinematográficas de G.Caín y la de Costumbristas Cubanos de Enrique Roig de Leuchsenring, ambas en la revista Carteles, y en sentido general las secciones de Bohemia Gotas de Saber, Dentro del Suceso, Así se forja una nación por Jorge Quintana, Así va el mundo y Así va la ciencia.

Más que a los tiros y los muertos que fueron muchos menos de los que propagandiza el gobierno revolucionario, los atentados terroristas, el incendio ocasional de los cañaverales y la guerrilla inclusive, el triunfo de la Revolución se le debe a la prensa libre cubana que apoyó abiertamente a Fidel Castro, le hizo ganar la simpatía popular y socavó por completo la posición y la figura pública de Batista. Muy lejos estaba la prensa cubana de avizorar como le pagarían.

Los primeros meses de Castro en el poder se caracterizaron por la ambigüedad. El principal motor de esa confusión fue el propio Fidel Castro. En una entrevista por televisión, el 2 de abril de 1959, declaró: “Perseguir al católico porque es católico, perseguir al protestante porque es protestante, perseguir al masón porque es masón, perseguir al rotario porque es rotario, perseguir a La Marina porque sea un periódico de tendencia derechista, o perseguir a otro porque es de tendencia izquierdista, a uno porque es radical y de extrema derecha y a otro porque es de extrema izquierda, yo no lo concibo, no lo hará la revolución. Lo democrático es lo que estamos haciendo nosotros: respetar todas las ideas. Cuando se comienza por cerrar un periódico, ningún periódico puede sentirse con seguridad; cuando se comienza a perseguir a un hombre por sus ideas políticas, nadie puede sentirse seguro”.

Comenzaron desde arriba las más grandes campañas contra la libertad de expresión, afianzadas en las que hicieron los periódicos gubernamentales Hoy, del Partido Socialista Popular (comunista), y Revolución, órgano del Movimiento 26 de Julio. Así terminó la libertad de expresión en Cuba. La Escuela de Periodismo cambió su nombre y su personal. Su propósito era cambiar el pensamiento del cubano, convertir a la prensa en un instrumento del Partido. Se había logrado lo que Agustín Tamargo contestó a Castro, meses antes, cuando lo atacó por la televisión, acusándolo de reaccionario, le dijo: “Comandante Castro, no seguiré siendo periodista porque usted no quiere periodistas, usted lo que quiere son discos fonográficos”.

Los fanáticos solo ven lo que quieren ver, y a eso acostumbraron al pueblo, a un solo editorial y una misma noticia para todos los medios de prensa escrita, radial o televisiva y ahora hasta digital. Fuera de eso, nada. Por eso en Cuba nadie cree en la prensa.


El turismo

El turismo en Cuba antes de la revolución era algo que era completamente espontáneo porque las propagandas eran limitadas y poco efectivas. Pero Cuba siempre estaba lleno de americanos, sobre todo en La Habana y Varadero, que eran los que más atractivos turísticos ofrecían.

En tiempos en que todavía no existían las facilidades de vuelos aéreos y bajos precios para este transporte, el número de turistas creció desde 166 mil en 1950 hasta cerca de trescientos mil en 1957 con una estancia media era de tres días, principalmente los fines de semana, pues muchos venían a disfrutar de espectáculos de cabarets y al juego en casinos.

El turismo se convirtió en la tercera fuente de ingresos al país, después del azúcar y el tabaco.
Ocho de cada diez visitantes eran norteamericanos, lo que era cerca del noventa por ciento del total de turistas.

Para muchos en Estados Unidos la Cuba de antes de la revolución era la isla del pecado y estaba sumida en los vicios del juego y la prostitución. Si bien el mundo de los casinos en Cuba recibió amplia cobertura en los medios de Estados Unidos, jamás fue un tema importante en los medios de la Isla ni en la conciencia cubana. Aparte de los turistas estadounidenses, que eran los clientes principales de los casinos, solo un pequeño número de cubanos, sobre todo blancos de clase alta y media alta jugaban en esos lugares.

El atuendo requerido por los casinos, así como el mínimo de las apuestas, excluía a la mayoría de los cubanos, aunque es cierto que un número relativamente pequeño, pero significativo, de cubanos se ganaba la vida trabajando en los casinos, y en los hoteles y cabarets donde generalmente estaban situados.

Fue exagerada la importancia económica que en Estados Unidos se le atribuía a los casinos y al turismo de la Isla. En 1956, un buen año para el turismo, el ingreso de ese sector fue solamente de 30 millones de dólares, escasamente el diez por ciento del monto de los ingresos de la industria azucarera en el mismo año. Pero también esos datos eran inexactos porque no contemplaban los millones que se gastaban los turistas en compras, estancia en hospedajes particulares y otros rubros. En realidad muchos comercios, artesanos, transportistas y de otros oficios, tenían una gran dependencia del turismo extranjero.

Al triunfar la Revolución ese turismo desapareció inmediatamente. Ya uno podía ir al parque Central, a la Avenida del Puerto, a los Casinos y hoteles más importantes, al Paseo del Prado, a Varadero, a la Plaza de la Catedral y no se tropezaba con un solo turista. Y los que vivían de esos visitantes se quedaron sin medios de vida.

Más de treinta años duraría el veto al turismo extranjero en Cuba, porque no se podía llamar como tal a los escasos jefes de los países socialistas que venían a conocer, como premio a su trabajo, lo que era una playa de verdad. El colapso de la Unión Soviético obligó a hacer renacer la industria turística cubana, cuyo desarrollo se vio vetada cuando en el mundo se hicieron más baratos los pasajes aéreos se desarrollaron los viajes de cruceros y la industria del turismo logró un boom mundial impresionante, fuera del cual quedó Cuba por su política restrictiva y misteriosa, lo que hizo que Bahamas, República Dominicana, Jamaica y otras islas del Caribe, vieran florecer sus ingresos con una bonanza gracias a Cuba, lo mismo que pasó con los peloteros de Grandes Ligas, que al no poder jugar los cubanos, se llenó de puertorriqueños y dominicanos, cuando antes había un par de ellos y decenas de cubanos en los rosters de los equipos.

El juego.

El turismo norteamericano venía en gran medida a jugar a los casinos, a los cuales solamente iban los cubanos de más altos ingresos, mientras que el cubano jugaba principalmente a la charada o bolita, una especie de loteria clandestina y propiamente en menor medida a la lotería nacional. Cuba tenía una lotería nacional estatal que había existido desde los tiempos de la colonia española, donde cada sábado por la tarde se celebraba un sorteo patrocinado por la Renta de la Lotería, una agencia gubernamental creada para dicho propósito. La Renta se había convertido en una fuente masiva de corrupción, aunque algunas organizaciones caritativas legítimas recibían fondos procedentes de los ingresos de la lotería. Los “banqueros” del juego ilegal no hubieeran sobrevivido sin sus numerosos agentes o “apuntadores” en los barrios y que recogían las apuestas.

Los sorteos eran transmitidos por radio. En una mezcla peculiar de modernidad y Edad Media, el espectáculo semanal, que bien pudiera haber sido parte de una película de Luis Buñuel, presentaba a los niños huérfanos y abandonados criados por las monjas de la Casa de Beneficencia, anunciando los números de los varios premios con un canto distintivo, en una voz, tono y cadencia característica de la ocasión. Pero el hecho de que aun las fracciones más pequeñas de los billetes de la lotería estatal eran relativamente caras, estimuló el crecimiento de una lotería informal e ilegal, basada en los resultados de la lotería oficial, que aceptaba apuestas hasta de cinco centavos.La “bolita” era principalmente un juego de gente pobre. Pero para muchos pobres, y aun para gente de clase media, la bolita también se convirtió en una manera de sobrevivir o por lo menos suplementar el ingreso de los “apuntadores”.

Hasta la gente más humilde, cuya dedicación obsesiva al trabajo y al ahorro no pudo haber estado más lejos de la mentalidad del jugador, participaban en la bolita y no lo hacían porque esperaban ganar algo, sino porque sus pequeñas apuestas semanales, por lo regular siempre el mismo número o alusivo a algo que habían soñado y lo identificaban con el número correspondiente en la charada, era una manera de ayudar a una señora pobre del barrio que trabajaba como apuntadora para sobrevivir, aunque en el fondo quedaba siempre la esperanza.

Con el triunfo de la revolución el primero de enero de 1959, se estimuló el asaltar a los casinos y casas de juego con traganíqueles y destruirlos, al igual que los parquímetros que no tenían nada que ver con el juego, aunque siguieron funcionando por un tiempo las vallas de gallos, las carreras de caballos y la Lotería Nacional, que poco después pasó a ser administrada por el Instituto Nacional de Ahorro y Vivienda (INAV), que con lo recaudado en los sorteos fueron ejecutados varios proyectos habitacionales y se disminuyó el monto a ganar, hasta que finalmente desapareció y toda forma de juego se consideró ilegal.

En 1958 el juego era un medio de vida de mucha gente, boliteros, apuntadores y vendedores de billetes de lotería. Todos ellos tuvieron que dedicarse otra cosa, también quedaron cesantes, o pasaron a una clandestinidad peligrosa.


Mi rutina semanal

Mi jornada normalmente era desde las ocho de la mañana hasta las seis de la tarde, de ahi iba a mi casa, me bañaba, comía y me iba a estudiar el Bachhillerato en el Instituto de la Víbora, Los domingos desde las seis de la mañana estaba en pie hasta cerca de las siete u ocho de la noche que llegaba pues tenía un trabajo de portero en las Cuevas del Cura a cuarenta kilómetros de La Habana. Por eso mi único momento libre eran las tardes y noches de los sábados.

En mi camino aventurero despues de terminar el trabajo los sábados, lo primero que hacía después de cobrar, era comprarme un pastel de hojaldre con ensalada de pollo, con el cual me pasaba toda la semana soñando, porque no era nada barato. Después seguí mi camino por toda la calle Obispo, donde me encontraba todo tipo de vendedores, sobre todo empanadas, fritas, carretillas con naranjas en forma de pirámide y peladas que valían un centavo, y por supuesto tamaleros y vendedores de maní.

Pero mi destino, el sitio donde gustaba las costumbres, las distracciones y demoras de la suerte, como había dicho el poeta, era el restaurante Miami, donde durante mi juventud disfrutaba las tardes sabatinas y de paso reflexionaba sobre mi vida, que casi recién comenzaba. Y pensando en ello llegué a una conclusión: Si uno pudiera manipular el tiempo borraría por completo mi paso por el año 1958, lleno de malos momentos, sufrimiento y lleno de esperanzas y anhelos que después se materializaron de forma aparente en un espejismo que vivimos todos los cubanos en 1959 para luego convertirse en humo.

Y el restaurante Miami estaba justamente en la esquina del pecado, el lujo de los sábados por la tarde, era como un pecado, según Enrique Jorrín con “La Engañadora”:

“A Prado y Neptuno
Iba una Chiquita
Que todos los hombres
La tenían que mirar
Estaba gordita
Muy bien formadita
Era graciosita y en resumen colosal.
Pero todo en esta vida
Se sabe sin siquiera averiguar
Se ha sabido que en sus formas
Rellenos tan solo hay.
Que bobas son las mujeres que nos tratan de engañar,
¿me dijiste?.
Ya nadie la mira
Ya nadie suspira,
Ya sus almohaditas
Nadie las quiere apreciar.”

Por supuesto la célebre historia de la engañadora la sabían todos los camareros del Miami, y contaban que podría hallarse en los años 30 del pasado siglo. En esa época las tendencias de la moda resolvieron “normalizar” la imagen de las mujeres, devolviéndole la feminidad que supuestamente habían perdido durante la década del 20. Las líneas rectas que había impuesto la diseñadora francesa Coco Chanel fueron sustituidas de nuevo por redondeces en el vestido y los peinados y resaltar las curvas se convirtió era lo importante. En los 40 hubo un retorno a la austeridad, debido, en gran medida, a la influencia de la Segunda Guerra Mundial. Pero cuando la contienda terminó, los modistas decidieron cambiar el look militarizado y hasta famélico que entonces prevalecía y otra vez se impuso el gusto por las formas redondeadas.

Todo parece indicar que la inspiradora de la canción usaba ropa interior con rellenos que aumentaban considerablemente sus formas. El autor del tema, el violinista y compositor cubano Enrique Jorrín, refirió que un día había entrado a la sala de baile de Prado y Neptuno, donde él tocaba con la orquesta América, una joven desarreglada que se había dirigido rápidamente al baño. Cuando salió parecía otra, se había peinado, maquillado y sus curvas habían crecido inexplicablemente. Los músicos notaron la transformación y exclamaron que aquella muchacha era una engañadora. A partir de la anécdota Jorrín escribió la letra de la canción y a la música que compuso para que la acompañara le dio el nombre de “cha-cha-cha”.

A finales de los años cincuenta Bubbles Darlene, una bailarina exótica norteamericana que visitaba La Habana, salió a pasear por el Prado prácticamente desnuda, ataviada con una sombrilla y una capa transparente debajo de la cual solo llevaba un blúmer negro. Cuando la policía la detuvo explicó que había escuchado en la radio el tema de La engañadora y había salido a demostrar que no todas las mujeres tenían necesidad de usar almohadillas para mostrar su silueta.

Sistemáticamente iba al Miami para disfrutar un Steak de Jamón a la Hawaiana y una cerveza Guinness Cabeza de Perro, pero a veces, no muchas pero a veces, cambiaba la rutina y me encaminaba al Centro Asturiano para comerme uno de los gigantescos sandwiches que allí hacían con un vaso, no copa, de un vino grueso y fuerte. O excepcionalmente me comía un arroz frito.

No hay plato más enigmático que el arroz frito. Esta manera de preparar el arroz llegó a Cuba procedente de San Francisco, California. Y su ingreso se produjo en la primera mitad del siglo XX. De hecho, su arraigo en esta Isla tuvo lugar fundamentalmente en la ciudad de La Habana, y se servía por un precio de miseria en las numerosas fondas de chinos que proliferaron en aquella época en diferentes zonas de la ciudad, principalmente en el Barrio Chino, pero para mí la Segunda Estrella de Oro, justo en la diagonal del Mercado Único, era el sitio ideal. El Nanking y El Pacífico, en el Barrio Chino eran excelentes y también estaban el Mandarín y el Polinesio, o el 2do Dragón de oro en Ayestarán y 20 de mayo. Pero de diez veces, ocho iba al Miami.

Con la revolución comenzaron a escasear los principales ingredientes de su preparación. No obstante, aún sin camarones, ni jamón, ni salsa de soya continuó elaborándose porque los cubanos somos los reyes de los sustitutos en todo, principalmente en la cocina, así que la salsa de soya o salsa china como le decimos, se inventó a partir de una mezcla de caramelo de azúcar con raíces de jengibre, vinagre y lo que apareciera y los frijoles germinados o frijjolitos chinos eran reemplazados por fideos o espaguetis picados finamente y el jamón el pollo y los camarones por lo que apareciera.

Durante ese año también me compré mi primer traje en El Sol, una famosa sastrería en la Manzana de Gómez, que decía que sus trajes eran “anatómicos y fotométricos”. Lo cierto es que era un traje gris de unas rayas casi imperceptibles, que era muy fino y me quedaba muy bien y que además pfui liquidando cómodamente durante medio año.


La educación

Ya que mencioné que estudiaba en el Instituto de la Víbora, es bueno referirse a la educación en Cuba, la que después ha sido considerada no solo en el país, sino internacionalmente uno de los mayores logros del régimen socialista.

Sin dudas alguna Cuba tiene la población más educada de toda América Latina. La alfabetización está muy próxima a ser universal, pero antes de la revolución existía también una educación pública, que al menos en las ciudades y en particular en La Habana era universal y sobre todo de mucha calidad. El que salía o completaba el sexto grado de la educación primaria, era sin dudas una persona preparada para la vida. el mejor índice de alfabetización de tota Latinoamérica después de Uruguay.

En 1958, Cuba tenía tres universidades financiadas por el gobierno y otras tres de carácter privado. La matrícula de las universidades bajo el control del gobierno era de veinte mil estudiantes. Había novecientas escuelas privadas oficialmente reconocidas, con una matrícula total que superaba los cien mil estudiantes. El sistema de educación pública contaba con veinticinco mil maestros, y el de la educación privada con tres mil quinientos y era famosa la calidad de los maestros normalistas..

En ese año estudiaba en el Instituto de la Víbora el Bachillerato. La matrícula era gratis, previa aprobación de un examen de ingreso y los libros en algunas materias había que comprarlos, sobre todo libros de ejercicios, pero no eran muy caros.

Era muy famoso un libro titulado “Lecciones de Ingreso a la Segunda Enseñanza”, todo un compendio de Español, Matemáticas, Historia de Cuba y Universal, Geografía y Ciencias y lo devoré, por lo que obtuve una muy buena nota en mi prueba de admisión. Se podía obtener el título de Bachiller en Letras o Bachiller en Ciencias, o ambos. La diferencia eran la cantidad de materias, por lo que yo opté por los dos, pues ambos campos me gustaban.

Estudié primaria en una escuela privada, Redención, perteneciente a la Sociedad Económica de Amigos del País y después en el Plantel Jovellanos del Centro Asturiano al que pertenecía, Comercio, así que desarrollé estos estudios en planteles privados sin pagar nada y después el bachillerato en el Instituto que era público. Eso más o menos quiere decir que el que no estudiaba era porque no quería o era un burro.

Creo que efectivamente en los primeros lustros del gobierno revolucionario se le dio un impulso tremendo a la educación en todos los niveles, ahora está en franco declive, y hasta se ha perdido lo peor, la educación formal. Maestros, ingenieros, licenciados y médicos pululan a montones que escriben mal, su cultura general es muy limitada y no tienen noción de lo que es la educación formal. Eso no existía en La Habana de 1958.

El túnel de la Bahía de La Habana

Ya La Habana tenía dos túneles bajo el río Almendares: el de Línea que sustituyó al famoso Puente de Pote y el de Calzada que unía el Malecón con la Quinta Avenida de Miramar. Pero esos eran túneles de poco calado y no muy largos.

Pero eso no era óbice para que Jorrín volviera a la carga, ahora con “El túnel”

“Y yo conozco un muchacho que maneja un maquinón
que le dice a las chiquitas vamos al túnel mi amor

Ay mi vida qué tragedia el carro se me paró,
y aquí en el medio del túnel hasta la luz se apagó

Y ahora dicen las chiquitas cuando ven el maquinón
Vamos al túnel mi vida, vamos al túnel mi amor..”

En los años cincuenta La Habana era un hervidero de construcciones: la Plaza Cívica con los principales edificios gubernamentales, el Teatro Nacional, la Biblioteca Nacional, la Terminal Interprovincial de Ómnibus, la Vía Blanca, grandes hoteles como el Capri, el Havana Hilton, el Havana Riviera, la urbanización acelerada del Vedado, en particular La Rampa, la construcción de decenas de edificios altos como el Retiro Radial, Retiro Odontológico y Retiro Médico, así como los más altos de la capital, El Focsa y el Someillán, la Ciudad Deportiva y un sinnúmero de obras dieron un vuelco al panorama de la ciudad. Y a ello se iba a añadir el Túnel bajo la Baía de La Habana.

Grandes propietarios como Sarrá urgieron al gobierno a acortar el largo recorrido bordeando la bahía para acceder al este de la capital y llegar hasta Santa María del Mar. El Túnel de la Bahía complementaria la construcción de Vía Monumental y de la urbanización del Residencial Vía Túnel, formó parte de proyecto de la nueva ciudad que se llamaría “Gran Habana del Este” que estaría dividida en zonas, como: la Zona Industrial; alrededor de la Bahía de La Habana, Zona Comercial; a la izquierda de la Vía Monumental del Túnel, Zona Residencial, frente a la costa norte y Zona de Oficinas; a la salida del Túnel donde estarían ubicados edificios gubernamentales. incluyendo el nuevo palacio presidencial.

Paralelamente al túnel se construyó la autopista hasta la Vía Blanca. llamada Vía Monumental sería necesario bordear durante más de media hora de recorrido casi 20 kilómetros. Se llegó a denominar la Monumental como la autopista más grande del mundo, haciendo comparación de sus dimensiones (100 ó 150 metros de ancho), con las de: Boulevard Roosevelt en Filadelfia, 86 metros de ancho, el Boulevard Reyes en Bruselas; 80 metros de ancho, la Avenida de los Campos Elíseos en París; 68 metros de ancho y la avenida del Commonwealth en Inglaterra; con 73 metros de ancho.

El túnel tendría 733 metros de largo, para conectar La Habana con el extremo este de la capital, con las hermosas playas del litoral capitalino y de manera particular como punto de enlace al balneario de Varadero, en la provincia de Matanzas. Este túnel, con 4 sendas, dos en cada sentido del tránsito, constituye una de las siete maravillas de la ingeniería civil cubana y está sumergido en la bahía de La Habana, a una profundidad de entre doce y catorce metros.

Su constructor sería la Compañía de Fomento del Túnel de La Habana, S.A mientras que la Société des Grands Travaux de Marseille y la inspección a pie de obra quedó a cargo de la Frederick Snare Corporation, la constructora del Havana Hilton y asu vez de obras monumentales en Estados Unidos como el Rip van Winkle Bridge y el Verrazano Narrows Bridge a la entrada de Nueva York en 1964, comenzó en Matanzas y siguió con construcciones portuarias a principios del siglo pasado en el puerto de La Habana, y creo subsidiarias en Colombia, Chile, Ecuador, Perú, Puerto Rico y Venezuela aparte de la de Cuba. También fue el constructor de facilidades en la Base Naval norteamericana de Guantánamo, el acueducto de Santiago de Cuba y los puertos de Tarafa en Camagüey para exportar azúcar y los de níquel de Nicaro y Moa. Más tarde construyó el famoso Hotel Internacional de Varadero. Y por si fuera poco fue el constructor de Xanadú, la mansión de la familia Dupont en Varadero, ahora llamada Las Américas.

Los trabajos de construcción comenzaron el 19 de septiembre de 1955, duraron 2 años, 8 meses, y 12 días y fue inaugurado el 31 de mayo de 1958. Muchas veces me acerqué a ver la construcción pero aquello era imposible por la cantidad de equipos y de materiales, no se veía mucho. Después de ser inaugurado esperé un poco, y más o menos a los quince días, estaba haciendo el viaje a pie por el túnel, para lo que no había peaje, e hice el regreso por la senda contraria. Era algo de moda para el que no tenía carro.

Después me dio por irme a la costa, al costado del castillo del Morro, a reposar el almuerzo de las tardes de sábado, y la vista era impresionante, era una ciudad viva y creciente. Y el túnel era un símbolo de desarrollo.

Fórmula 1 en La Habana y Fangio

En 1958 la Fórmula 1 no tenía la fama de la que goza actualmente.

La Fórmula 1, conocida como F1 y que es la categoría reina del automovilismo es la competencia o carrera de automovilismo internacional más popular y prestigiosa, las máquinas que la corren poseen la última tecnología disponible, y las mejoras que fueron desarrolladas en la Fórmula 1 terminaron siendo utilizadas en automóviles comerciales. La mayoría de los circuitos de carreras donde se celebran los Grandes Premios son autódromos, aunque también se utilizan circuitos callejeros, como el de La Habana y en el que participan escuderías como Ferrari, Alfa Romeo, McLaren, Porsche y Maserati.

Desde 1950 se celebran los llamados Grandes Premios, entre los que se destacan actualmente los de Abu Dabi, Alemania, Australia, Austria, Barein, Bélgica, Canadá, España, Estados Unidos, Francia, Italia, Japón, México, y otros que cuentan con pistas adecuadas para ello.

El mejor piloto a finales de los cincuenta era Juan Manuel Fangio, el que se hallaba en La Habana en febrero de 1958 para competir en el Gran Premio de Cuba.

Fangio se hallaba en el hall del Hotel Lincoln donde se hospedaba, cuando un joven del comando guerrillero se le acercó con un revólver y le secuestró para demeritar el evento.
Ante la ausencia de Fangio, el francés Maurice Trintignant lo reemplazó en la carrera. Sin embargo la competencia estaba maldita de antemano y fue breve debido a un accidente en la quinta vuelta que le causó la muerte a siete espectadores y donde hubo decenas de heridos.

El hecho de que se organizara un Gran Premio de Fórmula 1 en Cuba a finales de los 50 tuvo que ver con la tendencia de la F1 de viajar a lugares que otros deportes evitarían. Finalmente la carrera se canceló. Pero los titulares no hablaban de la carrera, sino del secuestro de Fangio. Una propaganda a favor de los insurrectos y contra Batista fue el balance del hecho.

Fangio es considerado por muchos expertos del automovilismo como uno de los mejores pilotos profesionales del automovilismo mundial de todos los tiempos, incluso el mejor, por haber logrado cinco títulos mundiales de Fórmula 1 durante las temporadas de 1951, 1954, 1955, 1956 y 1957, y los subcampeonatos de 1950 y 1953.Fangio obtuvo 24 victorias, 35 podios, 29 pole positions y 23 vueltas rápidas en 51 Grandes Premios. Mantuvo durante un extenso período el récord de más títulos en Fórmula 1 hasta que fue desplazado por Michael Schumacher en 2003. Sin embargo, se mantiene como el piloto de mejor promedio de victorias, el único piloto que ganó campeonatos de Fórmula 1 con cuatro escuderías distintas y el piloto campeón más longevo de la historia.

Por eso en Cuba cuando alguien maneja muy rápido, pero lo hace bien, le dicen: eres un Fangio.  Aunque nunca lo vimos en una carrera.


Elecciones, la última en la historia de Cuba.

Una de las cosas que no puedo olvidar por su connotación, fueron las elecciones de noviembre de 1958. Mi padre había estado preso por conspiración contra el gobierno y entonces se encontraba alzado en la Sierra del Escambray, mientras que la situación del país era de casi total inestabilidad.

La prensa mostró que Andrés Rivero Agüero, por entonces Primer Ministro del gobierno de Fulgencio Batista resultó electo presidente ​para el período 1959-1963. Una de las cosas por las que floreció la revolución y un gobierno comunista pudo llegar al poder, fue porque los cubanos no fuimos capaces de contar con un gobierno verdaderamente democrático, la república se convirtió en un relajo, la corrupción dominaba el espectro político y la gente estaba harta de tanto latrocinio y mentiras. Y dentro de ese panorama, las elecciones generales siempre fueron una falacia y se caracterizaron por el plan de machete o la represión policial y sobre todo de la Guardia Rural, la compraventa de votos, el robo de las urnas y fraudes de todo tipo para alzarse con la victoria.

Fueron famosos muchos lemas políticos vacíos, comenzando con la conga “La Chambelona”, le siguieron “Tiburón se baña pero Salpica”, de José Miguel Gómez; “Ahí viene el mayoral sonando el cuero”, identificaba a Mario García Menocal; “Agua caminos y escuelas”, prometía Gerardo Machado y se convirtió en un dictador; “la cubanidad es amor”, decía Ramón Grau San Martín mientras se robaba del tesoro nacional l74 millones de pesos e intentaba robarse el diamante del Capitolio; “yo quiero ser un presidente cordial”, repetía Carlos Prío mientras el país era dominado por el pandillerismo y gangsterismo, la corrupción y la droga; y el lema “Paz, trabajo y progreso”, trajo trabajo y progreso pero no paz. Una república fallida que tuvo un final muy infeliz. Por ello Rivero Agüero resultaría electo presidente con el 15,19 por ciento de los votos, mientras más del 60 por ciento se abstenía de votar.

Pero lo que más recuerdo son las congas de los negros arrollando detrás de los altoparlantes invitando a votar por Rivero, esos mismos eran los que después apoyarían a Fidel Castro hasta matarse. La frase que expresa que los pueblos tienen los gobernantes que se merecen, tiene su mejor expresión en Cuba.

Y el destino de las elecciones en Cuba todos los conocemos, se inspiraron en las soviéticas, según el estilo Stalin, unos comicios donde nadie vota por el presidente y los diputados son desconocidos que representan al pueblo por votación unánime siempre y después eligen al presidente también unánimemente, al igual que las leyes que promulgan. Por muy fraudulentas que fueran, eran mil veces más democráticas que las elecciones socialistas, que son una farsa.

Huelga del 9 de abril: guerra avisada no mata soldado

Como vivía entre conspiradores contra Batista, pues mi padre era miembro activo del 26 de julio y mi jefe era del Movimiento de Resistencia Cívica, uno de los dirigentes principales de esa organización dirigida por Manolo Ray, estaba al tanto de todas las situaciones y al estar preso mi padre, Jorge Serra, mi jefe, me alertó el 8 de abril que no fuera a trabajar el día siguiente ni dejara que nadie en mi casa saliera a la calle, porque iba a haber una huelga que iba a tumbar al gobierno de Batista.

Pusimos el radio desde temprano y sobre el mediodía se escuchó una arenga llamando a una huelga general revolucionaria. Hubo un sonado asalto a una armería en La Habana Vieja y en el Cotorro y Guanabacoa, los revolucionarios tomaron estaciones de policía y en otras partes del país hubo levantamientos similares, pero la coordinación no fue buena y la huelga fracasó, sobre todo porque no se paralizó el transporte, punto clave en cualquier movimiento de este tipo, hubo delaciones y se careció de armas. Por supuesto que Fidel Castro culpó a todo el mundo menos a los que estaban con él en la Sierra, lejos de los tiros, porque en las ciudades hubo acciones heroicas y muchos mártires.

Al final la huelga fue un fracaso y su única consecuencia fue hacer que la vida del cubano se hiciera más inestable y llena de temores a ser reprimido sin razón. La fallida huelga, con sus bombas, fuegos, los sabotajes, los asaltos a mano armada y las acciones poco coordinadas entre la guerrilla mientras comían carne de puerco en las lomas y la clandestinidad que fue la que puso los muertos, caracterizaron ese día que llenó de sangre el suelo cubano, tanto los contrarios al régimen, como los policías y muchos ciudadanos inocentes que no tenían nada que ver con ello.
Esa práctica de echarle la culpa a los demás de todo lo que sale mal, así como de considerar una victoria la más aplastante derrota, caracterizaron a la Cuba que vendría después.

Terrorismo revolucionario

Hay dos pilares que han soportado la revolución cubana: la mentira y la represión.

La mentira se hizo sistemática, manipulada, tergiversada, oculta y a medias. La contradicción, las afirmaciones que luego se desmienten y las versiones diferentes han sido el centro de los discursos y expresiones de Fidel Castro, conocedor de que los pueblos no tienen memoria y del principio nazi de que una mentira repetida se convierte en una verdad.

La represión abarcaría todas las esferas de la vida y sería el centro de los mecanismos de control que llegaría a límites que no sospechábamos, de los que habíamos oído y leído por las experiencias de los países comunistas, pero que eran tan absurdos que dudábamos que fueran ciertos.

Pero en 1958 todavía la revolución no había llegado al poder, pero enseñaba sus credenciales a través de la falsa propaganda y sobre todo de la forma de represión que podían aplicar en esos momentos: el terrorismo

La revolución comenzó con una ola de terrorismo urbano, donde no importaban los daños colaterales, los atentados terroristas de todo tipo se fueron incrementando como una forma de desestabilizar la sociedad en lo económico, social y político.

El 8 de noviembre de 1957 fue llamada la noche de las cien bombas, porque esa cantidad aproximadamente hicieron explosión de forma coordinada en la capital y de ello avisó a la policía uno de los principales asesinos expertos en terrorismo, El Curita, Sergio González, quien sería uno de los terroristas que más homenajes recibiría en Cuba en la etapa revolucionaria.

Se volaron registros de electricidad y telefónicos que tuvieron a gran parte de la capital sin servicio durante días, se produjo la voladura de los cables de la Estación de Ferrocarril de Bejucal y de la Estación de Ómnibus Nacionales, una explosión en el acueducto de Vento, un incendio en la refinería de la Esso, quema de guaguas, inutilización de transportes de todo tipo, y decenas de bombas y petardos en tiendas, edificios, bares y cines, y en algunos de estos hechos los propios terroristas murieron o fueron gravemente heridos.

Fueron famosos los petardos estallados en el cine teatro América, bomba de fósforo en Cinerama, el Cabaret Tropicana, el Ten Cents de Galiano, la Manzana de Gómez, y en muchas esquinas habaneras. Un clima de terror total auspiciado por la consigna Cero Tres C, o 03C, se hizo realidad con centenares de acciones terroristas en lugares públicos, que se corresponden con su consigna de cero Cine, cero Compras y cero Cabaré.

Y aunque no fue el primero, si se empleó como sistemático el secuestro de aviones, que fue incrementándose a pesar de que uno de ellos provocó numerosas muertes al caer a la Bahía de Nipe. El primer secuestro aéreo político de la historia sucedió en Bolivia. El hecho ocurrió sobre los cielos de Bolivia y Argentina el 26 de septiembre de 1956 en un avión del Lloyd Aéreo Boliviano que transportaba a 47 presos políticos, pero Fidel Castro lo empleó muchas veces, lo institucionalizó y después se volvió contra él mismo, pero esa es otra historia.

1958 fue un año malo en todos los sentidos pero en particular por el terrorismo revolucionario, tema del cual después de la caída del régimen de Batista, se convirtió en un tabú tocarlo.

Pero que se podía esperar si Fidel y Raúl Castro usaron como posición de fuego para atacar al Cuartel Moncada un hospital repleto de pacientes.


Mi pedacito de terrorismo

Mi vinculación con la insurrección contra Batista se manifestó de dos maneras. En la primera fue cuando en esos tiempos, en que trabajaba en la Librería El Gato de Papel, en Obispo entre Habana y Aguiar, y uno de los dueños, Jorge Serra, era de la dirigencia del Movimiento de Resistencia Cívica encabezado por Manuel Ray y con el que tenía más confianza pues era además amigo de mi padre, me pidió que llevara un paquete a una dirección en el Vedado, tomara un taxi y no me distrayera en el camino, que fuera directo al asunto. Me alertó de que si había problemas con la policía, botara el paquete y huyera. Ya ese asunto un poco que me asustó, medio que despertó mis ansias de aventura, pero como siempre hacía, para buscarme 30 centavos que era sustancioso para mí en esos tiempos, en lugar del taxi me fui a pie y en el camino, como era usual a mediados de 1958, me tropecé con varios carros patrulleros de la policía, pero como el que no la debe no la teme, aunque sin saberlo la debcía, yo seguí mi camino como si nada, a pesar de que tenía sospechas de que había algo peligroso. Llegué al lugar, que era un edificio en la calle B entre 23 y 25 y cuando toqué me pidieron que me identificara y cuando dije que era de parte de Manolito, me pidieron dejara el paquete en la puerta y me fuera. Una trama emocionante. Jorge me explicó después que lo que había llevado era una propaganda llamada Cero Tres Ce, cero compras, cero cine, cero cabaret, que constituyó una de las campañas de difusión más exitosas de la lucha contra Batista.

Ese salio bien, aunque me di cuenta de mi irresponsabilidad y estupidez, pero sin comerla ni beberla, me vi envuelto en otra que fue más comprometedora y peligrosa. Cerca de las seis de la tarde de un sábado, después de mi recorrido habitual al restaurante Miami y de ir al cine Rialto, crucé toda la calle San Rafael para entrar a curiosear al Ten Cent de Galiano. No recuerdo por qué me detuve en una cafetería La Isla en la misma esquina de San Rafael y Galiano y donde después supe que era el sitio preferido del poeta Eliseo Diego.

Supongo que habrá sido para comprar una cajetilla de cigarros Royal Suaves que era los que fumaba, pero el hecho es que siento una explosión y aquello se llena de pronto de perseguidoras o patrullas de la policía. Entonces la calle San Rafael era abierta al tránsito y con sentido de circulación hacia Prado, donde finalizaba y no como ahora que es un bulevar peatonal, y la calle Galiano era de doble sentido y controlada por un semáforo con un policía y el tráfico vehicular y peatonal eran impresionantes. Por tanto, al estar en la misma esquina, corrí por Galiano hacia Reina y cuando llegué justo frente a la entrada de Fin de Siglo, crucé la calle, pues todos los carros y guaguas se habían detenido y la marea humana que me acompañaba o de la que yo formaba parte, iba en desbandada. Un poco antes de la esquina de Galiano y San José, en el mismo medio de la calle se detuvo una perseguidora y sus ocupantes se bajaron con ametralladoras Thompson y a todos los jóvenes que por allí corrían, los detuvieron y pusieron contra la pared. Yo llevaba para mi madre unos pastelitos de ensalada de pollo que con el empujón se hicieron puré. Pero milagrosamente la radio de la patrulla los convocó y salieron en dirección hacia el Malecón, así que todos los que pasamos el susto no corrimos, volamos. Yo tomé por San José hacia Belascoaín y ya he narrado la historia de que me metí en el famoso burdel Tía Nena, donde varios como yo hicieron lo mismo y ahí terminamos hasta que consideramos que la situación se había tranquilizado. Y nadie tenía espíritu de entretenerse en otra cosa mientras esperaban.

Quiere decir esto que el terrorismo no solo provoca víctimas inocentes cuando ocurre un atentado por una bomba, un tiroteo o un secuestro de un avión u otro transporte, también afecta a los que no tienen nada que ver con el hecho y pueden ser acusados de haberlo realizado como casi me pasa a mí.

La embajada de Brasil.

Mi padre era un sencillo guagüero, pero que tenía el concepto de que las cosas iban mal y que había que hacer algo por acabar con el desgobierno de Batista y lograr que se instaurara de nuevo la democracia y la justicia social.

Por su participación en acciones de sabotaje, sobre todo después de la Huelga del 9 de Abril de 1958, mi padre es perseguido y apresado en ese propio mes por el connotado asesino Orlando Carratalá Ugalde. Después de algo más de un mes en la fatídica Décima Estación del Cerro, es soltado e inmediatamente el Movimiento lo llevó y asiló en la Embajada de Brasil en La Habana, sita en Calle G y 19 en el Vedado. Estuvo un tiempo recuperándose de las fracturas y golpes recibidos y la decisión del Movimiento fue que se fuera para Venezuela mediante el salvoconducto que la embajada de Brasil había emitido. Sin embargo mi padre optó por irse a luchar a la Sierra Maestra, pero lo enviaron al Escambray, donde debía esperar la llegada de las columnas de Camilo y el Che. De esto nos enteramos un día que fuimos a verlo a la embajada y ya no estaba. Un contacto del movimiento 26 de Julio, que traía todos los meses dinero para el pago del alquiler de la casa y otros gastos nos dijo que papá estaba camino a la Sierra Maestra.

En la Embajada de Brasil, al igual que lo hicimos antes en la Décima Estación, íbamos mi madre y yo casi todos los días, en el primer caso para presionar y poder verlo y llevarle comida (aceptaban la comida pero nunca lo vimos mientras estuvo preso y después supimos que nunca se la dieron) y en el segundo para darle aliento e insistirle se fuera para Venezuela. A la embajada, a pesar del ambiente y el trato exquisito del embajador Vasco Leitão da Cunha, no me gustaba ir por una sola razón, siempre nos invitaban a almorzar y si uno se negaba casi lo obligaban y la verdad que la comida no me gustó ni una sola vez, pues unos macarrones nadando en leche no son mi fantasía culinaria. Yo se que no todos los brasileños comen así, porque si fuera el caso, los compadezco, aunque para gustos se han hecho colores y lo que para unos es una delicia para otros es un asco.

De mediados de julio de 1958 hasta el 6 de enero de 1959 no supimos nada de mi padre, lo que pasaba por nuestra mente era peor que tener conocimiento de lo peor que pudiera pasarnos, que hubiera perdido la vida. De esa etapa de su vida mi padre no ha querido hablar mucho, solo contaba que estuvo en una finca con otros dos compañeros alrededor de veinte días pasados los cuales se apareció un enviado del Ché a recogerlos para llevarlos a su presencia. Tuvieron sus recelos pero resultó ser cierto. A mi padre lo asignaron a la escuadra del Teniente Manuel Manals, perteneciente al pelotón del Capitán Ramiro Valdés, de la Columna No. 8 “Ciro Redondo” comandada por el Ché Guevara. Cuenta mi padre que Ramiro Valdés era un sumiso con el Ché y que ambos eran partidarios de la sangre y no de la sanción o condena, y mucho menos de la reeducación, que no había rasgos de humanidad en ellos ni en las órdenes que recibían y que les conminaban a hacer todo lo posible por eliminar o subvalorar lo hecho en el Escambray por el Segundo Frente y por el Directorio Revolucionario, ya que se trataba de “bitongos improvisados que ven la revolución como una aventura de Errol Flynn”, según frases que les inculcaban y recalcaban. Muchos años después leí esta pregunta y su respuesta: “¿A qué participante del ataque al Cuartel Moncada los médicos lo diagnosticaron como psicópata y lo separaron de la población penal en Isla de Pinos? Pues nada menos que a Ramiro Valdés.”

Pero las personas como mi padre, que no era de los que le habían afectado intereses alguno, pero que conocía desde adentro “al monstruo y le conocía las entrañas” como dijera Martí, no podía quedarse con los brazos cruzados.

El seis de enero de 1959, mi padre, combatiente del movimiento 26 de julio y del Ejército Rebelde en la Sierra del Escambray, regresó a La Habana después de haber peleado con la columna comandada por Ernesto “Che” Guevara y llegó temprano por la mañana como el mejor regalo de Reyes para mí, aunque ya no tenía edad para creer en esa fábula, pero no había alegría mayor, después de lo vivido, que tener a mi padre sano y salvo a mi lado. En el barrio todos lo felicitaban, era el único “barbudo” conocido, todos querían fotos con él, pero tenían que apurarse, pues mi padre se peló, se afeitó, botó el traje verde olivo en la basura y nos explicó que se avecinaba una farsa que iba a destruir a Cuba.

En medio de la hipnosis colectiva surgida con el triunfo de la Revolución, la convicción de que ya no habría más represión ni muertos y el país florecería económica y socialmente, la mayoría, incluyéndome yo, no creímos en su pesimismo. Como siempre pasa a esa edad, estaba convencido de que nuestros padres andaban equivocados y tenían un pensamiento anticuado. Darme cuenta de lo contrario, años después, de la razón que tenía y que le hice caso omiso, fue la más amarga de mis horas.

Por eso siempre hay que escuchar y hacerle caso a lo que dicen los padres.


La peor Nochebuena de mi vida.

Llegó el mes de diciembre de 1958. Todavía me enardecían los coros de la conga de los negros del barrio detrás del mitin por Rivero Agüero y sacaba balance de lo ocurrido.

Tenía trabajo y bastante bien retribuido, pero mi padre había estado preso, torturado, asilado en una embajada y ahora se encontraba en el Escambray alzado y no sabíamos nada de él. El movimiento 26 de julio prácticamente mantenía la casa, así que eso no era preocupación.

Las clases en el Instituto donde estudiaba bachillerato, se habían suspendido. Era un peligro ir al cine, a un restaurante y hasta salir a la calle, pero había que hacerlo.

Esa Nochebuena quizás la peor de mi vida. Pronto terminaría una pesadilla, pero la que vendría sería mucho peor.

Al triunfo revolucionario todo nos parecía como de ensueño, sentíamos que habíamos llegado a la cima, pero no nos acordamos de la frase de Napoleón, de que mientras se sube, uno se puede detener, pero en la caída no hay forma de detenerse.

Tanto para sus fanáticos como para sus adversarios, Fidel siempre estaríaa ahí con sus discursos de cuatro horas que la gente veía como a un reality show de nuestros días, inclusive tomando chocolate y comiendo galletas como si estuviéramos en un ciclón (lo estábamos sin saberlo), sus carteles efectistas y sus consignas grandilocuentes.

Ese era el principio de la caída que sesenta años después todavía no termina.

Así y todo, !cómo me gustaría volver a recorrer esas calles de La Habana de 1958!. Aunque es una ficción, envidio al personaje principal de mi novela.

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